01 sep 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Llueve. Es Vigo, mediados de agosto; no lo parece. Es domingo y es feriado; media España debería de estar de fiesta. Es festivo, sí, pero no hay fiesta.

La Voz de Galicia titula: «Galicia suma en 24 horas 154 nuevos contagios». Estados Unidos tiene casi los seis millones de casos. En el eje París-Berlín hay preocupación; en Madrid, los fantasmas de abril vuelven. Sí, hoy llueve, pero mañana saldrá el sol. Escribir la línea anterior, y después decirla en voz alta, me hace creer que las palabras son indómitas, como si tuviesen vida por sí solas.

Hoy llueve. El ambiente y el aire se mastican, son grises. Pero mañana a los árboles y a las casas de piedra gallega será el sol quien las vista. Y todo lucirá con un brillo uniforme. Mañana, con el buen tiempo, los atardeceres se parecerán a la instantánea del verano que tanto hemos anhelado, pero que no hemos podido tener: como si fuese posible creer que lo peor de la pandemia, del confinamiento y de la crisis ha pasado. Pero el sol se irá y la ilusión esperará a que llegue otro día soleado.