Monarquía, crisis económica, epidemia, elecciones... Eludir los problemas difícilmente los resuelve

El rey emérito, Juan Carlos de Borbón
El rey emérito, Juan Carlos de Borbón

Lo malo de comentar la actualidad quincenalmente es que, con frecuencia, los asuntos importantes se acumulan. Los muy serios que protagonizan los últimos días poseen un rasgo común que facilita el análisis conjunto: el intento de resolverlos mediante elusiones.

Las trapacerías del rey Juan Carlos I, todavía presuntas, aunque muy documentadas, y que probablemente sigan siéndolo hasta que la Historia emita su juicio, porque no es previsible que lleguen a hacerlo los tribunales, no han servido para que se plantee el verdadero debate: el problema está en la monarquía, no en el comportamiento de un rey concreto. Con la respuesta europea a la crisis económica se ha impuesto el eufemismo, los países ricos se han trasformado en «frugales», lo que, en la mejor tradición reaccionaria, les permite convertir a los pobres en culpables exclusivos de su propia desgracia. Lo que asombra es que todos los medios, incluso los de los países más necesitados, han asumido con entusiasmo la trampa y repiten el termino con fruición. Con la epidemia se ha pasado de intentar extinguir o, al menos, reducir la difusión del virus con medidas de confinamiento a una alegre convivencia con él. El gobierno, que no debe fiarse mucho del señor Tezanos, ha descubierto que adoptar medidas radicales tiene un elevado coste de popularidad y decidió pasarles la patata caliente de su control a las autonomías. Lo malo es que solo con el estado de alarma puede decretarse el confinamiento de las zonas donde surjan brotes peligrosos y, así, evitar su propagación por el resto del país y eso es competencia del gobierno central. Da la impresión de que, en este caso, el señor Torra hubiese deseado un poco más de jacobinismo, que le habría permitido continuar echando la culpa de todas las desgracias a Madrid. Por último, los perjudicados por los resultados de las elecciones gallegas y vascas han decidido seguir el camino de moda y un Pablo pone cara de moderado, por si cuela, el otro promete la enésima autocrítica, sin claro propósito de enmienda, mientras el señor Caballero le echa la culpa al clima.

La monarquía es un anacronismo heredado del antiguo régimen, me refiero al anterior a las revoluciones liberales, aunque en España también sea herencia de otro más próximo en el tiempo. Sobrevivió en el siglo XIX como garantía de estabilidad. Es decir, como barrera frente a la democracia y el socialismo. La vieja aristocracia, salvo una minoría ultraconservadora, comprendió que compartía intereses con la gran burguesía, nuevos ricos a los que despreciaba, pero que necesitaba y con los que en buena medida acabó fusionándose. Después de la experiencia revolucionaria de Francia, las clases dirigentes comprendieron que la monarquía constitucional ofrecía la ventaja de atraer incluso a las clases medias y era un freno eficaz para una democracia que podría amenazar sus intereses. Un monarca con derecho de veto y capacidad de nombrar el gobierno y disolver la cámara baja del parlamento; una cámara alta aristocrática, designada o mixta; y el sufragio censitario masculino fueron los pilares de esos sistemas. La ampliación progresiva del derecho al voto no cambió sustancialmente las cosas y, en sentido estricto, solo la monarquía británica y alguna del norte de Europa se acercaban a la democracia en el primer tercio del siglo XX. Por el camino, Francia había retornado a la senda republicana.

La Primera Guerra Mundial acabó con buena parte de las monarquías europeas. Evidentemente, eso no supuso que todas las nuevas repúblicas fuesen capaces de estabilizar la democracia en el crítico periodo de entreguerras, pero tampoco lo hicieron las monarquías. El fascismo nació en una monarquía, llegó al poder gracias al rey de Italia y fue hasta el final una dictadura monárquica. En España, fue Alfonso XIII el que trajo la primera dictadura de la Edad Contemporánea, lo mismo sucedió en otros países como Yugoslavia, Grecia o Rumanía. La Segunda Guerra Mundial acabó de darle la puntilla a una reliquia del pasado, que solo sobrevivió en algunos países debido a condiciones históricas muy específicas y convertida en república coronada.

El problema de la monarquía democrática es que resulta una contradicción en sí misma. Que la primera magistratura del Estado sea hereditaria contraviene los principios de la democracia y encierra el peligro de que un inútil o un delincuente llegue a ocuparla sin que el electorado pueda poner fin a su mandato constitucionalmente y, lo que es peor, sin que la justicia pueda intervenir. Es una trampa plantear el debate sobre personas. El problema no es si Felipe VI es mejor jefe de estado que Donald Trump. Lo que importa es que Trump puede ser destituido por el parlamento y, sobre todo, tiene un mandato de cuatro años que solo puede revalidar el pueblo y, si este volviera a equivocarse, nunca estaría en el poder más de ocho años. No solo eso, si Juan Carlos de Borbón hubiese sido presidente de la república en vez de rey, ya estaría procesado, como sucedió, por ejemplo, con Jacques Chirac.

España deberá plantearse algún día el debate sobre la monarquía de forma racional. Es absurdo pensar que la república acabará con todos los males. En principio, solo habría más democracia y más transparencia en la jefatura del estado, que ya es bastante, y esta tendría, además, más legitimidad para intervenir en situaciones conflictivas, como sucede en Italia, país en el que la presidencia de la república se ha convertido, desde hace muchos años, en la mayor garantía de estabilidad. Habrá presidentes de izquierdas o de derechas, malos o buenos, como ya sucede con los primeros ministros, pero serán elegidos, con mandato limitado y sometidos a las leyes.

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