Mucho se habla de la necesidad de reeditar los pactos de la Moncloa; al fin al cabo supusieron un éxito, la respiración artificial que precisaba nuestra incipiente democracia. Ahora, como entonces, nos encontramos en otra encrucijada, pero esta vez la necesidad de adaptación es global. En un entorno de permanente campaña electoral, el llamamiento a la búsqueda del consenso lleva implícito un rebaje de la pulsión ideológica. Los retos y las reformas que tenemos pendientes no se pueden resolver con la habitual artillería propia de cada trinchera política, pues los evidenciados fallos del sistema se han afrontado gracias al heroico comportamiento de unos profesionales que han tenido que improvisar donde faltó la previsión.
Las carencias que hemos visualizado en esta pandemia responden en su mayor parte a errores que se vienen cometiendo desde hace ya demasiados años. Errores que arrancan al ponerse el antifaz ideológico en vez del técnico, olvidando que las siempre legítimas posiciones ideológicas solo deberían entrar en juego para optar entre diferentes conclusiones técnicas y no antes. Nos sobran expertos en la crítica a posteriori a los que jamás escuchamos una propuesta alternativa a priori y esa manera de conducirse imposibilita la búsqueda de soluciones.
Necesitamos unos pactos que aborden sin orejeras nuestras prioridades estratégicas y nuestros fallos estructurales: nuestras históricas tasas de desempleo, la montaña de obstáculos que tiene que afrontar cualquier emprendedor, las inadmisibles tasas de pobreza y de empleo precario, la protección de nuestros mayores, la transformación de nuestra economía hacia el valor añadido aprovechando el importante activo que compone nuestra ciencia básica y nuestra formación universitaria de grado; en un mundo sujeto a los caprichos que los dioses nos envían en forma de virus, la ciencia aporta algunas certezas y tiene un enorme potencial como creadora de riqueza. Si queremos que funcionen los pactos, necesitamos pactar el futuro y dejar para otro momento la búsqueda de culpables, ya que no existe uno solo: todos somos bastante responsables por no haber reaccionado antes, hace años.
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