Redacción

Esta crisis que vivimos trae consigo sombras de toda clase, incluyendo el peligro real, cada día más palpable, de quiebra generacional. Es una amenaza cierta, por muchas razones, entre ellas, más allá de las estrictamente sanitarias, las asociadas a nuestras características demográficas y a la prolongada postergación de la población juvenil, acostumbrada desde la última recesión a un entorno de precariedad y desánimo, quizá un tanto acomodada a ese desagradable paisaje. El trauma social y económico de la pandemia, con lo que nos queda todavía, exacerba muchos de los problemas que pesaban sobre este sector de población, hasta llevarlo a una situación límite, con nuevos ingredientes antes inexistentes o que no pasaban de anecdóticos, entre ellos una inusitada y también contagiosa desconfianza entre personas que integran las distintas cohortes de edad.

Desarrollar una carrera formativa, encontrar un trabajo, emprender una actividad económica, social o cultural, o ya simplemente tener un espacio para uno mismo y sus relaciones vitales, necesarias e insustituibles (lo que no es enemigo de la prudencia), se ha convertido en una proeza para esta generación de jóvenes. Estigmatizados en una crisis sanitaria de la que son también víctimas sociales de primer orden; vilipendiados a trazo grueso y sin derecho a defensa; minoría en una sociedad temerosa que abusa del presente y lo apuesta casi todo al endeudamiento, que no otorga a la educación el papel debido, que apenas ofrece oportunidades laborales y que ha comprometido gravemente la protección del medio y la sostenibilidad del desarrollo, tampoco tienen, en apariencia y salvo fogonazos episódicos (ojalá me equivoque), la capacidad de respuesta y organización ni los instrumentos suficientes para construir alternativas. No obstante, tendrán que mover ficha, para reclamar que el futuro, más allá de la supervivencia, entre de veras en la agenda pública. Y más tarde o más temprano lo harán, de la forma que se les ocurra o que, simplemente, suceda. Pasará a despecho de la incomprensión generalizada, de la erosión de la capacidad crítica, de la ausencia de referencias, de la justificada desazón y de la creciente represión, porque ser joven, a ojos de muchos, agitados por quienes instigan el miedo y el reproche social, es hoy casi una categoría predelictual.

Ninguna sociedad puede albergar grandes avances si se empeña en frustrar las expectativas de las generaciones venideras. Los jóvenes de este día ya tienen interiorizada la certeza de que nada va a ser fácil, durante mucho tiempo, y de que les toca desembarazarse de la extraña mezcla de condescendencia y sobreprotección (muchas veces fallida) con la que les tratan, cogiendo la vida por las solapas en medio de la tempestad; precisamente lo que les conecta de plano con los mayores que atravesaron las etapas más complicadas de nuestra historia reciente. El resto, si conseguimos sacudirnos la aversión cerval al riesgo, si empezamos a dedicar el esfuerzo debido en la educación de nuestros hijos, en la inversión básica necesaria, en la protección del entorno ambiental dañado, en nuestro exangüe tejido productivo, quizá hagamos honor a la obligación universal que tenemos de facilitar un poco el camino a quienes, si esto no sucede, empezarán muy pronto a cuestionarse legítimamente y con todas las consecuencias el orden actual de cosas. Aunque no dejan de ser una parte pequeña de todo lo necesario para recomponer la casa común, el mensaje de las políticas europeas de recuperación, al denominarlas Next Generation es, por lo tanto, acertado. Hay que entender, no obstante, que, más allá de este programa comunitario, recomponer las prioridades requiere recolocar atención y recursos y no será fácil si, como es marca de la casa, nos sujetamos al corto plazo y a la satisfacción exclusiva de quienes engrosan los tramos de edad más nutridos (y más atractivos y dinámicos electoralmente, por cierto).

Una pérdida familiar irreparable y prematura, el desgarro por la despedida última a quien, a los 25 años, lo tenía todo por delante, me hace girar la vista hacia los jóvenes, la siguiente generación, empujada al terreno más agreste, desarmada y bajo una tormenta violenta y de final incierto. Les observo con la atención singular de quien durante un periodo de su vida dedicó parte de su energía y militancia a analizar y proponer políticas de juventud, una vez que ya estoy bien lejos de esa etapa pero me sigo sintiendo cerca de sus muchas preocupaciones y sus pequeñas esperanzas. Les miro con la amargura de quien sabe quebrada la confianza en el progreso colectivo, continuado y permanente que animó aquel activismo; ensoñación que sólo milagrosamente puede sostenerse en la era de involución que padecemos, donde todo lo elemental está en cuestión. Les contemplo sabedor de que el testigo en la carrera de relevos en algún momento se perdió por el tartán, que las dificultades que estamos experimentando son especialmente dolorosas para quien tiene que abrirse paso entre escombros, quien se encamina a la vida adulta en un mundo peor y, en muchos aspectos, inimaginable y atroz. Pero sobre todo, me acuerdo constantemente de quien no podrá dar esa batalla y de cuánto desearía ella que todos los jóvenes que sufren el desaliento fuesen conscientes de la oportunidad que tienen de ponerse en pie y mirar de frente lo que venga. Posibilidad preciosa e irrepetible, llamamiento feroz a la vida que la fatalidad le arrebató y que su generación no debe dejar escapar.

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