Con la obligatoriedad decretada por nuestras autoridades referente al uso de mascarillas, algunos hacen del lema «prohibido prohibir» su máxima a seguir. Este eslogan de mayo del 68 legitimó la idea de que toda autoridad es sospechosa, pero ya ha quedado obsoleto por razones más que obvias. Los más leídos citan al pensador francés Michael Foucault y a su obra Vigilar y Castigar como paradigma de una denuncia de los excesos del poder y las transformaciones que ha sufrido, todo ello con motivo de las restricciones que nuestras autoridades se han visto obligadas a decretar por el estado de alarma y posteriores rebrotes del covid-19. Todos tenemos nuestra personalidad y a pocos les gusta que les digan continuamente cómo tienen que proceder. Es lógico en situaciones normales. Una vez que nos han advertido por activa y por pasiva que fumar provoca cáncer y uno asume seguir consumiendo cigarrillos, si lo hace sin poner en peligro la salud de los demás el problema es solo suyo. Por el contrario, nadie puede poner el grito en el cielo, y haberlos haylos, porque se obligue al uso de mascarillas o a guardar la debida distancia entre personas. Ahí ya no sirve el ejemplo del tabaco. No se trata de que no te importe infectarte, que también es un hecho que por numerosas razones preocupa a nuestras autoridades sanitarias, ya que esos enfermos colapsarán, llegado el momento, las ucis de nuestros hospitales; sino que esos inconscientes y malos ciudadanos ponen en grave peligro la vida de los demás por alardear de que a ellos nadie les tiene que decir cómo comportarse ante tan insignificante bichito. Y que no te suelten aquello de que en mayores plazas han toreado y que tan bien se encuentran.

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Prohibido prohibir