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«Pocas personas hay mejor preparadas intelectualmente que Cayetana, con un doctorado en Historia en la Universidad de Oxford», dice Vargas Llosa. La frase tiene letra grande y letra pequeña. Vargas Llosa fue escritor, como Felipe González fue Presidente. De González hay que recordar que no hace nada que tenga que ver con el impulso a la democracia y las libertades, salvo que la democracia coincida con sus intereses por azar. No fue por la democracia por lo que defendió a Pinochet, ni por lo que fue hermano de Carlos Andrés Pérez, ni por lo que ignora el golpe de estado de Bolivia, ni por lo que se opone a Maduro o tiene a Guatemala fuera de su radar. Fue por negocios y complicidades, la misma razón por la que entró en el Consejo de Administración de PRISA pegando una patada en la puerta cuando el Gobierno habló de un impuesto a las grandes fortunas por una emergencia nacional. De Vargas Llosa hay que recordar que no hace nada que tenga que ver con la promoción de la cultura y el conocimiento. Utiliza su prestigio de escritor para derramar sucedáneo de cultura sobre la barbarie neoliberal, a ver si cuela. Lo que realmente seduce a Vargas Llosa es lo mismo que a González: los ricos. No la riqueza; los ricos. Pocas personas hay mejor preparadas intelectualmente que Cayetana, dice. Con la extrema derecha en su cruzada habitual contra el conocimiento, la letra grande es buena: mejor presumir de preparación intelectual, aunque sea impostada, que de desprecio a la inteligencia. Pero hay letra pequeña. Hay muchos doctores y doctoras en España, en Historia y en más cosas. Es muy meritorio que Cayetana sea doctora en Historia, desde luego más meritorio que exhibir másteres de Aravaca hechos en un recreo. Pero eso no hace que una persona esté preparada como muy pocas, porque como digo doctores hay muchos. La frase no se desliza por la boca de Vargas Llosa como un flan porque susurre que Cayetana sea una persona preparada, sino porque susurra que es rica. El sabor de su doctorado en Oxford es para el escritor el de su riqueza de cuna y a su marquesado (aunque a Vargas Llosa le sorprendería cuántos titulados nuestros se doctoraron en sitios como Oxford, sin ser ricos ni marqueses, gracias a esa organización social nuestra que él se afana en arrumbar; y deberían contarle lo normal que es que se publiquen tesis doctorales antes de intentar extasiarnos con que Cayetana haya publicado la suya).

Cayetana no destacó en el Congreso por ilustrada ni por argumentos elevados y discursos brillantes bien trenzados. Destacó por bocazas destemplada. Insultar y vocear simplezas ultras, más vistas que el tebeo, no es credencial de convicciones firmes, alta preparación o «valentía». En cualquier chigre se alcanza ese nivel intelectual cuando pitan un penalti contra el Sporting. Lo interesante del panegírico simplón de Vargas Llosa es la espina dorsal del argumentario neoliberal que desparraman quienes se siguen empeñando en una España con todo atado y bien atado, en una democracia filtrada por amos y en una Monarquía todo lo republicana que usted quiera creer. La propaganda de su neoliberalismo asilvestrado se contiene en un maletín con unos pocos tópicos a los que se recurre como si fueran herramientas según las circunstancias. La presencia de Podemos en el Gobierno hace propicio uno de esos tópicos propagandísticos: distraer a la gente del debate sobre sus problemas sustituyéndolo por un debate ideológico de garrafón en el que se anuncian los grandes males que traerá la ideología del rival. Lo primero es atribuir al rival la ideología que conviene, y así deciden que Podemos es comunista y el Gobierno social-comunista. Lo segundo es simplificar o inventar la historia y reducir la ideología atribuida a clichés banales, cuya enumeración sustituirá al debate de los problemas reales. Hubo comunistas que hicieron gulags, que mataron masas enteras de gente y que instauraron dictaduras dementes. Y Podemos es comunista, así que hablemos de aquellos gulags.

Por supuesto, Podemos no es comunista, más que para quienes siguen con masones, comunistas y contubernios. Por supuesto, el comunismo está tan asociado a crímenes y dictaduras odiosas como el cristianismo o el neoliberalismo. Hay inquisiciones religiosas viejas y nuevas (Jeanine Áñez coronó el golpe de estado entrando en el Congreso blandiendo una biblia y grupos religiosos sectarios, tipo Abogados cristianos, auparon a Bolsonaro y a Trump), pero los católicos hacen muy bien en no asociar su credo con esas estridencias y exhibirlo como honorable. Hubo comunistas que mataron a disidentes, pero los que mi generación conoció por aquí lucharon más que ningún Borbón por nuestras libertades y por que esas libertades llegaran en paz. Podemos no es comunista, pero Garzón hace bien en llamarse comunista con la cabeza bien alta. Y los crímenes de Pinochet no definen la ideología neoliberal, ningún neoliberal tiene que cargar con ese baldón.

El reducir el debate público al debate de versiones deshidratadas de ideologías solo tiene el propósito de la distracción y a ese aspecto de la propaganda neoliberal se aplican Vargas Llosa, las derechas y los socialistas que gustan a Vargas Llosa y a las derechas. En los años 80 y 90 había ricos. Aquellos ricos pagaban muchos más impuestos que los ricos de ahora, teniendo en cuenta que ya eran ricos. Por entonces, la mayoría de la población podía permitirse los estudios universitarios hasta el final. Ahora los grados van encogiéndose y cada vez menos gente se puede permitir los másteres que realmente sirven. Los ricos son más ricos, pagan menos impuestos y la mayoría de la gente pierde el acceso a la formación. Lo mismo va sucediendo con la erosión de la sanidad pública y su entrega al lucro privado y con otros servicios. El sistema se hace más desigual y cada vez más la suerte está echada desde la cuna. Vargas Llosa, Cayetana, Bono, Felipe González y demás quieren que no hablemos de los ricos y sus impuestos y que nos dediquemos a hablar de los gulags de Stalin. Quien solo debate con el oponente su ideología y solo aporta lecciones de historia sesgadas o directamente disparatadas es un sectario que quiere distraer porque tiene algo que ocultar. Es sectario, porque solo los sectarios tienen la ideología como referencia única. Y distrae y oculta, porque se intenta apartar la atención de lo que realmente ocurre.

Y lo que ocurre es que los derechos no son entes platónicos que funcionen solo por nombrarlos. Que la ley diga que tenemos derecho a la educación y a la seguridad no hace que la gente se forme y esté segura. Los derechos son reales cuando suceden en la vida de las personas cosas buenas, como el acceso al estudio, y se evitan cosas malas, como que cualquiera te pueda matar o robar. Y esas cosas suceden porque hay instituciones con gente que realiza los actos que las hacen suceder; por ejemplo, escuelas con enseñantes y cuerpos de policía. Esas instituciones cuestan dinero y el Estado tiene que recaudarlo. Cuando el uno por ciento más rico de España acumula la quinta parte de la riqueza del país, paga impuestos ridículamente bajos y se lleva su riqueza a chiringuitos fiscales, las instituciones se debilitan y los derechos decaen, porque se quedan en la letra de la ley. Por eso quieren que pensemos en Stalin y en gulags y en si Podemos es comunista. Quien distrae oculta.

Ni en España ni en Europa hay riesgo de totalitarismos de izquierda. No hay grupos significativos que lo pretendan, no hay clase adinerada que lo financie, no hay superpotencia que lo respalde. El totalitarismo que amenaza a Europa es el de Hungría o Polonia, el que llegó a asomar en el Gobierno de Italia, el que financia a Vox y el submundo ultra en España, el único que coquetea con la violencia y con matar a hostias al coletas y el único que apoya explícitamente asesinatos como los crímenes raciales recientes de EEUU. Lo que está en juego es lo de siempre: nuestros derechos, el fortalecimiento de las instituciones que los materializan, su financiación, la forma justa de obtener los recursos. Quien nos distrae de nuestros derechos, nos los quiere quitar.

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Vargas y Cayetana. Derechos y distracciones