Pensión del abuelo y trabajo del nieto


Yolanda Díaz, sin duda una de las ministras mejor valoradas del Gobierno, asegura que aumentar la edad efectiva de jubilación restringe el acceso de los jóvenes al mercado laboral. El abuelo debe retirarse lo antes posible, vegetar a la sombra de su pensión, y dejar su puesto al nieto. Por esta vez discrepo. Sospecho que la ministra ha caído en la trampa de una teoría que, pese a su arraigo popular, la tozuda realidad ha demostrado falsa. La misma tesis que alimenta proposiciones del siguiente tenor: los inmigrantes quitan el trabajo a los nativos; las mujeres, con su entrada masiva en el mercado laboral, quitan el trabajo a los hombres; las máquinas y los robots quitan el trabajo a las personas; los mayores quitan el trabajo a los jóvenes. Parecen afirmaciones de sentido común, y de ahí su éxito y su uso político e ideológico, pero ninguna resiste un análisis mínimamente riguroso.

La falacia tiene su origen en dos premisas erróneas: que existe una cantidad de trabajo fija e inamovible y que la estructura del empleo permanece estática. Si la tarta no crece ni mengua, ni cambia su composición -tantos albañiles, tantos peluqueros, tantos informáticos-, solo cabe repartirla y que el nieto herede la porción que le deja el abuelo.

Las cosas, afortunadamente, no funcionan así. Si el trabajador veterano prolonga su vida laboral, sigue produciendo, consumiendo, cotizando, generando riqueza... y creando más empleo. Amplía la tarta y abre puertas a quienes buscan su primer trabajo. Dos ejemplos entre mil deberían bastar para desmentir la extendida falacia. Grecia, España e Italia tienen, al mismo tiempo, la edad de jubilación efectiva más baja de Europa y las tasas de paro juvenil más altas. En Japón o Corea tienen un reducido porcentaje de jóvenes en paro, pero los trabajadores se retiran después de los setenta años.

El alargamiento de la vida laboral no entorpece, sino que más bien favorece, el acceso de los jóvenes al trabajo. Existen además incentivos perversos, en un mercado fuertemente precarizado, de bajos salarios y elevadas tasas de paro, para que las empresas renueven sus plantillas y sustituyan veteranos por brazos y cerebros jóvenes y más baratos. Erradicar el escandaloso paro juvenil y la precariedad de los jóvenes que lograron poner un pie en el mercado debe constituir una prioridad de la política económica. Pero el objetivo no se consigue anticipando jubilaciones y cargándose las pensiones que los jóvenes aspiran a cobrar algún día.

Porque esa es la otra parte. De la sostenibilidad del sistema depende que nuestros hijos o nietos puedan cobrar una pensión digna. Y estirar la edad de jubilación efectiva, una de las vías menos traumáticas para lograrlo. Echemos números a ojo de buen cubero. Un prejubilado de sesenta años que cumpla la esperanza media de vida cobrará su pensión durante unos 25 años. Si pospone el retiro hasta los sesenta y cinco años, el gasto en pensiones se reduce un 40%: cotizará durante cinco años más y cobrará durante cinco años menos. Un lustro más en activo, en beneficio de sus nietos.

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