El primer trabajo del que escribe consiste en conocer qué sabe y qué no sabe quien le lee o quien le escucha. Si se equivoca en eso y da por supuesto que la audiencia sabe menos de lo que realmente sabe, la aburrirá. Y si ocurre lo contrario, si imagina que el público sabe más de lo que realmente sabe, producirá un texto ininteligible. El problema ahora radica en que no hay modo de saber qué es lo que la gente sabe. En Retorno a Brideshead (1945) ya se queja de esto un personaje: «Lo malo de la educación moderna es que nunca se sabe hasta qué punto la gente es ignorante. Con personas de más de cincuenta años se puede adivinar con bastante exactitud qué se les ha enseñado y qué no. Pero estos jóvenes tienen una fachada muy inteligente, muy informada, y luego, de pronto, se quiebra la costra y se perciben profundidades de confusión que uno ni siquiera sospecharía». Lo de los cincuenta años, advierto, ya no funciona.

Por ejemplo, si una política muy conocida dice que Juan Carlos I tiene que demostrar su presunción de inocencia, ¿qué pensará la gente común, teóricamente menos formada? ¿Cómo le explicas la contradicción si el problema de esta mujer reside ya en lo más elemental, en que desconoce su propio idioma y que, por tanto, las presunciones no se demuestran? Imagino al capitán: «¡Soldado, demuestre que su valor se le supone!».

Por eso la primera barrera y la más importante contra las noticias falsas es una educación de calidad. La segunda trinchera frente a la manipulación se asienta en la capacidad de escuchar lo que la gente realmente dice, aunque no se ajuste a mis prejuicios. Recomiendo ver en YouTube la charla TEDx de Cassie Jaye. Lo explica muy bien.

@pacosanchez

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