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El coronavirus ha cambiado y ha condicionado nuestra vida, y hasta que no se encuentre una vacuna, así continuará siéndolo. Parece que un sector muy minoritario de la población cuestiona que no haya virus y quizás sea absurdo hablar de los llamados «negacionistas» cuando ni son expertos en la materia ni sus proclamas son convenientes que se difundan, puesto que sus mensajes no deben ser considerados como libertad de expresión, sino como bulos y mentiras. Pero lo viral en el mundo que vivimos no solamente es un problema sanitario, sino también virtual, porque también con internet, y concretamente con las redes sociales, se viralizan vídeos, fotografías y mensajes diversos. Nos guste más o menos nuestros perfiles virtuales adquieren casi la misma categoría e importancia que nuestra vida física, porque hemos aceptado vincular nuestras experiencias vitales al conocimiento de nuestros seguidores. No hay empresa que no nos busque en Google antes de contratarnos, y es conveniente currarse un buen posicionamiento de tu nombre para que las primeras búsquedas sean de asuntos positivos sobre tu persona.

Hay muchas cosas que seguro que se nos escapan en función de si pertenecemos a una generación u otra, pero es difícil de entender que alguien que sabe y es consciente de que está haciendo algo mal, sea una simple falta o un delito, lo grabe y lo comparta creyendo que nunca se hará viral. Ante barbaridades como las dos auxiliares de enfermería que vejaron a una anciana en una residencia de Terrassa (Barcelona) y con las imágenes de otro nuevo episodio de racismo y violencia policial en Estados Unidos (Jacob Blake recibió siete disparos de un policía por la espalda en Wisconsin) sabemos que cuestiones así han pasado siempre, y que muchas veces quedaron en nada (precisamente por ser complicado demostrar algo así sin pruebas). Ahora con un móvil y con una cuenta de Twitter el poder de difundir un mensaje es muy sencillo. No obstante, veo una diferencia grande entre ambos casos: en Estados Unidos nunca son los policías los que se graban a sí mismos, y por tanto solamente con testimonios ciudadanos se consigue denunciar los abusos, sobre todo a la población negra. Pero en el otro caso, yo no puedo comprender a dos chicas, que se supone que están en un trabajo para el que no vale cualquiera y por el que habrán pasado por algún proceso de selección, vemos que además de comportarse de una manera indignante parece que sintieron la necesidad de grabarse y de colgarlo. Si no llegan a subir esos 37 segundos en Instagram, ¿hubiésemos sabido lo que estaban haciendo? Pues seguramente no.

A mí me encantan las redes sociales en varios aspectos: como ciudadano común y corriente, como profesional del periodismo y como cargo público. Todos los días uso mi Facebook, mi Twitter y mi Instagram para interactuar con la familia, con los amigos, con conocidos y con cualquier persona que quiera comunicarse conmigo. Hay otras redes sociales que se han quedado en camino desde que me inicié en el mundo cibernético, como con aquel chat de Terra, pasando por Flickr, por el ya desaparecido Messenger (hoy podríamos decir que su sucesor es WhatsApp), Second Life y Tuenti, hasta llegar plataformas como LinkedIn que la tengo muy infrautilizada u otras en las que por ahora no tengo cuenta, como TikTok, pero con el veto impuesto por Donald Trump y solamente por entender lo que le gusta a la gente usarla es prácticamente imposible no conocerla o decir que nunca has oído hablar de ella. Constantemente surgen y desaparecen webs y aplicaciones en las que por una cosa u otra sentimos la necesidad de actualizar nuestros perfiles y relatar qué estamos haciendo. Nos puede gustar o no que haya gente que viva a base de subir vídeos en Youtube o fotografías posando en Instagram, pero las marcas comerciales a día de hoy prefieren invertir en que este tipo de perfiles les promocionen sus productos a contratar una campaña de publicidad cuyo efecto en nuestros días no es el de antaño. Y donde está la gente es donde interesa estar. La dificultad está en conseguir viralizar un perfil y un mensaje, pero que nadie se confíe con que nunca le pasará y más si se trata de un aspecto negativo, porque el día menos esperado un vídeo viral acaba con tu reputación y quien sabe si con tu futuro. 

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