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Me parece recordar que se trataba de dos seiscientos, de color blanco uno y crema el otro, pero quizá en eso me confundo. Circulaban en sentido contrario por la calle Santo Tomás. Iban despacio y, como transitábamos aún los sesenta, carecían de otro obstáculo que ellos mismos: ningún coche aparcado en las aceras, una calle recién pavimentada -me encantaba ver el proceso por el que las calles de tierra se convertían en calles de asfalto, cómo avanzaban sección a sección aquellos cuadrados de gravilla recubiertos luego con un chapapote hirviente y oloroso, listo para las apisonadoras. Pese a tantas condiciones favorables, los dos coches a punto estuvieron de chocar: desde mi ventana en un tercer piso de una calle perpendicular, asistí al chirrido de las frenadas y vi cómo los parachoques se esquivaban en dos diagonales opuestas. Un casi accidente: sin daños materiales ni personales. Seguí mirando desde mis cinco o seis años, no sé, y se me encogió el estómago.

Tengo un estómago muy intolerante con la violencia: se encoge como una bola y me obliga a apartar la vista o, si estoy presente, a intervenir. Los dos hombres salieron enfurecidos de sus vehículos, uno de ellos llevaba un destornillador en la mano, y se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo cuyos resultados no recuerdo, seguramente porque me retiré de la ventana. Habían salido ilesos de un choque que ni siquiera había llegado a producirse, pero allí estaban ellos dispuestos a reparar esa anomalía: la ausencia de daños. Como dos idiotas. En vez de reírse con un «¡Para habernos matado!» -improbable a tal velocidad- decidieron matarse.

Importaba más dañar al otro que celebrar la vida. Se lleva mucho esta temporada.

@pacosanchez

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