De pequeño solía hacer un recorrido por la casa de Mafalda. Dibujaba con mis ojos la puerta de entrada desde el pasillo, por dónde se iba a la habitación de sus padres, por dónde a la cocina, al baño, el living con las plantas mimadas por su padre y por supuesto a la habitación de ella. Husmeaba entre sus discos de los Beatles, desordenaba sus libros y revistas y podía hacer girar el mundo loco que tenía siempre por los suelos. Porque en mi cabeza Mafalda era un dibujito, sí, pero real y me preguntaba: ¿cómo podía hacer yo para formar parte de la banda si ya existía un Felipe? (¡porque más Felipe que yo no podía haber!). Después, pasados apenas unos minutos y cuando terminé de leer Mafalda por centésima vez, crecí de golpe y me empecé a fijar en Quino, el dibujante. Comencé a devorar sus libros con los ojos, a detenerme una y otra vez en los mismos detalles. En sus dibujos. En esa fascinante obsesión meticulosa que se delineaba en cada hoja de árbol, en cada arruga, en los rayos de la rueda de un coche o en los rayos de un sol que asomaba...

Esa intencionalidad en el realismo (que era donde se apoyaba para dibujar, más que en el tablero) era hacia donde te llevaba Quino. Hacia lo real. Porque, unos minutos después, crezco de golpe y soy más grande todavía y en lo que me fijo es en lo que quiere contar, en sus textos. Y Mafalda ya no era una nena aislada de carácter, liderando una pandilla en el barrio, sino un grito de feminismo arrebatador y necesario, tal como esas historias donde Quino quería mostrarnos que un ser diminuto se enfrentaba casi sin querer a un sistema que buscaba reprimirlo (y eso, los argentinos, resulta que lo entendíamos muy bien).

Hace unos años, cuando fuimos con mi familia a Argentina, visitamos la exposición que le hicieron a Mafalda por sus 50 años, donde muy creativamente habían armado una especie de recorrido por su entorno pero con las dimensiones humanas. Querían que te sintieras como en su casa y de alguna manera lo lograron. Yo volví a ser pequeño de golpe, pero, a diferencia de mi realidad de entonces, en esta nueva realidad yo no podía tocar nada.

Eso sí, el mundo seguía por los suelos.

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Quino, los ojos que dibujan