… al Infierno. De Madrid ya no se puede ir al Cielo. Madrid ya no es ni una fiesta (París, Hemingway). Madrid es el Infierno. Porque Madrid es un matadero. No mata el SARS-CoV-2. Mata Díaz Ayuso y Pablo Casado. No es que Pedro Sánchez y todos los presidentes autonómicos (todos) no maten. Es que matan un poquito menos.

La escabechina se coció en enero y, dos meses después, se desparramó. Que en otros países la degollina fuese similar o, incluso, peor, no atenúa la barbarie, y tanto más esto es así porque hubo otros gobiernos que volcaron los dineros en salvar vidas.

Con todo, la crueldad de la primavera última no es exactamente equiparable a la presente, en España y en Madrid, capital europea de la impiedad, en la que la escabechina es un significante incapacitado a estas alturas para transmitir la realidad. Porque esta, pese a que contabiliza, de momento, un número menor de víctimas, las que está dejando lo son por reincidencia.

Lo insoportable, no obstante, no es la reincidencia, la reincidencia desnuda (que también), la que no tiene causa, aparte de la negligencia. Lo insoportable es que la reincidencia tiene una causa primera y una causa segunda:

Causa Primera: Política. El régimen español, sabido bien, es una democracia parlamentaria. Pero esto es una patraña. Los parlamentarios no representan a los ciudadanos. Representan a los partidos, que son organizaciones no disímiles a las de corte mafioso y capos principales. Cada partido está oprimido por un sátrapa que, espada en mano (la espada de Damocles), mantiene todas las cabezas inclinadas ante él. En el caso que nos ocupa, Casado y Sánchez, Arrimadas e Iglesias, cambian sufrientes por votos futuros. Por supuesto, más el tándem Casado-Ayuso que ningún otro.

Causa Segunda: Resituación. Esta pandemia ha resituado al país, colocándolo en el lugar justo. Parecía que teníamos una sanidad pública a la altura de las mejores. Parecía que, en casi todos los parámetros sociales, estábamos muy cerca de los vagones de primera clase del tren europeo. Espejismo. La sanidad tiene mucho de indeseable. La madrileña y la catalana, por ejemplo, con años y años de gobiernos conservadores (alto burgueses) desviando recursos a la privada; y, en esta última región, dilapidando las arcas en una cruzada fascista-separatista, la tienen en los huesos. En Euskadi, otro ejemplo también de conservadores xenófobos, con el añadido de tener la renta per cápita más alta de España después de Madrid, amasada en el perpetuo chantaje al Estado, la sanidad tiene piel en el hueso, mas no grasa y carne magra. En cuanto a los servicios públicos, el delirio recorre la geografía de esta nación-molicie: administraciones (y funcionarios en número no menor) esenciales para cubrir las necesidades terminantes de los débiles, desaparecidas; la enseñanza (y profesores en número no menor), grotesca; etcétera, etcétera.

Pero ¿cómo emplear los sustantivos «matanza» o «escabechina», cuando hablamos de políticos? ¿Acaso ellos no buscan el bien del pueblo? Que cometen errores, naturalmente. Que Díaz Ayuso se enfrenta a Salvador Illa aun cuando, animal arriba, animal abajo, medio centenar de ellos sucumben a diario en su comunidad ahogados por el virus, por supuesto que está en su derecho por «responsabilidad política» y porque «quiero lo mejor para los madrileños»; o sea, que el dinero no ha de volver a reposar, que tiene que circular (con alguna que otra manchita de sangre en este o aquel billete, a poder ser sin rastro de la suya ni la de los suyos).

Aunque, ¿en qué dirección se va a mover el dinero de seguir creciendo la pandemia que, en Madrid, ya supera los 500 infectados por 100.000 habitantes, muy mayoritariamente los desventurados que, entonces, podrían contabilizar dos o tres mil, quizá cuatro mil en alguna colomina, por cada paquete de cien mil?

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