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Para ser político, desde una humilde concejalía de aldea a Jefe del Estado, hay que tener un «ego» muy grande; tan grande que a veces la dificultad está en no caer en la imbecilidad, en la estupidez o en la más dañina soberbia. Y lo que es un defecto, puede, en ciertos casos, ser una necesidad, como indicaremos al final. Tal desmesura no es exclusiva de los políticos, sino de otros muchos y de prestigiosas clases profesionales, como la de la tauromaquia o torería, la judicatura o la clerecía. Y también muy de la vida e incluso de la muerte, la imbecilidad o estupidez, como se puede apreciar en las hiperbólicas esquelas de un madrileño periódico. 

Max Weber cada vez me decepciona más -lo mantengo vigente en su interesante sociología de la Religión-, pues, para tratar de los egos de los políticos, leí su conferencia La política como vocación, y en ella la egolatría la vincula únicamente con la vanidad, calificada de «muy trivial, la muy común vanidad», y nada explica acerca de la imbecilidad o estupidez o la soberbia del político. Fue también desacertada la teoría muy divulgada de Max Weber, de una pretendida excelencia ética del capitalismo y del rigor de calvinista, resultando éstos, a la postre, los principales responsables del inmenso fraude hipotecario cometidos en el primer decenio de este siglo en la «pulcra y puritana» Norteamérica.

Son muy encarnizados los combates entre los egos políticos, como el que acaba de tener lugar entre el Presidente de la República francesa y su Primer Ministro, ganado el combate, por ahora, por el primero. Y pregunto: ¿Es que Macron (Jefe de Estado) podía soportar que, según los análisis demoscópicos, la popularidad de Eduardo Felipe (su Jefe de Gobierno) le superase con creces? Leo en Le Figaro Magazine de 4 de julio de 2020 que mientras la cota de confianza del Presidente francés subió un 5%, la del Primer Ministro subió un 10%. La decisión fue inapelable: el primero echó al segundo y a patadas. Punto y final, y para carantoñas, las de Brigitte.

Si profundizásemos, caeríamos en la cuenta que las mujeres (esposas y queridas) de los Presidentes de la V República francesa gustaron tanto del Poder como sus maridos o queridos; a veces incluso más. Hay una clamorosa excepción, que fue la de Cecilia, segunda esposa de Sarkozy, que a los pocos días de ser éste nombrado Presidente de la República, se marchó a Nueva York a vivir en el anonimato con el artista Richard Attias, dejando al Presidente con cara de espanto subiendo sólo las escaleras de El Eliseo. ¡Qué merito el de Cecilia, tan bien educada por las monjitas de La Asunción! Y si quisiéramos averiguar más, tendríamos que distinguir entre esposas y amantes de derechas y de izquierdas, pues estas últimas, en Francia y España, su sensibilidad la dedican a causas justas o de ONG, aunque papá, según los del pueblo que tan bien conocen, haya hecho fortuna con lo contrario.

¿Y cómo es posible tener un ego tan gigante, quererse tanto, admirarse de lo bien que a uno le quedan los vaqueros, marcando bragueta y culo, y al mismo tiempo deber de soportar las críticas, de falsificador de tesis o de antítesis, de ignorante, de chulo de romería o de «mindungui» por no ser abogado del Estado, funcionario de ayuntamiento o registrador? Claro que hay que ser muy tonto y superficial para presumir de bragueta o de culo. 

Busqué y rebusqué respuestas a la interrogante última y fue difícil encontrarlas, me refiero a las verdaderas, pues mentiras, mentiras, encontré muchas: que si el talante democrático ha de soportar críticas, que si la cultura política del genio, sea Rey, Presidente de República o Jefe de Gobierno ha interiorizado la adversidad, etc. Bobadas, pues, y mentiras. 

Ahora que Sarkozy vuelve a estar de moda, con ministros de Macron que antes fueron de Sarkozy, protagonizando el cambio de Presidente del Gobierno la semana pasada (en Francia), volví a un personaje que siempre me pareció esencial aunque en la sombra, como todos los personajes principales: se trata de Henri Guaino, que fue el speech writer o spin doctor de Sarkozy, autor de La Nuit et le jour, en el que cuenta las principales peripecias de la Presidencia de Sarkozy. 

Con tanta lucha y crueldad de egos es normal, para Guaino, que la Política sea trágica, como trágica es la Historia, hija suya. Y ello teniendo en cuenta que, no obstante los egos inmensos, hay políticos vagos, muy vagos, amantes de copas y de licores, y otros muy trabajadores. A esta última clasificación se podrían añadir otras más, como la que distingue entre políticos con voluntad de gobernar, que toman en serio su trabajo, y los aficionados o diletantes o «surfistas». 

El problema de los primeros es grande, pues han de enfrentarse a la corrupción del Poder y a los intereses de particulares o de grupos y corporaciones incrustados en el Poder, pues es sabido que para ser rico, inmensamente rico, hay que «tirar» de la ubre del Estado, siendo ese el origen de las grandes fortunas, siempre público, aunque, para despistar, hagan «estos liberales» propaganda de lo privado. Decir a éstos que no, genera evidentemente, odios, insultos y todo tipo de descalificaciones y ataques personales. Aquí es donde el desmesurado ego del Político es preciso a la función de gobernar, que ha de actuar a modo de vacuna reactiva para proteger a todos del abuso de unos pocos Y para soportar eso, hay que ser casi como el político De Gaulle, que todo lo tuvo grande, defectos y cualidades.

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El ego desmesurado de los políticos