Los expertos


Redacción

Hay más pandemias que la del coronavirus. Junto a la de la precariedad laboral, que es el eufemismo políticamente correcto para hablar de lo que siempre ha sido explotación, fenómeno que dura décadas y a nadie le importa, desde que nos llegó el nuevo coronavirus se ha extendido, implacable y omnipresente, la pandemia de expertos.

En las redes sociales, en los medios tradicionales, en tu casa y en el bar, cientos de expertos ávidos de dar su opinión y otros tantos empeñados en informar sobre la evolución de los contagios se encargan, a petición de nadie, de recordarte lo mal que lo estás haciendo. Con toda su expertología a cuestas, algunos de ellos se preguntan amargamente qué demonios puede estar sucediendo en Aragón y Cataluña para que allí se esté sufriendo un número de contagios tan preocupante. Los expertos y los medios han preferido pasar de puntillas en su mayoría sobre las condiciones laborales aterradoras que viven miles de personas y que ha llevado a las dos regiones a tan inquietante situación.

Así que estos expertos improvisados se pasan el día entero recriminando supuestas imprudencias y la relajación y ganas de fiesta que tenemos los españoles, pues ya se sabe que, como dicen en Holanda, los habitantes del sur de Europa somos perros por naturaleza y nos pasamos el día tocándonos lo que nos cuelga, vagos y golfos sin remedio. Ingobernables y ebrios, así somos.

No me acostumbro a este abrumador bombardeo de datos constante ni a sus caprichosas interpretaciones que dependen de lo aprensivo que sea quien las presente y de su color político. Pero lo que más me está chocando, lo que realmente me tiene con los ojos como platos, es leer las vergüenzas de gente brillante de verdad en busca de casito. Margarita del Val, que tiene todos mis respetos como científica, está estos días en uno de esos papeles desconcertantes.

Asegura la viróloga que en España esto llegó muy pronto porque nos vamos de jarana el sábado y el domingo de cabeza a comer con los abuelos. Así, sin anestesia. Que buena parte de esos abuelos murieran en las residencias parece algo secundario. Seguramente sus nietos, en plena resaca, soltando el bofe después de una noche de lujuria y desenfreno, han ido a comer los domingos a las residencias mortuorio de la CAM, por ejemplo. Los partidarios de la oposición enarbolan las declaraciones de Margarita del Val alegremente, pues nada produce más alegría que el que confirmen tus peores vaticinios. Pero yo me quedo con la decepción y la duda. Así soy yo, una pena.

Supongo que más o menos todos sabemos qué es una falacia de autoridad. Pocos darían por buena la opinión de que los jóvenes españoles tienen según qué costumbres, todas ellas relacionadas con la juerga, y que eso ha llevado a las insoportables cifras de fallecidos entre las personas mayores si la opinión es la de un camarero, pero esto es la opinión de una experta. El problema es que nada sustenta su opinión. Esto es así, está alejado de cualquier pensamiento científico y muy cerca del pensamiento de tu cuñado en el bar, que no solo los jóvenes lo frecuentan. Que los chavales se emborrachan el sábado en España, no como, qué sé yo, en Holanda, y van el domingo a ver al abuelo con toda su resaca y le contagian es una sentencia con el mismo rigor científico que una carta astral.

Mientras escribo esto, leo las declaraciones de otro experto (en el titular hablan de «los expertos», aunque solo consultan a dos) que asegura que para controlar los contagios durante el inminente curso escolar los profesores deben aprender a identificar qué niños se han contagiado con la Covid de marras. El hecho de ser un «experto» es suficiente para que se otorgue credibilidad a lo que dices, aunque sea una chorrada monumental. Desde que terminó el estado de alarma los hay ansiosos por soltar sus ocurrencias en cuanto tienen un micrófono delante, y al final, el único efecto es el reino de la confusión en el que se está convirtiendo este país.

No sé cómo explicar la decepción que siento. Personas a las que siempre he encontrado inteligentes y brillantes se descuelgan con declaraciones llenas de delirios. Se fabrican titulares para que las cosas parezcan peores de lo que son y se intenta por todos los medios ocultar o hacerse el sordo ante uno de los principales problemas que nos ha traído hasta aquí: la explotación laboral. Pero yo no soy experto, solo soy un decepcionado señor sin estudios.

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