A las palabras ocurre lo que a las personas: unas son cortas, muy simples, y otras son de largos alcances, complejas; a unas, el Diccionario de la Lengua respeta, trata con cuidado, mientras que de otras se mofa, no las quiere; unas palabras son como los nuevos ricos, de ayer mismo, y otras son de mucho ayer, con el abolengo más excluyente y aristocrático, cual es haber nacido para unir a Dios con los humanos. El origen religioso de las palabras, como todo lo religioso, es lo que da el glamour, y aquí surge una categoría: todo lo realmente importante en lo humano tiene su principio en lo divino, en Dios.

Máscara es palabra de abolengo, de origen teológico, egipcio más en concreto, pues se llamaba así a un objeto que servía a los sacerdotes del Nilo para cubrir la cara de los muertos, haciendo invisible la natural corrupción de la muerte: una manera mejor y más higiénica para seguir hablando con Dios. Mucho más tarde, los griegos, siempre copiones de los egipcios, utilizaron las máscaras para sus fiestas dionisíacas, que eran solamente de vivos. Por eso los atenienses nunca entendieron, en el Areópago de Atenas, la predicación de San Pablo sobre la Resurrección de Cristo y la de los cristianos, que hasta se rieron de él, tal como se cuenta en los Hechos de los Apóstoles (número 17). Tema muy interesante el de la muerte, sin ida y vuelta, en el pensamiento griego, frente al cristianismo con promesa de otra vida, y eterna. 

Mucho más tarde el sustantivo latino persona, según los juristas, derivó del verbo persono, que era sonar mucho o resonar, «que también designaba la máscara o careta que usaban los actores y que servía, además, para ahuecar o lanzar la voz» (Castán Tobeñas, Parte General de Derecho Civil). Y así llegamos al ahora mismo, en que las máscaras, de múltiples tipos, siguen muy puestas; todos estamos enmascarados más que nunca, y hasta nos sirven para danzar como en el operístico Il ballo de maschere, pero no por el asesinato de un Rey, el de Suecia -siempre Gustavo- sino por algo parecido, el exilio de otro: Juan Carlos, el Borbón de España. Las máscaras también dicen adiós.

Las mascarillas son otra cosa, motivadas por lo del virus que vino de China, ese que mata ahogando como las serpientes-pitón. Mascarillas que son diminutas máscaras, baratas, que sólo tapan nariz y boca, de quitar y poner. Las máscaras, por el contrario, una vez puestas, no se pueden quitar, y si se consiguiese quitar, cae el telón porque cae el teatro o el teatrillo en el que todos somos actores, unos buscando y otros no buscando a un autor. Momentos extraños los de caída de máscaras, que dejan ver lo que hay detrás, la cara oculta de la realidad. Pero las mascarillas tienen una particularidad, no obstante ser diminutivas, bien puestas, impiden reconocer a las personas, es decir, a sus máscaras; mascarillas, pues, que tapan las máscaras. Es frecuente decir ahora: «Es que con la mascarilla no te identifico…». 

Ante tanta apoteosis de máscaras y mascarillas, como siempre, fui a la Literatura para saber. De los muchos autores que trataron sobre las máscaras, me interesó uno: el único que hizo de las máscaras un ismo, el llamado Pirandelismo, de Luigi Pirandello. Él, que hizo el mejor teatro del Novecento, lo denominó Maschere nude, si bien «máscaras desnudas» están en toda su obra, también en novelas como Il fu Mattia Pascal y Uno, nessuno, centomila.

No es casualidad que el autor de la vida como un caos de identidad, como un desorden, como un humo o magma volcánico e incandescente, de realidades mutantes, fuera contemporáneo de Freud que redescubrió la importancia del inconsciente, de Einstein que descubrió la relatividad del tiempo y del espacio, de Bergson con el élan vital, de Ortega y Gasset y de Elías Canetti que escribieron sobre las masas; sólo hay masas, no individuos dijeron éstos. Y conoció el siciliano la influyente y prusiano Nietzsche. Pero aquella loca vida se solidifica, se formatea, queda inmóvil como en una prisión, y de ello resulta la máscara, las máscaras, que es lo que vemos a los demás y lo que los demás nos ven: somos máscaras, con actuaciones ajustadas al papel conferido o trampas que impiden la libertad,  en la familia, en el trabajo y en la vida social. Máscara la de padre, la de trabajador, la de rey, la de registrador de lo que sea, la de juez, la de obispo, la de verificador de ITV, etc. Todo un juego de máscaras y apariencias. Máscaras entre el yo y los otros, siempre mediadoras y falsas.  

De ese planteamiento pirandeliano, de la contradicción entre la vida y la forma que la sujeta, nace el humor. Humor en un Mattias Pascal al que un error en el Registro Civil hace perder la identidad, pues los errores en el Registro Civil son horrores; humor en un tal Moscarda al descubrirse por su esposa que su nariz pendía hacia la derecha; y humor cuando seis personajes desafían a los actores, resultando un lío inmenso la competición entre los actores y los personajes. Nos reímos de todo, desde lo civil a lo religioso (en ambos hay muchas máscaras), hasta del «no somos nada».

Es natural que Papas como San Pablo VI y Francisco estén empeñados en encontrar la catolicidad de Pirandello, pero lo siento, no la veo ni en su vida ni en su muerte. Y es raro. Raro porque Pirandello es siciliano, muy católicos esos insulares; es verdad que la obra pirandeliana, como recordó Sciascia, es muy siciliana (un caduco régimen económico del matrimonio a base de dote y una estructura familiar muy amplia, que parecen presuponer mucho meapilas y muchos, que no aparecen.  Raro porque la máscara, tal como dijimos es una palabra religiosa, como sacro es todo lo teatral que deriva de «teos», estando en Grecia los teatros próximos a los templos y Pirandello fue un gran autor teatral. Raro porque el aparato eclesiástico de la Iglesia católica es de mucha máscara, también el siciliano, con riguroso sometimiento a las leyes de la apariencia, con continuos movimientos de manos muy piadosos.  

El caso es que en su obra no hay indicaciones sobre Dios y dejó muy claro en una carta (flogietto) conocida el mismo día de su muerte (10 de diciembre de 1936), que quería ser incinerado (¡atención, incinerado en 1936!) y sin las máscaras que los sicilianos colocan a los muertos. Y aquí surgió lo más pirandeliano: Fue enterrado en Roma por estar prohibida la incineración, y al permitirse ésta, en 1947, fue desenterrado y trasladada la urna conteniendo los restos en un avión a Sicilia en el interior de una maleta, que sirvió, durante el vuelo, de mesa para un juego de cartas. Y allí quedó donde nación: en la finca denominada «Kaos». 

Por ser fundamentales para el arte de gobernar a civiles y a clérigos, conceptos como visibilidad, secreto, el Poder que mira, el llamado derecho de información, en los que las máscaras de la mera apariencia y la mentira están tan bien colocadas, cabría una lectura pirandeliana de la institucional vida política y religiosa, que tendría un interés primordial: recordar que todo o casi todo es máscara y mascarada. 

Continuará.

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Máscaras que danzan. Parte I