Trump en Kenosha. Tomemos nota, la cosa va con nosotros

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

Trump está dando algunas lecciones de provecho. El fascismo ya no aspira a golpes de estado que deroguen explícitamente la democracia. Busca acomodo dentro de la democracia para ir desecándola hasta que la constitución de turno sea apenas un cascarón vacío. Derechos recortados, justicia intervenida, prensa controlada por el poder político, elecciones fraudulentas, todo esto es posible sin derogar la Constitución ni proclamar un cambio de régimen. EEUU es un país con demasiada robustez institucional para ser disecado en una sola legislatura y por eso los ultras podrían perder el poder. Su campaña muestra con tal claridad su naturaleza y propósitos que parece una jornada de puertas abiertas del fascismo para veamos cómo es por dentro y tomemos nota por estos barrios. El empeño de Trump de aparecer por Kenosha y avivar las peligrosas llamas del enfrentamiento racial puede parecer el acto descerebrado de un demente. Pero no es así, es un acto bien asesorado. Es fascismo en jornada de puertas abiertas mostrando su taller. Hay cinco rasgos habituales de la ultraderecha en ese acto incendiario de Trump.

El primero es que la ultraderecha necesita siempre el conflicto. Necesita esa situación excepcional y crítica en la que la gente acepta y reclama gestión autoritaria y modifica sus valores habituales por la urgencia de la crisis. Por eso la propaganda ultra intoxica inventando peligros y amenazas inminentes. Necesita el incendio para llegar al poder y para permanecer en él. En la percepción de la gente, la violencia causa un daño mayor que el aplazamiento de otros valores de convivencia. La mayoría rechaza la discriminación racial y también los actos violentos, pero lo segundo crea más sensación de urgencia. Enseguida se hace prioritario el fin de la violencia y la vuelta al orden. Es más apremiante el fin de disparos y muertes que las medidas de igualdad racial. No importa que sea Trump quien agita el conflicto racial. Lo que importa es que hay conflicto y lo urgente será que vuelva el orden. Cuando el orden sea la prioridad, la gente respaldará a quien lo afirme con más rotundidad. Así ganó Bush a Kerry. Bush era el culpable de la guerra de Irak, pero el hecho es que había guerra. Si John Kerry se ponía del lado del Presidente, no podía criticarlo. Si lo criticaba por su responsabilidad en la guerra, parecía más tibio y un comandante menos fiable. Trump enciende conflictos violentos atacando a minorías raciales. Una vez producido el conflicto, reclama contundencia por la ley y el orden, y su oponente parecerá tibio contra el desorden si lo responsabiliza a él. Todo fascismo necesita trincheras en llamas. Pero fue inteligente la respuesta de Biden: ¿creen ustedes que con Trump bajarán los conflictos? Es inteligente porque no insiste en la culpa de Trump en el origen del conflicto, sino en que es el principal obstáculo para que se acabe. Hay un momento en que a la gente le preocupa más cómo acabar con un problema que cómo empezó.

El segundo rasgo que muestra Trump son los enemigos que la ultraderecha fabrica para la población general, que son dos: los de abajo y los de arriba. En su propaganda, la gente humilde siempre está perjudicada por otra gente humilde a la que se señala con claridad y a la que se denigra. Según los contextos, pueden ser inmigrantes pobres, pobres a secas o minorías raciales, por ejemplo. Esos marginados serán delincuentes, parásitos que reciben servicios que pagamos los demás, vagos subvencionados y otras lindezas que variarán según convenga. Por supuesto, no se sabe cuáles son esos humildes buenos y perjudicados que madrugan y que cada vez pierden más por esos otros parásitos delincuentes, porque no habrá humilde que no pertenezca a algún grupo de vagos o malhechores. Y toda medida social (ERTEs, becas, ingreso mínimo vital, …) son una sopa boba clientelar para aprovechados. Los otros enemigos son los de arriba, pero a estos no se los señala con claridad, como a los de abajo. Ni Vox ni Trump dirán nunca que los culpables de que la gente lo pase mal son los ricos, la banca, los evasores de impuestos o las grandes empresas. Siempre se referirán vagamente a los poderosos, a los privilegiados, a los burócratas, a los políticos corruptos, pero sin señalar como cuando hablan de los pobres. El conflicto racial le sirve a Trump para denigrar cómodamente al enemigo de abajo: los activistas extremistas que se manifiestan, los que nos llevan al caos si no hay mano dura.

El tercero es tercamente repetido y no necesita explicación. El fascismo, además de clasista y machista, es racista. La ultraderecha inflama toda forma de diversidad para convertir la diferencia en conflicto. Todo fascismo se asienta sobre una raza y un prejuicio racial. Donde haya fascismo habrá conflicto racial, aunque tenga que ser entre diestros y zurdos.

El cuarto rasgo es el de inutilizar el discurso del adversario apropiándoselo. La Constitución cierra el sistema legal de una dictadura cuyo continuador es Vox. Y Vox se reclama constitucionalista, frente a la izquierda que quiere acabar con la Constitución y la nación. Vox tiene un perfil agresivo que va dando señales de violencia. Por eso, llama matones a los de Podemos y dicen que no cederán a sus amenazas, presentando sus actos agresivos como defensa a ataques imaginarios. La Iglesia lleva en esa táctica siempre: presenta cada acto sectario como un acto defensivo contra los liberticidas. Trump es el racista agresivo, el que provoca la revuelta y el enfrentamiento. Y endilga a Biden y los manifestantes la radicalidad violenta y presenta su mano dura como respuesta al desorden extremista. Es falsa la idea de que la extrema derecha tiene mucho apoyo en las clases bajas. Se puede ver en cada ciudad que el grueso de votos ultras está en los barrios ricos. Pero sí ocurren dos cosas. Una es que sí tienen una representación visible en las capas bajas, mientras que no es imaginable que Podemos, por ejemplo, la tenga entre los ricos. Y otra es que, al impostar un discurso frentista de humildes contra parásitos y contra poderosos, consiguen bajar el predicamento del discurso izquierdista en las capas bajas y consiguen que la izquierda parezca demasiado universitaria y lejana a esas capas, con la correspondiente desmovilización. A eso jugará Trump haciendo un batiburrillo entre el orden contra el caos y esos listillos que os toman por tontos y no saben nada de vuestros problemas.

Y el quinto rasgo es el desafío institucional siguiendo el negacionismo de la ultraderecha. El negacionismo, recordemos, consiste en sembrar desconfianza en el conocimiento y los datos negando validez a sus fuentes. Se basa en que no podemos demostrar en cada momento la mayoría de las cosas que sabemos (ni siquiera la redondez de la Tierra), siempre las remitimos a fuentes o testimonios que ellos descalifican para crear confusión entre el conocimiento y sus patrañas. El mismo procedimiento se extenderá a los protocolos institucionales. Trump negará validez a las votaciones, dirá que el recuento es fraudulento y querrá que la gente vote nulo para afirmar la nulidad de las elecciones. La forma de sostener esa nulidad sigue el mismo formato de negar la que la Tierra es redonda o de afirmar que la República inició la guerra civil. Es el negacionismo de la brutalidad ultra.

Trump muestra hasta dónde llega el arsenal de odio y enfrentamiento que necesita y alimenta el fascismo. Es muy de temer un golpe autoritario de Trump si pierde las elecciones, y más si las gana en el recuento de las urnas y las pierde con el voto por correo. Tomemos nota porque, con esas compañías de la mano, el PP tiene bloqueado el funcionamiento constitucional de la Justicia y Casado quiere exigir a Sánchez moderación. Y recordemos que los ricos que apoyaban al fascismo en los años treinta lo hacían por odio pero también por temor a la revolución y el bolchevismo. Los ricos que lo apoyan ahora lo hacen por odio, pero ahora no temen la revolución. Ahora es porque lo quieren todo.

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