Ceguera histórica en la izquierda española

OPINIÓN

03 ago 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

A pesar de la extraordinaria energía y combatividad, desde sus inicios el movimiento obrero español ha tenido una gruesa venda en los ojos: no advertir la intervención de las potencias imperialistas. La izquierda en nuestro país ha sido incapaz de comprender que detrás del reaccionario poder local se escondía el verdadero amo que decide el destino del país: el imperialismo. La radicalidad con que se ha enfrentado a los poderes locales corre en paralelo con la ceguera ante los poderes imperiales y sus delegados. 

Uno de los más reconocidos escritores e intelectuales progresistas de nuestro tiempo, Manuel Vázquez Montalbán acertó al situar lo que consideraba una de las mayores deudas pendientes de la izquierda: «me obsesiona la poca importancia que se le da al imperialismo en los análisis actuales de la política y sobre todo aplicados a la política española, en donde tiene una importancia decisiva y parece como si no existiera». 

Desde su nacimiento como fuerza organizada en el último tercio del siglo XIX, el movimiento obrero español, tanto en lo sindical como en lo político, tanto en su vertiente «marxista» como en su vertiente anarquista adolecerá de una absoluta falta de claridad de la realidad política y social a la que se enfrenta: nunca tendrá en cuenta que desde mediados del siglo XVII España se ha convertido en terreno de disputa e influencia para las potencias extranjeras.

Y la razón última de esta anomalía histórica no está en el débil desarrollo del capitalismo español y consiguientemente del proletariado, sino en la intervención exterior sobre el mismo movimiento obrero.

El 2 de mayo de 1879 se funda en Madrid el PSOE en torno a un grupo de obreros -predominantemente tipógrafos- e intelectuales. Frente a las corrientes bakuninistas que se habían hecho dominantes en la federación española de la Primera Internacional, y bajo la influencia del yerno de Marx, Paul Lafargue, el PSOE se adhiere desde el primer momento al marxismo, en plena batalla en aquellos momentos con el anarquismo por hacerse con la dirección del movimiento obrero internacional.

Sin embargo, desde sus inicios, el «marxismo» del PSOE estará marcado por dos rasgos fundamentales. Por un lado, el mimetismo. Es decir, la traslación mecánica de la línea, análisis y alternativas pensadas y diseñadas por Marx y la AIT para los países de capitalismo desarrollado (Alemania, Inglaterra, Francia,...), pero que no se corresponden con la realidad social y política española. Hasta tal punto esto es así, que el programa del PSOE, redactado directamente por Pablo Iglesias, será, como él mismo reconoce, una traducción con ligeras adaptaciones del programa del Partido Obrero Francés.

Y ello, pese a que la realidad de la Francia de 1880 -lanzada a una acelerada expansión colonial por todo el mundo y con una gran burguesía industrial y financiera en plena expansión a pesar de su derrota en la guerra franco-prusiana y el levantamiento revolucionario del proletariado parisino en la Comuna de París- no tiene absolutamente nada que ver con la realidad de la España de ese mismo período -con la renuncia definitiva de la gran burguesía bancaria y terrateniente a hacer su propia revolución, el inicio de su fusión con la aristocracia y las vísperas del desastre de 1898-, el programa de los socialistas españoles será un copia del de los franceses.

Desde sus inicios, el PSOE se reconoce como una simple «rama del socialismo europeo». Las relaciones con los partidos europeos serán tan fluidas y estrechas que el PSOE tendrá en los socialistas alemanes y franceses el modelo a seguir y, en correspondencia con ello, las sociedades de capitalismo desarrollado de Alemania y Francia como el objetivo a conquistar por la clase obrera española.