Las cloacas

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

E. Parra. POOL

11 sep 2020 . Actualizado a las 08:17 h.

Uno de los síntomas del covid es la pérdida de olfato. Pero no fue el virus, sino la saturación, la que menguó nuestra capacidad de oler la corrupción. Las papilas olfativas, como las del limpiador de letrinas, se acostumbraron al tufo y lo hicieron tolerable. Hasta que afloraron las cloacas del Estado, el juez levantó el secreto de sumario del caso Kitchen y un nuevo hedor, especialmente nauseabundo, taladró las fosas nasales.

Porque en la corrupción, como en la milicia, también hay grados. En la base está el alto cargo que, aprovechándose de su posición, mete la mano en la caja o exige la mordida. Siempre habrá, en toda administración o ente organizado, este tipo de facinerosos. Va en la condición humana. En un escalón superior se halla la corrupción institucionalizada y sus diversos subniveles. Desde las tramas diseñadas por una banda para su enriquecimiento personal hasta las organizaciones que patentan cajas B o pasan el cepillo del 3 % para financiarse ilícitamente.

Finalmente, en la cúspide, se yergue la corrupción suprema, la que nos ocupa: el uso espurio del Estado y de sus fondos reservados para tapar las corrupciones de menor rango, destruir pruebas incriminatorias, perseguir a rivales políticos, espiar y acallar a Bárcenas, fulminar a los traidores y conseguir la impunidad por sus fechorías. Corrupción elevada al cubo. E inédita hasta que el ministro Jorge Fernández Díaz, entre rosario y rosario e imposición de medallas policiales a la Virgen, decidió remover las cloacas y ponerlas al servicio del PP. Él o quien fuera que se lo ordenase. Y que no se me olvide: presuntamente.