Será por días. O por perres. El tópico de ese grandonismo inofensivo y ordinarión, del que en momentos poco lúcidos se enorgullecen los asturianos, se concentra en esa escena de sacar un puñado de billetes arrugados y ponerlos en el mostrador voceando al camarero que ponga unos cacharros. Será por perres. La dejadez con que llevamos lo del Día de Asturias debe ser porque a Asturias también le sobran días, igual que sobran les perres en el chigre. Será por días. En la ceremonia de Covadonga se superpusieron el habitual batiburrillo reaccionario que disfrazan de tradición, la conducta del arzobispo y la conducta de Barbón. Y al fondo, borrándose del mapa sin que nadie se fije en ella, Asturias.

No tiene nada de particular que un cargo público vaya a una misa. Los ritos religiosos forman parte de determinados momentos vitales de mucha gente y, a veces, es procedente la presencia de algún representante público. Los que sentimos ya más pena que indignación por el guateque de Covadonga no tenemos ninguna obnubilación antirreligiosa. Hay un problema de principio, y no es menor. Nunca es menor un principio que afecta a los límites de la democracia y nunca es menor un problema heredado de una dictadura y enquistado como una rigidez crónica. La condición laica del Estado es una de esas fronteras que separa la democracia del autoritarismo, igual que la separación de poderes. No hay democracia sin laicidad. Que el Estado sea laico quiere decir simplemente que la labor legislativa no está obligada por dogmas religiosos. Quiere decir que el hecho de que la Iglesia católica prohíba el divorcio no hace que el divorcio sea ilegal. Quiere decir que los obispos pueden opinar y presionar como cualquiera, pero los legisladores que elegimos no tienen obligación legal de hacerles caso. No hay otra democracia que la laica.

En Covadonga cada año se confunden de manera indecorosa el Estado y la Iglesia en una estampa que convierte en sainete la representación de Asturias. Se establece una inversión ridícula de las jerarquías, en las que el arzobispo es el que manda, regaña y premia, y los cargos electos los que callan, no vaya a parecer justo en el Día de Asturias que Asturias tiene Gobierno. La Delegación del Gobierno dijo que la homilía del arzobispo fue «desacertada» y hubiera sido mejor que no dijera nada. Cuando el arzobispo puede despachar su intemperancia ultra con palabras que bordearon sin disimulo las consignas más reaccionarias que oímos en los peores momentos, la exquisita contención de la palabra «desacertada» es más una genuflexión temerosa que una réplica contundente.

La coartada de todo esto es que es tradición. Las tradiciones tienen dos rasgos que las hacen muy jugosas para la manipulación reaccionaria. Por un lado, son inofensivas porque, por definición, no sirven para nada y no sabemos por qué las hacemos. Por eso no es una tradición pagar la cuenta en el restaurante, porque sabemos por qué lo hacemos, pero sí es una tradición comer uvas con las campanadas, que no tiene utilidad conocida. Así, censurar una tradición parece una aspereza radical hacia algo inofensivo. Y, por otro lado, las tradiciones son identitarias, son rituales en los que nos reconocemos como grupo y en los que renovamos el vínculo intergeneracional. Atacar una tradición parece entonces hostil a las costumbres y gentes del lugar. Por eso los trapaceros utilizan las tradiciones en sus astucias. Las tradiciones las queremos y las vivimos todos, pero los reaccionarios las infectan con facilidad de tres males. Uno es el de utilizar el vínculo de la tradición con el pasado como canal para traer al presente valores caducos. Como tener a la Iglesia atravesada en los asuntos públicos de representación, sin ir más lejos. Otro es el de aprovechar los materiales reaccionarios que las propias tradiciones llevan muchas veces disueltos y que no están a la altura de los tiempos. Basta escuchar la letra de El mío Xuan miróme. Y el tercer mal es colarse en la tradición y, en vez de tener la actuación ritual y sin función que le es propia, intervenir de manera ventajista en controversias públicas, quitándole así la inocencia a la tradición, sea el chupinazo de S. Fermín o la misa de la Santina. Pasar como tradición lo que vimos el día 8 es una trampa de fulleros o una disculpa de pusilánimes.

La conducta de Sanz Montes es la de un reaccionario que ya demostró más veces rencores de los años treinta. Estuvo «desacertado» por dos razones. Una, en la que estamos, porque no es lícito su protagonismo en un día de representación de Asturias y menos aún que lo emplee para sus soflamas políticas. Y otra porque me temo que las críticas a la gestión del Gobierno solo pueden y deben ser absolutas, es decir, basadas en lo que hizo bien o mal; pero no comparativas con otras fuerzas, porque la bajeza moral de la derecha, tanto la extrema como la más extrema, fue inolvidable y no admite comparación. Siendo los lazos políticos del arzobispo tan visibles, lo que él diga del Gobierno es inevitablemente relativo a lo que él representa y, en efecto, es un «desacierto» su imprudencia. La transición dejó anomalías relevantes bajo la alfombra. El paso a la democracia, según parece, requería impunidad para los agentes de la dictadura (amnistía, se llamó a aquello), continuidad de las grandes fortunas, la Monarquía dispuesta por el dictador y los privilegios e influencia de la Iglesia, que bien caros nos salen. La conducta de Juan Carlos I está haciendo más acuciante revisar la anomalía original de la monarquía. Y actuaciones como la de Sanz Montes, entre otros, también nos recuerdan que hay un problema pendiente con la Iglesia.

En cuanto al señor Barbón, nadie sabe a quién representaba mientras tronaban los demonios del arzobispo y el ponía cara de contrición. Desde luego no a la izquierda y desde luego no a Asturias. En su campaña electoral vendió que estaba bien relacionado con Sánchez. En Asturias esos lazos nunca sirvieron para tener influencia en Madrid, sino para que Madrid tuviera peones en Asturias. Pero a Barbón le pareció un buen argumento electoral. Y allí estuvo cabizbajo mientras el arzobispo lanzaba anatemas contra Sánchez y a él lo bendecía como socialista bueno. Y no debería creerse todo lo que le diga el arzobispo. El triple frente que se avecina en los colegios, sanitario, educativo y socio ? familiar, no está mejor preparado en Asturias que en otros sitios. Todos nos alegramos de que la situación sanitaria sea algo mejor que en otras partes y nadie va a negar lo que se hizo bien. Pero solo lo que se hizo bien. Ese rol publicitario de padre severo al que no temblará la mano y que nos riñe preocupado está ya demasiado sobreactuado. El perfil general del Gobierno, pandemia aparte, parece realmente bajo y no se percibe volumen de gestión en lo que más importa que es en la participación de los fondos de Europa. Francia y Alemania impulsaron esos fondos como una operación geopolítica de alcance para poner al sur en Europa, antes de que el sur desangre a Europa. No es un reparto ciego al que se tenga derecho natural. Son fondos para impulsar sectores y se consiguen con proyectos. Llegan sonidos prometedores del País Vasco, pero no se oyen aquí. Debería ser Barbón, y no el arzobispo, quien tuviera la voz el Día de Asturias y debería ser de esto de lo que habláramos, y no de las hoces y martillos de las pesadillas del arzobispo. Asturias sufre el despoblamiento, el impacto de las tarifas en las industrias electrointensivas y las pérdidas por la transición energética. Cada «ajuste» requerido por tiempos nuevos en la industria se aplica en Asturias de manera amnésica, como si no hubiera perdido en todas las demás transiciones y como si no fuera sencillamente la comunidad de España que más bajó, en población y economía, de España. La política aquí es orgánica, parece que se elige pero solo hay inercia y dejadez. Por eso Barbón volverá a ganar las elecciones, pero no está dando señales de un nuevo tiempo político. Decir cada día que no le temblará la mano y aparecer el Día de Asturias subordinado y contrito ante el arzobispo no es el nuevo tiempo político que necesitamos.

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Al arzobispo y a Barbón no les tiembla la mano