Temporeros de siempre


redacción

Cuando era joven podías ver en la capital de este país, dentro de esa comunidad autónoma que todo lo hace tan bien, docenas de personas esperando mochila al hombro en algunas glorietas e intercambiadores de transporte público. No estaban de excursión. Estaban disfrutando de una de las épocas más prósperas en este país: el famoso boom de la construcción. 

Su forma de disfrutar del glorioso reinado del ladrillo era esperar a que una furgoneta fuera allí a buscar peones para una obra. Se elegían a dedo, o se gritaba «necesito tres», como si estuvieran comprando esclavos. Así que unas veces había suerte y otras no. Como soy de natural bien pensado, no quiero decir con esto que no les hicieran contrato en algún momento y lugar del espacio-tiempo.

Este era el día a día de muchas personas, a pesar de que todos podíamos escuchar por la calle que tu primo el teleco cobra menos que su cuñado poniendo ladrillos de sol a sol. En la construcción, sector al que desgraciadamente dediqué años de mi vida, no es oro todo lo que reluce. Más bien todo tenía un color marrón y un hedor acorde. Han pasado muchos años y ha tenido que llegar una pandemia para sacarnos estas vergüenzas a flote. No es que fuera algo desconocido. Es que nadie lo quería ver. 

Muchos temporeros andan sin trabajo en Lleida deambulando por las calles. Han llegado allí sin contrato. Algunos conseguirán uno y otros no, algunos trabajarán sin contrato y otros con él. Muchos viven hacinados en condiciones insalubres y es complicado hacer un seguimiento de los infectados. Algunos seguramente han ido a trabajar estando enfermos porque si no lo hacen no cobran. Todos los males de nuestro mercado laboral se concentran en ellos. Algunos esperaban que se les llevara a trabajar como aquellos peones de la construcción que mencioné al principio. Esto ocurre porque a nadie le importan. Ni a la administración. Algunos sindicatos llevan meses advirtiendo lo que podía pasar por allí. Y algunas personas que buscaban trabajo llevan meses deambulando por las calles de las que ya no pueden salir por el confinamiento.

El principal problema de este país es la precariedad laboral. Ahora que muchos se dan cuenta de que la precariedad nos termina afectando a todos directa o indirectamente, que te puede matar aunque tú no la sufras en todo su esplendor, igual deberíamos poner fin a estas décadas de filibusterismo laboral. Pero no me engaño. 

Hemos creado una sociedad de pijos que se preocupan mucho por comer sanos vegetales y frutas cultivadas con rigurosos controles sanitarios y ecológicos, por comerse una chuleta de cordero criado con todo el bienestar posible. Hay etiquetas en todo lo que comemos que nos aseguran que estás naranjas son sanísimas y que las gallinas que ponen estos huevos viven en una especie de Valhala. Pero no existe una etiqueta que certifique que lo que estás comiendo ha sido obtenido sin explotación humana y bajo los más altos estándares de protección laboral. Los mataderos y las tierras de cultivo salpican toda Europa de brotes de coronavirus. Los derechos de las personas no importan ni la mitad que los de un cerdito. Y así hemos llegado hasta aquí, a ver qué se creían.

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