Ingenio alcohólico


Una investigación de Harvard ha encontrado cierto vínculo entre el consumo de alcohol y la capacidad de innovar. Por lo visto, en los compases iniciales de la Ley Seca estadounidense, que duró de 1920 a 1933, la tasa de innovación, medida en número de patentes nuevas registradas, cayó entre un 8 % y un 18 % los tres primeros años. Pero repuntó, porque la clave del genio descubridor residía menos en el alcohol que en el hecho de ir al bar y reunirse con otros. Hace ya mucho, Francisco Umbral advirtió de esto en una entrevista cuando alguien le preguntó si bebía para escribir. Dijo que al principio sí, pero que luego se dio cuenta de que borracho se le ocurrían las mismas tonterías que sobrio o peores. Las musas no habitan el alcohol, pero tampoco frecuentan más los bares.

La fecundidad creativa nace, por lo que parece, de la exposición a ideas diferentes a las propias o distintas, sin más. La Ley Seca impidió al principio esa exposición al dificultar que las personas se reunieran a beber en los bares, informalmente, con amigos, con amigos de amigos y también con desconocidos. Hundió, en realidad, la socialización. Pero en cuanto surgieron otros cauces, la inventiva volvió a los niveles de siempre.

Ahora disfrutamos de medios capaces de crear redes muy amplias y fecundas, llenas de vitalidad creativa… siempre que seamos capaces de exponernos a ideas distintas de las nuestras. Por eso, las dictaduras, la policía de lo incorrecto y la llamada cultura de cancelar (impedir eventos en los que intervienen personas que piensan lo contrario de lo que defendemos) agostan la creatividad y la innovación. Especialmente, en las universidades, donde más las necesitamos.

@pacosanchez

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