Si uno es caníbal y se relaciona con otros caníbales, lo natural es acabar cociéndose en una olla. Este aplauso antropófago de Pere Aragonés, desplazado a Madrid en solidaribla bla bla, tiene que resonar en las espesas orejas de Quim Torra como la última melodía que escucharon los oídos de Robespierre, y no fue una sonata de Beethoven. Es como si su nuca estuviera ya ensayando la postura en la guillotina. A su suicidio político solo falta ponerle fecha. Será por una sentencia del Tribunal Supremo o será por las urnas. El molt honorable, y basta pensar en Puigdemont, Mas o Yoda Pujol para ver lo osado del título, será sustituido por el aplaudidor o un elemento similar. Este batir de palmas no es más que la precuela de la escena en la que un caníbal se chupará los dedos con otro caníbal. En el ínterin, estos hambrientos demócratas están dejando Cataluña en los huesos.

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Entre caníbales