Redacción

La monarquía fue, según se mire, un comodín o el huevo de Colón. Los residuos de la dictadura llenaban el Estado y, a la vez, la resistencia interna a esa dictadura, el hecho tozudo de estar en Europa justo al sur de Francia y los aires internacionales hacían imposible mantener una dictadura. Y nadie quería otra guerra. Era un sudoku difícil. Por eso lo del huevo de Colón. A toro pasado, era más fácil de lo que parecía. Siempre los dichosos relatos. El truco consistía en que todo el mundo tuviera los materiales para el relato que le convenciera. Unos dirían (diríamos) que la república fue nuestro antecedente democrático, interrumpido por un golpe militar exitoso, y que la transición consistía en retornar a la democracia. Es lo que se puede decir leyendo los libros de historia y suena bien. Pero ese no podía ser el único relato con un Estado infestado de ultras franquistas en todos sus estamentos. Tenía que haber alguna manera de decir que hubo una horrible guerra, un período franquista con sus más y sus menos (Tom Burns Marañón lo llamó «ciclo político») y una continuación natural en la Transición y la democracia, que solo sería una puesta al día de aquel «ciclo político». La cosa era que todo el mundo tuviera el relato en el que no era el perdedor. Y así el huevo de Colón consistía en tener un comodín, una pieza que podía valer por lo que uno quisiera para completar su discurso: la Monarquía. Que Juan Carlos de Borbón fuera rey era seguir lo dispuesto por el dictador y evitaba llamar a España con la palabra «república». Que la monarquía fuera constitucional era pasar a una democracia. Los antifranquistas tenían en la democracia el fin de la dictadura y los cruzados franquistas tenían en la democracia la evolución del ciclo político franquista, reteniendo victoria y privilegios. Todos los relatos eran posibles con el comodín monárquico. La palabra «reconciliación» era tan indiscutible y querida que colapsó el franquismo en la memoria general, como si lo anterior a la monarquía hubiera sido la guerra civil, como si viniéramos de un conflicto con dos bandos que se mataban unos a otros y que había que dejar atrás; como si la guerra no hubiera acabado cuarenta años antes y no fueran los pistoleros y pelotones de la dictadura los que mataban sin guerra ni bandos. La monarquía era la pieza que completaba un discurso y el contrario. No lo digo con desdén, el propio PCE lo comprendía. Democracia y paz, quién puede objetar eso.

Así que le dimos a Juan Carlos I todo. Le dimos desde la inviolabilidad que lo situaba al margen de la ley, hasta una vida regalada de rey, con el dinero, el tren de vida y los cachondeos de los reyes de toda la vida. Se lo dimos todo nosotros a él, no a la inversa. La libertad alcanzada tuvo que ver con la presión internacional y con la resistencia interna. Ni Juan Carlos I ni Juan de Borbón tuvieron nada que ver con ninguna lucha antifranquista ni con ningún aspecto de la política internacional que hiciera inviable una dictadura. Se creó una mitología oficial que ponía al rey al frente de la reconciliación, la democracia y la modernización de España. No hay que rasgarse las vestiduras republicanas. Hay que entender en qué consiste una Jefatura del Estado hereditaria en una democracia: en un juego. Para que el sistema sea democrático el rey no puede ser el jefe del Estado «de verdad». Tiene que ser una simulación para que no sea una dictadura. Su conducta pública tiene que ser regida por protocolos que aparenten actos políticos sin serlo. El juego pudo servir para cimentar un relato confuso, tener una referencia simbólica unitaria de cambio de régimen o encajar con una figura de mando militar reconocible en el estamento. Pasado ese momento de necesidad o conveniencia, la monarquía basa su continuidad en lo que la basan las demás monarquías constitucionales: en la tradición, es decir, como decía Xosé Luis Barreiro hace un par de años, en la pereza. Poco argumento es ese para una institución sin legitimación democrática y que ya no tenía la utilidad que provocaba la urgencia.

El actual estado de ruina y derribo de la monarquía no tiene nada que ver con ningún activismo republicano. Los dos partidos que gobernaron España fueron y son partidos defensores del sistema dinástico. Los partidos de la izquierda, ahora mismo IU y Podemos, siempre fueron nítidamente republicanos, pero ni tuvieron nunca suficiente influencia ni de todas formas la república fue nunca una de sus prioridades. Lucir la bandera tricolor el 14 de abril no hace temblar la monarquía. De todas formas, la primera actividad antimonárquica sostenida, reconocible y con proyección pública no vino de la izquierda. Los curiosos pueden ir a la hemeroteca y leer el diario El Mundo en los primeros noventa, cuando el periódico estaba en la cresta de la ola y era el percutor contra Felipe González. Pero ningún activismo republicano arañó la imagen ni la estabilidad de la monarquía sobre todo, decía, porque no fue nunca una prioridad. El derrumbe de la monarquía llegó por corrosión interna, la propia Casa Real convirtió la institución en un problema en vez de una comodidad y la propia propaganda monárquica desacredita su papel.

Al Juan Carlos I se lo dimos todo y él nunca estuvo a la altura. La Constitución lo situó al margen de la ley y él se portó como un inviolable al margen de la ley. Sus amistades internacionales tuvieron más que ver con su tren de vida que con ninguna agenda del Estado. Su tendencia desaforada a lujos y suntuosidad y su participación oscura en tráficos de empresas siempre sembraron sospechas sobre el alcance de su fortuna y la manera de obtenerla. Sus escarceos privados más de una vez se enredaron con asuntos de Estado. La sospecha de una descomunal corrupción está en la prensa internacional y puede además tratarse de una corrupción ramificada. Qué chistoso resulta el bufón Quim Torra exigiendo responsabilidades a «España», sin dejar de lamerle el culo a Jordi Pujol. La salida emérita de España es un vodevil. Que no huye, dicen. Está la mayor parte del tiempo fuera de España, ¿por qué entonces esta salida del país se anuncia como lo que es, como una operación de Estado? Claro que huye, y no de los republicanos, sino de la justicia.

Los escándalos de la familia real son sistémicos y su desapego con el país es crítico, por mucho que Pedro Sánchez quiera desvincular la institución de las personas. La propaganda monárquica, por costumbre ñoña y almibarada, siempre tuvo una debilidad: pretender que la monarquía no fuera un juego, como que lo que hace el rey lo hace de verdad y sería el jefe del Estado al que elegiríamos de todas formas. Ese discurso de cuento infantil chirría con estridencia con los hechos actuales y no le hace ningún favor a la Corona. Menos le conviene aún que la derecha más sectaria la incluya en ese activismo torpón de utilizar los símbolos nacionales para enfrentarse a otros españoles y no para representar al país. Lo último que le conviene a la monarquía son ultras de tebeo gritando viva elrRey. Hay una parte especialmente indigesta de la propaganda monárquica. Nunca se quitó de encima esa opacidad que se tenía con todo en la Transición, cuando todo era tan delicado que todo era secreto de Estado. La Transición educó la actitud, que en la Corona llega a ser irritante, de tapar y mirar para adelante. Y hay un aspecto de la Transición, ligado a este secretismo, que es la razón última por la que quieren que asumamos la monarquía: el riesgo. La propaganda monárquica y los guardianes de los secretos de la Transición quieren perpetuar en nosotros esa autoimagen de minoría de edad colectiva, necesitada de una figura tutelar superior, como si sin Rey quedáramos solos, desorientados y con tendencia a la bronca; como si justamente ahora no fuera la monarquía un problema institucional interno, una fuente de descrédito internacional y un factor de enfrentamiento más que de unión.

No es nada original que no haya dicho nada de Felipe VI. Podemos hablar largo y tendido de España y sus instituciones sin hablar de Felipe VI y sin que falte nada de interés. Qué tal irá el reparto de aceite y azúcar.

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Hablemos de la monarquía