En 1956 el decano de Derecho de Harvard les pidió a las pocas chicas que cursaban estudios allí que le explicaran por qué ocupaban asientos en los que podrían estar hombres. Allí estaba Ruth Bader Ginsburg. Acaba de ser despedida con honores de Estado en EE.UU. Dedicó su vida a darle respuesta a los que hacían preguntas similares a las del decano. Era como el agua. Colándose en las grietas hasta romper la roca. Sembrando el terreno de un marco legal igualitario como abogada y recogiendo la cosecha como jueza. Le abrió la puerta a las mujeres en el Instituto Militar de Virginia, la única escuela pública en Estados Unidos que solo admitía hombres. «Ya me lo agradeceréis», dijo a los indignados. Con los años, acabaron rindiéndole homenaje. Durante su paso por el Tribunal Supremo de Estados Unidos, los nombramientos hicieron que la balanza se inclinara hacia la derecha. Y expuso de forma brillante su disconformidad con las sentencias. Se editó un libro infantil dedicado al personaje titulado Yo discrepo. Los ultras intentaron demonizarla, pintándola como una fanática. Si lo fuera, nunca se habría convertido en la amiga del alma de su Némesis, el juez Antonin Scalia, que fue pilar conservador del Supremo. En el 2015 la revista Time le dedicó a ella su portada en su repaso de las cien personas más influyentes. Scalia escribió para la publicación que su compañera se merecía salir dos veces en la lista: por su carrera como abogada y por su trayectoria como jueza. Ruth murió antes de las elecciones presidenciales, lo que permite a Trump nombrar a su candidato para ocupar esa vacante. Pero en cierta forma Bader Ginsburg ganó esa batalla póstuma. Porque el presidente elige a una mujer. Y eso también es gracias a Ruth.

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