Reservas de odio

OPINIÓN

Control de acceso de la Guardia Civil en julio del 2020 en la casa de Galapagar del exvicepresidente Pablo Iglesias.
Control de acceso de la Guardia Civil en julio del 2020 en la casa de Galapagar del exvicepresidente Pablo Iglesias. Joaquin Corchero | Europa Press

01 ago 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Los niños son más expresivos que los adultos. En el mismo tiempo, los niños gesticulan, cambian distancias, interactúan y gritan muchas más veces que los adultos. Cuando crecemos, nos vamos haciendo más zombis. Las razones son más complejas de lo que procede mencionar aquí, pero nos interesa una de ellas. Los niños y las niñas expresan más que los adultos sus emociones. Exteriorizar emociones es una conducta egocéntrica porque condiciona la conducta de los demás. Una de las cosas que aprendemos (unos mejor que otros) al crecer es que no todo gira en torno a nosotros. Por eso guardamos más nuestras emociones. La convivencia lo exige porque es difícil hacer tareas colectivas o compartir espacios si todos queremos ser el centro de la conducta de los demás. Eso no quiere decir que los adultos no tengamos emociones: nos aburrimos, nos alegramos, nos entristecemos y tenemos miedo como los niños. Pero convertimos las emociones en sentimientos y disociamos los sentimientos de la conducta. Podemos sentirnos aburridos o preocupados sin que se note en nuestra conducta. Y podemos odiar sin que pase nada.

Pero Pablo Iglesias e Irene Montero piensan que sí pasa algo con ese odio que se manifiesta acosando su vivienda cada día. Y muchos creen que sí pasa algo con el odio con el que ciertos taurinos mostraron puños y gritaron insultos casposos a Yolanda Díaz. La primera vez que oí hablar del odio como delito me resultó raro. En principio, es normal que haya odio. No siento como defecto que me resulten odiosas la sentencia de la Manada, las intervenciones de Abascal o en su día un tiro en la nuca de un concejal reivindicado después con jerga de cómic. No pasa nada porque haya odio en la vida pública si lo manifestamos como adultos: sin que se note en la conducta. Sentir odio es una cosa, las conductas de odio son otra cosa.

Nuestras leyes dicen que el odio es un delito en dos casos. Uno es cuando se expresa hacia colectivos ya discriminados o vulnerables. Insultar a los hinchas del Barça no es elegante, pero no les cambia la vida. En cambio, denigrar a personas de raza negra por su raza, a inmigrantes por no ser de aquí, o a mujeres por ser mujeres sí acentúa la discriminación que ya afecta a esos grupos. Por supuesto, esto provoca sus debates. Vox dice que los inmigrantes son unos privilegiados que devoran nuestros recursos y los obispos que la igualdad de la mujer es ideología de género. No tengo la sensación de que Podemos y simpatizantes sean un grupo vulnerable y en principio odiarlos es poco edificante, pero no parece delito. Claro que tampoco percibo a la Iglesia y a los católicos como un grupo marginado. Las expresiones irrespetuosas con su credo siguen sin ser elegantes, pero no deberían ser delictivas. Ser escandalizable no es ser vulnerable ni marginado. Las broncas judiciales de Abogados Cristianos y similares son solo matonismo disfrazado de ofensa.