Desde el estercolero


redacción

Rocío de Meer, nieta de militar muy franquista y diputada en el Congreso por ese partido que ustedes saben, tiene unos treinta años. Ayer acusó a la izquierda, así, en general, de haber convertido los barrios «humildes» en «estercoleros multiculturales». Dice que la izquierda encantada de conocerse no pisa esos barrios como si ella estuviera todo el día dando paseos por allí. 

Esta forma de pensar no se diferencia mucho de los delirios nazis sobre higiene racial: los extranjeros son un virus que corroe las entrañas de lo que antes era un lugar pacífico lleno de gente trabajadora y humilde, gente de gran corazón y buenas costumbres, gente notoria y genéticamente estúpida que no protesta ni anda molestando por ahí como si fueran subhumanos extranjeros. El problema con esto no es ya solo, y no es la primera vez que le pasa a la diputada ultra, la similitud con varios aspectos del nazismo. El problema es que tiene treinta años y exhibe una desfachatez insultante al hablar de algo que desconoce en su totalidad.

Les voy a decir una cosa: la pobreza no te hace mejor persona. Tienes más papeletas para no serlo. Los que crecimos en esos barrios durante los años ochenta sabemos perfectamente que ni eran pacíficos, ni eran limpios, ni era estupendo vivir en ellos, ni la gente se limitaba a trabajar y hacer fiesta el domingo. Había que sobrevivir, pero eso es difícil de entender para una persona con treinta años que lo ha tenido absolutamente todo en la vida.

Detesto profundamente que se hable de barrios humildes o de trabajadores humildes. Cualquiera de las tres acepciones de la palabra «humilde» en la RAE deja bien claro que su utilización para referirse a los obreros es un insulto. Una forma de señalarnos como despreciables pero al fin y al cabo, pacíficos. La segunda definición es «bajeza de nacimiento o de cualquier otra especie». La tercera habla nada menos que de sumisión y rendimiento. Esta es la forma correcta de ser pobre para Rocío de Meer y el resto de su grupo parlamentario. 

Durante mi niñez y adolescencia el barrio era muy peligroso. No es nada que no se viera en todos y cada uno de los barrios pobres de este país. Hoy, aunque son más peligrosos que el barrio de los cacerolos, son mucho más pacíficos de lo que eran. Esto es así por mucho que diga una diputada. Hoy es seguro salir a la calle en mi viejo barrio. Pero, eso sí, sigue siendo un lugar abandonado e ignorado. Realmente esos barrios nunca han sido tenidos en cuenta y esos estercoleros que supone la joven diputada nunca han dejado de serlo y ya lo eran cuando España no era un país al que los inmigrantes quisieran venir.

El abandono y el desprecio han sido las constantes para estos barrios incluso hoy que son indudablemente más tranquilos. En 1985, vecinos del barrio de Pomar en Badalona secuestraron nada menos que catorce autobuses para reclamar transporte público. La cosa se saldó con una operación policial nocturna para recuperar los vehículos. La maniobra de secuestro de autobuses para reclamar lo que les correspondía como vecinos de un municipio, ocurrió en otros barrios como Sant Adrià de Besòs en Barcelona. En el barrio donde crecí no entró el transporte público municipal hasta entrados los años noventa, algo que nos estuvo bien empleado por no secuestrar autobuses. 

A los ricos les gusta imaginarnos como gente pacífica y tonta. Muy trabajadores y de gran corazón. Es una idealización grosera de la realidad acorde con las ideas extremistas. Antes los pobres éramos mejores. Aunque viviéramos asolados por la heroína y el tráfico de todo tipo de drogas, aunque no tuviéramos ambulatorio ni colegios, aunque tuviéramos que salir de allí andando hasta otro barrio para subir al autobús, aunque fuéramos las principales víctimas de la pequeña delincuencia que parece asustar tanto a la gente con dinero que rara vez la ha vivido. Yo no quiero ser humilde ni deseo que la gente pobre lo sea. Pero para personas que no saben qué es la vida, como Rocío de Meer, la humildad que se nos supone, no contaminada por influencias extranjerizantes, no es más que el deseo inconfesable de que los obreros no molesten. Que cobren poco, que sean despedidos sin indemnización, que no puedan pagarse la casa ni tener los mismos servicios que el resto. Pero que no molesten. Si hace falta nos inventamos un pasado idílico. Como los carteles del III Reich donde se ve a obreros y campesinos fuertes y recios trabajando con nobleza sin sudar ni una gota y sin dolores de ningún tipo, explotados pero felices. Puro fascismo.

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