Lo sórdido


Debo reconocer una debilidad muy grande: las conversaciones grabadas por Villarejo me hipnotizan. Apenas soy capaz de sustraerme a la llamada de un audio o una transcripción que tenga ese origen. Los escritores saben muy bien que uno de los recursos más eficaces, quizá el más eficaz, para caracterizar a un personaje consiste en hacerle hablar. El personaje de una novela o un cuento, cuando dice algo, se dice a sí mismo, cuenta quién es. La manera de expresarse manifiesta la educación que se ha recibido, el respeto o el desprecio hacia los demás, la dureza de corazón o la falta de escrúpulos, la inteligencia o la torpeza, la bondad y la maldad, la chulería y la modestia, la claridad de ideas y la confusión mental. En fin, casi todo.

El vestuario de un personaje ayuda también a caracterizarle, pero menos, porque las pintas se pueden simular: hay muchos gañanes tapados con trajes caros hasta que hablan y empiezan a decir barbaridades en frases deslavazadas o inconexas en las que algunos términos prostibularios, casi siempre repetidos, sirven para marcar las pausas quitándole el sitio a los puntos y a las comas. Los lugares y las compañías que frecuentan también ayudan a definir los personajes: a ver qué competencia muestran para adaptar su conversación a ambientes distintos, cuando hablan con hampones o cuando comen con baltasares y lolas o llaman por teléfono a las Cospe.

Ya se sabe que se contagia la tiña, pero no la hermosura. Y las conversaciones de Villarejo, gran profesional del trabajo sucio, parecen contagiar su cinismo inmoral y arrastrado a ministros y banqueros, chóferes y policías. A todos. ¿O será al revés? ¿Tenía más culpa él o quienes le contrataban?

@pacosanchez

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