No disparen al camarero


Hace unos días, Xavi Hernández dejaba claro que la doble burbuja del fútbol de millonarios y petrodólar puede crear un efecto estanco que aísla al inquilino perfectamente de los molestos ecos de la realidad. Aseguraba que el fútbol es de los únicos deportes y empleos en los que se insulta al trabajador y que es inadmisible que eso ocurra con un camarero. Ay. Otra cosa es el volumen de improperios que recibe una estrella del balón, equiparable al de los halagos y al de los ingresos, por cierto. El comentario ha enfadado a aquellos que en su tienda, en el centro médico o en su ronda de vigilancia reciben de vez en cuando recaditos verbales de las personas que transitan por su territorio laboral. El ejemplo del camarero hubiera sido inapropiado en cualquier época del año y de la historia. Pero en estos tiempos es muy complicado envidiar al camarero. Porque se ha convertido en el guardián de todos los protocolos para frenar el covid que vienen y van en la hostelería y sus aledaños. Encargado de atemperar al libérrimo gallito (a mí me vas a decir si puedo acodarme en la barra o echarle el humo en la cara a los de la terraza). Obligado a modular al improvisado fiscal (a estas mesas les faltan tres centímetros para cumplir con la distancia, que me lo acabo de leer en el BOE). Y, todo esto, sin que los clientes barrocos bajen el pistón, porque esos seguirán pidiendo un café con leche semidesnatada, clarito, templado, sin espuma y servido en vaso de cristal (ay, se me olvidó pedirte el terrón de azúcar moreno). En estos tiempos, trufados de restricciones y cierres, conviene no pagar las frustraciones personales con los que intentan que el vaso esté medio lleno. No disparen al camarero.

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