El persistente mareo de la perdiz


Los diálogos entre Pedro Sánchez y Pablo Casado ya se sabe cómo terminan: a tortazo dialéctico limpio. Un día tiende la mano el uno y el otro la rechaza. Otro día, como ayer, el Partido Popular vota algunas de las resoluciones de reconstrucción y el líder socialista parece despreciarlo. En cualquier instante ambos se echan en cara la culpa de la crispación, pero al mismo tiempo el Gobierno mendiga el voto de los populares para unos Presupuestos que ni el señor Sánchez ni su ministra de Hacienda conocen. Así llevan todo el tiempo desde que Sánchez es presidente del Gobierno y Casado líder de la oposición. Y parece que les gusta, porque aparecen mucho en la tele y dan juego a las tertulias.

Menos mal que Pablo Iglesias puso ayer algo de sentido común: un Gobierno formado por el Partido Socialista y Podemos, lo más florido de la izquierda, no puede pactar su política económica con la derecha. No coinciden en la política fiscal, ni en la función de la iniciativa privada, ni en algo que da tanto que hablar como es la reforma laboral. Si el Partido Popular estuviese en el Gobierno ocurriría exactamente lo mismo. Ya ocurrió cuando el señor Rajoy tuvo que entenderse con los nacionalistas vascos, porque no podía esperar nada del otro partido de gobierno que es el PSOE. Esa es la normalidad parlamentaria. Lo demás son ensoñaciones estériles.

Entonces, ¿qué margen queda? Los pactos de Estado sobre grandes cuestiones en las cuales es deseable que haya un entendimiento entre el gobernante y el aspirante a gobernar, porque eso da seguridad de futuro. Para esos pactos se requiere, primero, voluntad de hacerlos. Y segundo, personas capaces de entenderse. El pacto sobre la Sanidad que ayer se votó fue posible porque en el PP está Ana Pastor, que entiende de qué va eso y es dialogante, y en el Gobierno está Salvador Illa, que hablaba bien incluso de las comunidades autónomas que lo están haciendo mal con la pandemia. Nunca será posible, en cambio, el ansiado pacto educativo, porque en ninguno de los dos partidos existe voluntad de ceder nada en algo que, lamentablemente, han convertido en instrumento ideológico.

¿Qué va a ocurrir ahora con las reformas que requiere la Unión Europea para acceder a las ayudas económicas? Pues teman ustedes lo peor entre un presidente que va de sobrado, como si el éxito fuese solo suyo, y un oponente empeñado en rebajarle los humos. Y teman lo peor entre un presidente que ve reforzada su política y un aspirante dispuesto a demostrar que en Bruselas se cargaron el programa de gobierno de la coalición PSOE-Podemos. Algo de eso se vio ayer en la sesión de control. Si le añadimos que los nacionalistas no respaldan nada que esté firmado por el PP, pero Sánchez los necesita, solo queda hacer un ruego: entiéndase, señor Sánchez, con los que pueda y actúe, que no están los tiempos para seguir mareando la perdiz.

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