Cuídate, cuídale, cuídalo


Si algo está quedando claro con la pandemia que estamos sufriendo es que el individualismo es la mayor estupidez que puede cometer el ser humano. Dependemos los unos de los otros, y todos dependemos del medio ambiente.

De ahí que lo razonable -y por ello, lo ético- es cuidarse, no como un ejercicio narcisista, sino para no perjudicar a los demás; en segundo lugar, cuidar de los demás, especialmente de los profesionales sanitarios y de los profesores, por ellos mismos, claro, pero también porque su bienestar (o su malestar) incide decisivamente en nosotros; y, finalmente, debemos cuidar de nuestra casa común, del planeta, porque buena parte de lo que nos está pasando tiene su origen último en una relación equivocada con la naturaleza.

Todo está interconectado. Nadie se salva solo. Nadie puede vivir sin la ayuda de los demás. ¿Por qué resulta tan difícil de entender y de aceptar? Estas reflexiones me llevan a afirmar que esta es la hora de la bioética, justo cuando se cumplen 50 años de su nacimiento. De una bioética global, afectiva y efectiva, que nos ayude a transitar del egoísmo estúpido a la cooperación inteligente; que nos ayude a conjurar la maldición del cortoplacismo; que fortalezca en todos nosotros el coraje del bien. La bioética sirve para aprender a apostar por una vida feliz, por una vida buena, que integra como un sobrentendido las exigencias de la justicia y de la verdad, que abre el camino a la esperanza.

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Cuídate, cuídale, cuídalo