A la extrema derecha siempre le gustó lo militar, aunque anden ayunos de instrucción y hoja de servicios. Aparentemente les gusta el ejército más que a la izquierda, que siempre parece recelosa de cornetines y uniformes. Pero esto tiene letra pequeña. El ejército es un cuerpo adiestrado para actuar en situaciones críticas, desde grandes calamidades hasta guerras. En tales situaciones, la sociedad altera sustancialmente su funcionamiento. Se hacen rígidas las jerarquías, se sustituye la participación por la obediencia, la crisis absorbe todos los recursos y toda la gestión y la fuerza y las armas entran en la vida cotidiana. Estas pautas, fuera de una situación crítica, serían las de una sociedad totalitaria. No es que los militares sean totalitarios. Igual que un oncólogo no disfruta de que haya gente con cáncer, cabe pensar que un militar no quiera calamidades ni guerras ni esté deseando pegar tiros. La querencia de las ideologías totalitarias por el ejército se explica por su simpatía con la organización social de las situaciones en que el ejército tiene que actuar, que es justo la sociedad a la que aspiran en la normalidad. Es una especie de metonimia. La mayoría de la gente acepta las formas excepcionales con que se gestiona una emergencia, pero solo para gestionar la emergencia. La gente no quiere vivir normalmente así, como se vive cuando hay bombardeos o epidemias y como los ultras querrían hacernos vivir siempre.

Por eso una parte esencial de la propaganda ultra consiste en transmitir que estamos viviendo ese tipo de situación crítica en el cual la gente acepta y hasta reclama la gestión autoritaria. Tienen siempre que pregonar peligros inminentes de invasiones, grupos humanos hostiles y políticos traidores. El odio es parte de su actividad. Odiando es como nos sentimos avasallados o en peligro y odiando es como nos parece estar al borde de algún desastre. Y el odio, a diferencia de la ansiedad, induce conductas de aproximación y enfrentamiento a lo odiado y, más importante y también a diferencia de la ansiedad, induce desprecio del riesgo y de las precauciones. No estamos descubriendo la pólvora. El catastrofismo y el odio son parte esencial del discurso de la extrema derecha. Y los dos se concentran en las movilizaciones de acoso a Pablo Iglesias e Irene Montero. Ellos mismos admiten que hay gente soportando presiones peores. El daño al momento político no está en el perjuicio que se les hace. Ciertamente es un perjuicio inaceptable. Ninguno de los escraches que se produjeron en las protestas contra los desahucios, apoyados por Podemos, fueron un hostigamiento tan virulento, sostenido y organizado, ni llegó a ser una verdadera persecución. Es raro que se permita en cualquier país un acoso semejante a miembros del Gobierno. Pero además los escraches eran una protesta social, por injustificado que pueda ser que se llegue al domicilio familiar del político de turno. La ley y las prácticas policiales diferencian los alborotos públicos que son protestas sociales de los que son pura violencia o gamberrismo. Si cualquiera de nosotros cogemos un par de neumáticos y los quemamos porque sí en una autopista, seríamos inmediatamente detenidos y multados. Pero no se hace eso cuando se cortan autopistas en protesta por el cierre de astilleros o de las minas. Siempre se diferenció una situación de otra, incluso en los casos en que las protestas sociales puedan ser inaceptables, como cuando se vuelcan coches ajenos o se hacen escraches en domicilios particulares. Lo que sucede en torno a Iglesias y Montero no son protestas originadas por un conflicto particular. De hecho, no hay reivindicación más allá de que dejen de joder a España o lindezas cósmicas de ese tipo. Es solo violencia por odio. Los hostigan por cabrones, es decir, porque sí, porque tú eres rojo y yo soy facha.

El verdadero daño político de esta situación se entiende si repasamos el triple frente de la aversión contra Pablo Iglesias. El primer frente digamos que él se lo buscó. Podemos sacudió la política nacional con una irrupción provocadora y desafiante. Eso no estuvo mal. Pero hay algo que nunca regularon bien, especialmente Iglesias. C’s y Vox desafiaron e irritaron al PP, pero no a sus votantes. La provocación en los modos iniciales de Iglesias traspasó el tejido del PSOE y alcanzó a sus votantes y su militancia, incluso a la de IU. Esa antipatía hizo que el cuerpo de votantes de la izquierda no fuera un cortafuegos al odio que su provocación izquierdista suscitaba en el bloque conservador.

Pero no nos engañemos, hay otros dos frentes. La derecha española nunca rompió emocional y políticamente con sus orígenes franquistas y no reconoce más patria que la que los tenga a ellos al mando. Lo estamos viendo con el coronavirus; solo fueron leales e hicieron frente común con la izquierda en sitios donde gobiernan, como el Ayuntamiento de Madrid y la Comunidad de Castilla y León. El mayor motivo de odio de la derecha es que les quiten el poder. No había entonces redes sociales y no podíamos oír todos los disparates, pero el político más odiado por la derecha y al que más daño se le buscó fue Felipe González. No era muy rojo, pero tenía el peor pecado: ganaba y era invencible. Anguita no caía tan mal en la derecha. Era más izquierdista y muy consecuente. Pero tenía una virtud: ni podía ganar, ni podía influir en ningún gobierno. Eso lo hacía un buen chico. Podemos, con Pablo Iglesias como icono, amenazó en las encuestas, alteró el programa del PSOE, diluyó a IU e hizo del espacio a la izquierda del PSOE un espacio influyente. Este es el segundo frente de odio: que primero pudo ganar y después influyó. Quitarles el poder hace odioso hasta a Felipe González.

Y el tercer frente de aversión es formar parte de un Consejo de Ministros en el que se habla de tasas especiales para grandes fortunas, fortalecimiento de servicios básicos, subida del salario mínimo o ingreso mínimo vital. Nada de esto es comunista. No se le odia por comunista, sino por ser de izquierdas y estar en el Gobierno. Un Gobierno de izquierdas es en sí una provocación para quienes creen que todo es suyo y no quieren ceder nada.

El daño objetivo a la democracia de este acoso tolerado es que se permite que la extrema derecha vaya desplegándose como lo que siempre fue, una panda de matones gritones; que se alimente el odio y catastrofismo que difunden y que necesitan para sus propósitos autoritarios («la gente está harta», «destruyen España»); que se pretenda la inviabilidad de un legítimo Gobierno de izquierdas por ser de izquierdas; y que se trate como crisis y anomalía el mero hecho de que no gobierne la derecha. Esto apoyan quienes apoyan la persecución a Iglesias y Montero y quienes son condescendientes con la situación; la derecha, en primer lugar, pero también todos los que relacionan la situación con los escraches apoyados por Podemos en su día. Quienes mencionan los escraches, aunque parezcan condenar el acoso, apenas ocultan su satisfacción: editoriales de El País, socialistas que comparan algún insulto que recibieron con una persecución organizada, o Margarita Robles, ministra del Gobierno al parecer. Los que creen que, tratándose de Podemos, esto no deja de ser merecido, deberían saber que la gangrena que empieza por una parte acaba extendiéndose a todo.

Nadie es imprescindible, eso es verdad. Pero si movemos entre tres un armario, en el momento en que el mueble está en vilo, cada uno sí que es imprescindible para que no se caiga. Pablo Iglesias no es el mejor político del Gobierno, ni de la parte del Gobierno puesta por Unidas Podemos. Pero las implicaciones políticas del actual acoso organizado de la extrema derecha hacen que la democracia sea un armario en vilo. Provisionalmente, Pablo Iglesias es imprescindible como vicepresidente del legítimo Gobierno de España.

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Pablo Iglesias, provisionalmente