Animales, hombres, dioses, filósofos


La vida. Nacemos animalitos. Crecemos atiborrados de cebada ególatra a la que nos hacemos adictos con la prontitud del heroinómano, equiparando nuestra condición con la de los diosecillos. Y morimos en esta certeza; o sea, imbéciles, imbéciles de principio a fin.

La inmortalidad. Consecuencia disparatada de lo anterior es la asunción de que, contrariamente a la de los demás animales, la vida humana burla a la muerte. No queda claro, de repasar algunos credos e interpretaciones en colisión en ellos, si con el alma es el cuerpo en su plenitud, o el decrépito de alcanzar la senectud, quien sube a las alturas o es el alma en solitario.

El espíritu. El aedo Homero cantó fragmentos de la Edad de Bronce griega, que termina en el siglo XII a.C. Sus héroes muertos no son espíritus, sino sufrientes que cambiarían el Hades por la Tierra, incluso a condición de ser los últimos de los hombres, incluso esclavos de los últimos de los hombres.

El misticismo. Posteriormente, unos maestros místicos venidos de Oriente, conocidos genéricamente como órficos, difunden entre los griegos el credo de que el cuerpo es el sarcófago del alma, del que se libera con la muerte. Los cristianos, sobremanera, volarían sobre este predicado. Estos espectrales y funcionales vuelos son hoy una constante.

La sabiduría. El saber por saber el Mundo y la Muerte tiene su origen en una tríada: Sócrates, Platón y Aristóteles. Ellos reducen el alma al intelecto, lo más elevado. Cabría preguntarse, entonces, por la exactitud de las traducciones de sus textos. ¿No será acaso que siempre hablan de mente?  

La psique. En el ‘Carménides’ platónico, Sócrates le dice al joven y apuesto Carménides que “el alma debe ser cuidado por medio de encantamientos, y que estos encantamientos son las conversaciones más bellas… (de las que) brota de las almas de los hombres el autocontrol y la moderación” (156 b). Aquí el alma es la mente, la psique (psyche).

La elementalidad. Pero ¿qué ha sido de la mente, en su dimensión fuerte, y de las “conversaciones bellas”? La elementalidad triunfante es, y no podría ser de otra manera de querer triunfar, una regresión a la caverna, donde el ser se disuelve como la piedra caliza de aquella.

Los hijos de Lucifer. El psicólogo social y profesor de la Universidad de Stanford Philip Zimbardo llevó a cabo un experimento entre sus estudiantes (El efecto Lucifer. El porqué de la maldad, Barcelona, Paidós, 2008, 676 págs.). Unos hacían de presos y otros de carceleros en una prisión habilitada en el propio centro universitario. El experimento tuvo que ser interrumpido antes de tiempo por la brutalidad empleada por los carceleros y el abandono de la mayoría de los reclusos, incapaces de aguantar tanta tortura. Es decir, unos jóvenes sin patologías, pero con poder sobre otros, se habían convertido en unos sádicos.

El yo colectivo. Los yoes fútiles, los que claudican ante el esfuerzo de ser un yo individual frente al gregarismo, se aúnan y responden como un solo yo al ego psicótico de uno o unos pocos yoes. Casi en cualquier rincón hay un ego psicótico y una manada de yoes (el yo colectivo). El hombre, como tal, y esto está fuera de todo lo plausible, está muerto. El hombre, en fin, no solo ha dejado de serlo, sino que tampoco puede incluirse ya en la categoría de los animales. El hombre es un subanimal.

El bautizo. Y Yahvé creó al hombre (concepto genérico). Tiempo después, y dándose cuenta del engendro, de la enfermedad que había extendido por la naturaleza, lo bautizó con el nombre que más se ajustaba al maligno: Hijoputa (tómese en el sentido de la acepción social que tenía en la Roma republicana).

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