«Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo», dijo Wittgenstein. En la época en que lo decía seguramente creía en un mundo objetivo cubierto enteramente por la lógica y el lenguaje, como territorio completo sobre el que podemos pensar y hablar. De aquella seguramente no pensaba que pudiera tener razón, pero no porque hubiera un mundo objetivo cubierto por el lenguaje, sino porque es el lenguaje, encogiéndose, estirándose y revirándose, el que cambia los límites y la forma del mundo. Al menos en la vida pública la cosa parece ser así. Lo que se normaliza con el lenguaje se hace normal en la convivencia y en las leyes. Cuando Trump juntó en la misma frase las palabras violador, delincuente e hispano, y cuando habló ufano de coger por el coño a las mujeres cuando eres famoso, sus palabras llevaron los límites del mundo y la vida pública más allá de la convivencia y los puso en medio de la barbarie. El lenguaje es el límite del mundo porque él pone el límite. Lo que se puede decir con normalidad se hace normal.

Esta semana Ayuso soltó que la bomba vírica de Madrid en realidad se debe a los «distritos del sur» y su «forma de vida». Porque lo que diferencia a los ricos de los pobres son las costumbres, ser pobre es tener unas manías distintas. Parecía Bernarda Alba cuando decía que los pobres es como si fueran de otra sustancia y no tienen penas que no olviden con un plato de lentejas. Y entre los habitantes de esos distritos de ahí abajo destacó a los inmigrantes y sus formas de vida. «Hay palabras que son de un vidrio tan delicado que si uno las usa una sola vez, se rompen y vierten su contenido y manchan», decía un personaje de Chirbes. Las frustraciones colectivas siempre dispararon la apetencia de culpables fáciles de identificar y ese impulso fue siempre un rendija por la que entraron los peores vientos que se recuerdan. Ya oí en Gijón a parroquianos comentando que la culpa de los contagios no era de los jóvenes, sino de «los de fuera». Porque algún grupo humano tiene que tener la culpa, los jóvenes o los turistas; como ese recelo sordo hacia los madrileños que se masculla en todas partes. En el contexto de un derrumbe colectivo y con el órgano de culpar y denostar a grupos humanos totalmente excitado, las palabras «sur» e «inmigrantes» son de ese vidrio fino que se rompe y con un solo uso manchan la vida pública.

Los límites del mundo y la vida pública cambian cuando se normalizan las expresiones que lo cambian. En el año 83 hubo un revuelo político por el que Fraga pidió disculpas (¡Fraga!) debido a que Kirkpatrick había dicho a Felipe González que solo representaba a la España roja. Todavía no se había inventado la corrección política, pero nadie quería parecer el que borrara con el lenguaje la frontera entre la democracia y el fascismo. La extrema derecha quiere forzar la horma de la democracia normalizando el autoritarismo y el odio con el lenguaje. El resto de la derecha asume ese lenguaje ultra y normaliza en las instituciones su quiebra reaccionaria. Por ejemplo, quieren borrar del lenguaje la violencia de género para borrar así el severo límite que la democracia va poniendo a la dominancia de un género sobre otro en su vertiente más atroz, que es la agresión y el crimen. Repiten (las derechas y la Iglesia) la expresión de ideología de género para que el legítimo derecho a la igualdad parezca un punto de vista ideológico y la lucha contra la desigualdad parezca un sectarismo que no reconoce a otros puntos de vista. Los derechos escritos en la ley siempre requieren instituciones que los gestionen y materialicen (de qué sirve el derecho a la salud si no se contratan médicos ni se hacen hospitales). Pues ellos denigran a los funcionarios y cualquier entidad de financiación pública como subvencionados y vividores clientelares, para que quitarnos los derechos parezca una lucha contra el despilfarro. Utilizan el nombre de la nación como contraste con los rivales políticos, intentando que el lenguaje encoja los límites del país hasta que no quepa nadie que a ellos no les guste.

El lenguaje, además de cambiar los límites del mundo, lo puede poner del revés. Basta imputar a los demás la conducta propia, para que parezca que te estás defendiendo cuando atacas. La Iglesia y las derechas dicen que la enseñanza estatal (nunca dicen pública; debe ser que es esdrújula) adoctrina y así parece que su afán por adoctrinar con fondos públicos es una resistencia. Vox llama matones a Podemos para que su agresividad de matones de vía estrecha parezca una defensa gallarda. Se reclaman defensores de la Constitución quienes guardan vínculo con el régimen que la Constitución depone e impiden la renovación de los órganos judiciales exigida por la Constitución para defenderla. Llaman golpista al Gobierno quienes mostraron a Tejero en su campaña electoral.

La iniquidad xenófoba y aporofóbica de Ayuso es un suma y sigue. Con cada audacia van difuminando los límites de la democracia. No se trata de que el PP sea en su cuerpo básico fascista, pero asumiendo el lenguaje fascista inyecta su veneno en las instituciones porque normaliza su brutalidad. Y más si tienen la ayuda de esos socialistas del pasado resentidos porque ven cómo se va revelando que su supuesto pragmatismo de antaño no eran más que apaños, renuncias y engaños. Por qué no va Ayuso a denigrar a pobres e inmigrantes si ya José Bono había explicado que la diferencia entre ricos y pobres era que los primeros ahorraban. Lo hizo cuando se habló de un impuesto especial a los más ricos por la pandemia, con aquella fábula de los dos hermanos, el que ahorraba y el que se lo gastaba todo. Decir esas cosas es, una vez más, mover los límites. Como es mover los límites que González, Guerra, Leguina y demás abajofirmantes habituales hayan rescatado la palabra «comunista» para llamar a lo que no llega a socialdemocracia.

Los tiempos reclaman el tipo de moderación que serene la convivencia en una situación que por sí misma la tensa y que centre la atención en la emergencia colectiva. Casado seguramente intenta dar imagen centrista y moderada y quizá destituyó a Cayetana por eso. Cayetana no se había representado a sí misma, como dicen. Representó exactamente lo que hizo el PP toda la pandemia. No olvidemos que el pistoletazo de salida de Ayuso fue que el Gobierno retenía mascarillas para perjudicar a los madrileños. No olvidemos todos aquellos jueguecitos con ataúdes, las lágrimas impostadas de Ayuso, las denuncias o las zancadillas al estado de alerta. Cayetana con sus insultos y estilo tabernario representó perfectamente la actuación del PP y la infiltración del discurso de extrema derecha en sus tácticas y lenguaje. Quizá Casado quiso ir al centro, pero no hay que olvidar sus limitaciones. Incluso cuando se habla de su mermado currículum se exagera. Su único currículum para estar ahí fue no ser Soraya y ese es el nivel que está dando. La derecha no reconoce más patria que aquella que gobierne. España gobernada por otros es tierra hostil. Su compromiso con España está siendo menor que el de Esquerra o el PNV, aunque se les llene la boca de patria. Pero lo que importa esta semana es no dejar que su lenguaje vaya creando los límites del mundo a su medida. Son intensos los vientos, y no vienen solo de los partidos de derecha, que quieren dar legitimidad ética a la desigualdad culpando a los desfavorecidos de su suerte (por no ahorrar o por sus «modos de vida»). La extrema derecha, además de culparlos, los denigra y ese discurso humedece el del PP. Y además arrecian los vientos racistas que pretenden que los desfavorecidos lo son por los privilegios de otros desfavorecidos. No debemos oír sin reacción o denuncia esas palabras de cristal fino que se rompen, ensucian la vida pública y difuminan los límites de la convivencia civilizada. El PP sigue empapando de aromas fascistas las instituciones. Y tiene que haber en el PP algún líder que no sea Soraya y tenga algo más que no ser Soraya.

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