Monarquía, crisis económica, epidemia, elecciones... Eludir los problemas difícilmente los resuelve

OPINIÓN

El rey emérito, Juan Carlos I, en una imagen de archivo.
El rey emérito, Juan Carlos I, en una imagen de archivo. José Oliva | Europa Press

21 jul 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Lo malo de comentar la actualidad quincenalmente es que, con frecuencia, los asuntos importantes se acumulan. Los muy serios que protagonizan los últimos días poseen un rasgo común que facilita el análisis conjunto: el intento de resolverlos mediante elusiones.

Las trapacerías del rey Juan Carlos I, todavía presuntas, aunque muy documentadas, y que probablemente sigan siéndolo hasta que la Historia emita su juicio, porque no es previsible que lleguen a hacerlo los tribunales, no han servido para que se plantee el verdadero debate: el problema está en la monarquía, no en el comportamiento de un rey concreto. Con la respuesta europea a la crisis económica se ha impuesto el eufemismo, los países ricos se han trasformado en «frugales», lo que, en la mejor tradición reaccionaria, les permite convertir a los pobres en culpables exclusivos de su propia desgracia. Lo que asombra es que todos los medios, incluso los de los países más necesitados, han asumido con entusiasmo la trampa y repiten el termino con fruición. Con la epidemia se ha pasado de intentar extinguir o, al menos, reducir la difusión del virus con medidas de confinamiento a una alegre convivencia con él. El gobierno, que no debe fiarse mucho del señor Tezanos, ha descubierto que adoptar medidas radicales tiene un elevado coste de popularidad y decidió pasarles la patata caliente de su control a las autonomías. Lo malo es que solo con el estado de alarma puede decretarse el confinamiento de las zonas donde surjan brotes peligrosos y, así, evitar su propagación por el resto del país y eso es competencia del gobierno central. Da la impresión de que, en este caso, el señor Torra hubiese deseado un poco más de jacobinismo, que le habría permitido continuar echando la culpa de todas las desgracias a Madrid. Por último, los perjudicados por los resultados de las elecciones gallegas y vascas han decidido seguir el camino de moda y un Pablo pone cara de moderado, por si cuela, el otro promete la enésima autocrítica, sin claro propósito de enmienda, mientras el señor Caballero le echa la culpa al clima.

La monarquía es un anacronismo heredado del antiguo régimen, me refiero al anterior a las revoluciones liberales, aunque en España también sea herencia de otro más próximo en el tiempo. Sobrevivió en el siglo XIX como garantía de estabilidad. Es decir, como barrera frente a la democracia y el socialismo. La vieja aristocracia, salvo una minoría ultraconservadora, comprendió que compartía intereses con la gran burguesía, nuevos ricos a los que despreciaba, pero que necesitaba y con los que en buena medida acabó fusionándose. Después de la experiencia revolucionaria de Francia, las clases dirigentes comprendieron que la monarquía constitucional ofrecía la ventaja de atraer incluso a las clases medias y era un freno eficaz para una democracia que podría amenazar sus intereses. Un monarca con derecho de veto y capacidad de nombrar el gobierno y disolver la cámara baja del parlamento; una cámara alta aristocrática, designada o mixta; y el sufragio censitario masculino fueron los pilares de esos sistemas. La ampliación progresiva del derecho al voto no cambió sustancialmente las cosas y, en sentido estricto, solo la monarquía británica y alguna del norte de Europa se acercaban a la democracia en el primer tercio del siglo XX. Por el camino, Francia había retornado a la senda republicana.