Las fallas que no han ardido

Se dice que los ninots conservados se quemarán el año que viene, y ojalá sea así, porque significaría que la epidemia ya ha pasado


Me interesan las alegorías, así que les sigo la pista en lo que puedo. Por ejemplo, las fallas de Valencia de este año que, como se sabe, iban a celebrarse poco después de que se declarase la alarma por la pandemia. Finalmente, y tras muchas dudas, se suspendieron, algo que solo había ocurrido cinco años en la historia de las fallas, durante la guerra de Cuba y la Guerra Civil. El caso es que para cuando se tomó la decisión ya había algunas figuras plantadas en la calle, y esto creaba un dilema, porque una falla solo tiene billete de ida; únicamente está pensada para ser montada, no desmontada, y, además, las cofradías se resistían a sacarlas sin antes saber quién se haría cargo de los gastos de mover estas enormes alegorías de cartón -la alegoría pesa, aunque menos que la realidad-. El Ayuntamiento de Valencia decidió quemar su falla oficial clandestinamente, en mitad de la noche, con un lanzallamas. Otras dos se incineraron también así, otra la destruyeron unos vándalos y otras pocas quedaron a la intemperie, esperando.

Empezó a llover, y los ninots se arrugaban, el cartón se iba deformando, las figuras se doblaban y se inclinaban. En las imágenes que vi, esas sonrisas exageradas y sardónicas que siempre les ponen los maestros falleros a sus figuras, parecían muecas de dolor. Hasta que se llegó a un acuerdo y empezaron a llevarse las figuras de vuelta a los talleres con la esperanza de quemarlas en julio. Pero ya sabemos todos lo que pasó en julio. Y en agosto. De acuerdo con la tradición, todos los años se indulta a algún ninot, pero este 2020 extraño todos son ninots indultats, todos se han quedado disfrutando de una amnistía inesperada, o más bien de una sentencia suspendida. Qué año tan curioso este, en el que en el mundo se han derribado las estatuas, pensadas para durar, y en Valencia se han dejado incólumes los ninots, creados para desaparecer.

Porque las fallas, claro está, se hacen para quemarlas. Son un gesto apotropaico, que diría un antropólogo: un ritual mágico para ahuyentar el mal. En las fallas se plasman los sueños y las pesadillas del año precedente, recreadas en estas figuras con cara de caricatura de periódico del siglo XIX, con sus muecas, sus ojos enormes, sus bocas desproporcionadas. Quemarlas es un intento de conjurar las miserias y las modas de la actualidad social y política. Así que no quemarlas debe tener alguna consecuencia.

Leo ahora que se están trasladando un centenar de monumentos falleros a las instalaciones de Feria Valencia, donde ya hay otros tantos. Todavía quedan otros doscientos en los talleres de los artesanos, y un número indeterminado en locales alquilados por las cofradías en toda Valencia. Me fascina esta idea de una nación inmóvil de cartón-piedra, de una acumulación de sátiras y homenajes distribuidos por todas partes en espera del fuego. Ahora se dice que estos ninots arderán el año que viene, y ojalá sea así, porque significaría que la epidemia ya ha pasado. Curiosamente, ninguno de esos ninots alude a ella, porque también los maestros falleros la ignoraron hasta que ya era demasiado tarde, como los gobiernos. Para ser más exactos, hay uno: la falla municipal, que representaba a una mujer joven que hace yoga, y a la que un artista le añadió a última hora una mascarilla. Curiosamente, esa parte de la falla no ardió cuando la quemaron con el lanzallamas. Esperemos que arda el año que viene, para terminar de conjurar este mal. Porque la superstición no tiene sentido, pero a veces tampoco lo tiene la realidad.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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