La pandemia puede esperar


Esta es una pandemia de distintas velocidades. Unos tienen que adaptar su trabajo de un día para otro. Y a otros les pilla un toro que veían a kilómetros. Las aulas españolas han estado cerradas durante meses, pero el arranque del curso se organiza en el tiempo de descuento. ¿Quién contaba con todo el lío de la distancia social, los desdoblamientos de clases, los turnos y demás? Pero los políticos siguen con sus liturgias, sus guerras de partido, su eterna búsqueda del desgaste del adversario… Con Madrid, de nuevo, centrifugando, las administraciones se han pasado semanas lavándose las manos (y no precisamente con gel hidroalcohólico), perseverando en los errores de marzo, cuando Ayuso lanzó aquel orgulloso «Madrid no se cierra» como si fuera una Marianne de Chamberí. No se cerró entonces. Todo el mundo conoce los resultados, pero es como si nadie los conociera. Pedro Sánchez y Ayuso fijaron su reunión para el lunes. La misma jornada en la que entrarán en vigor las nuevas medidas para la comunidad madrileña (la división de barrios del mapa sí que es una Historia de dos ciudades). Todo con calma. Se ve que el problema todavía no es tan grande como para haber reventado las agendas del viernes o del fin de semana. Las competencias, más que nunca, son esa pelota que se lanza al tejado del vecino, bien lejos de las responsabilidades propias. Un juego para el Gobierno central y las comunidades, que se atizan con el estado de alarma a conveniencia. Y luego están los ayuntamientos. Algunos se sienten tratados como niños pequeños, enterándose a última hora de su situación epidemiológica y de las restricciones que se les impondrán, pero con toda la responsabilidad para que se cumplan.

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