Messi ya se ha ido


El Barcelona ya no será el patio de recreo de Messi. No importa que juegue allí unos meses más. En lugar del tópico de las buenas despedidas (Messi se va pero seguirá formando siempre parte del Barça), queda este mal zurcido (Messi se queda, pero no quiere estar aquí). El club azulgrana alcanza nuevos registros en esa capacidad innata que tiene para la autodestrucción, un territorio que se empeña en explorar incluso durante sus tránsitos más gloriosos. Bartomeu, sin rumbo, agarrado a su tabla en medio del océano, y los tiburones esperando. Ay, los entornos. El entorno culé y el entorno de Messi. Todos con papeles importantes en esta tragicomedia. Los que susurran al oído del astro deberían cambiar de frecuencia y decirle al rey cuándo va desnudo. Pero no habrán faltado voluntarios para darle alas a este vuelo fallido: «Leo, ¿cómo no vas a poder irte? Con lo que tú has sido. Con lo que tú serás... ». Grandes asesores, como los que le hicieron las cuentas con Hacienda en su día.

Messi y el Barça son como esas parejas que se separan pero se ven obligadas a seguir viviendo juntas por un tiempo debido a circunstancias de la vida. Habitan ese escenario de guerra fría en el que roce no hace precisamente el cariño. Porque, en cierto sentido, el rosarino ya se ha marchado, se rompió el hechizo. Este será un adiós enquistado, una agonía extraña, un divorcio a fuego lento. Pero este capítulo coronado de borrones es exactamente el que esta Liga nuestra se merece. Ahí están los batacazos en la Liga de Campeones, el éxodo de estrellas y el caso Fuenlabrada. Decían que era la mejor del mundo. Y lo fue. Pero se ha ido, como Messi.

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