Hace una semana, cuando regresaba a España tras una estancia en Italia, sentí por primera vez el deseo de que ocurriese algo que me lo impidiese. Recordé lo que me había sucedido en 1975 cuando, con 18 años, utilicé el Interrail con un amigo para recorrer Europa, tanto las democracias occidentales como algunos países bajo régimen estalinista, y, brevemente, la Yugoslavia socialista de Tito. Para un joven estudiante de izquierdas cruzar la frontera era respirar. Disfruté de las librerías de París, recuerdo especialmente la gran Maspero y la pequeña Librería Española; asistí a mítines de partidos prohibidos en España; envidié los quioscos cargados de periódicos y revistas; pero, sobre todo, sentí esa magnífica sensación de libertad que supone saber que no tenía el riesgo de que la policía me detuviese en cualquier momento, que podía llevar en la mano cualquier libro o periódico, que podía decir en alta voz lo que pensaba. A pesar de todo, volví a España con ilusión porque creía que podía contribuir a cambiarla.

Ahora no regresaba a una dictadura, pero sí a un país desquiciado, convertido en el más afectado por la epidemia del coronavirus y sumido en una grave crisis económica, mientras la mayoría de los partidos y dirigentes políticos piensa solo en sus intereses más mezquinos. A diferencia de 1975, tenía la sensación de que poco podría hacer para que las cosas mejorasen. Puedo escribir lo que pienso, pero me temo que será inútil, como probablemente lo sea el contundente manifiesto «En la salud, ustedes mandan pero no saben» o cualquier protesta callejera. El sectarismo se ha adueñado de la política y, siento decirlo, de buena parte de los medios de comunicación. Lo peor es que, finalmente, parece haber calado en la sociedad o, al menos, en un importante sector de la ciudadanía. Que a la indignante irresponsabilidad política ante la enfermedad y la economía se sume el bloqueo institucional e incluso el retorno de una porción significativa de la derecha al franquismo es desolador.

No todos los partidos y dirigentes tienen la misma responsabilidad en lo que está sucediendo. La oposición de derechas y los independentistas impidieron en junio una vuelta controlada a la normalidad al bloquear la prórroga del estado de alarma. El PP es especialmente culpable. Un partido democrático que se hace llamar constitucionalista no puede demonizar sin argumentos una razonable disposición constitucional como es el estado de alarma. Todos los gobiernos europeos disponen de instrumentos parecidos. En Italia está en vigor desde el comienzo de la pandemia y, aunque finaliza el 15 de octubre, la intención del gobierno es prorrogarlo hasta final de año. El país que sufrió con más dureza la enfermedad ha logrado controlarla mejor que España y con menos restricciones.

El estado de alarma no es una medicina y confinar las localidades más afectadas no cura a los enfermos, pero sí impide que el mal se propague. Las restricciones a determinadas actividades logran que los casos se reduzcan, la combinación de ambas medidas, junto con una dotación adecuada de la sanidad pública y suficientes rastreadores de los contactos de los contagiados, es la única forma de controlar la epidemia mientras no haya cura o vacuna. El gobierno español carece de mayoría parlamentaria, lo que lo debilita, y se plegó a la presión de las derechas y los nacionalistas. Tiene, desde luego, responsabilidad en lo que sucedió después del 21 de junio, especialmente por no haberse atrevido a utilizar el estado de alarma. El artículo 116 de la Constitución permite aplicarlo por decreto durante 15 días en cualquier parte del territorio, tiempo suficiente. Hacerlo hubiera provocado airadas y estúpidas reacciones de las derechas y los nacionalistas, apoyados por sus hooligans mediáticos, pero habría disminuido la difusión del virus y salvado el turismo y la economía. Muchos hubiéramos agradecido esa valentía. Si se hubiese utilizado ahora en Madrid las medidas habrían tenido pleno efecto de inmediato y no se estaría a la espera de que los jueces decidiesen sobre algo en lo que no deberían intervenir.

Lo de Madrid y el PP resulta incalificable dentro del buen gusto que se debe exigir a un artículo periodístico, busque el lector los adjetivos. En ciudades como París se establecen duras medidas con menos incidencia de la enfermedad ¿No afecta eso a la economía de Francia? ¿No incomoda a sus habitantes? Se ha demostrado que el mayor lastre para la economía, especialmente para el turismo, proviene de la incompetencia y la inacción. ¿Por qué el PP puede confinar León, Lorca o la Mariña lucense y adoptar medidas radicales en Ourense y es un crimen socialcomunista hacerlo en Madrid? ¿La España «de provincias» es de segunda clase para el PP? Es interesante comparar con la de las autoridades madrileñas la noble reacción del alcalde de León, del PSOE, ante el confinamiento de la ciudad, ordenado por una Junta de Castilla y León gobernada por el PP y Cs., pudo verse en el Telediario. No todos los políticos son iguales y este comentario se extiende también a la propia Junta castellana y leonesa, que puede ser criticada por su política sanitaria, pero se ha comportado con decencia y dignidad en todo este proceso.

Poco amor a la Constitución demuestra también el boicoteo de la imperativa renovación del Consejo del Poder Judicial, pero el siempre limitado espacio de una columna de prensa me impide comentarlo hoy. Lo que no debo obviar como historiador, como demócrata y como antifranquista es el apoyo del PP y Ciudadanos en Madrid a la propuesta del partido neofranquista de despojar de sus calles a Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero. No puedo tampoco extenderme sobre ello, recomiendo leer los argumentos publicados de Ángel Viñas, Julián Casanova o Lourenzo Fernández Prieto, pero sí quiero recordar que les había otorgado esas calles un ayuntamiento del PP, con Álvarez del Manzano como alcalde y Esperanza Aguirre en la concejalía de cultura. ¿A dónde va este PP de Casado y Teodoro? ¿Dónde está la «moderación» de Almeida? ¿Y el «centrismo liberal» de Ciudadanos? De Ayuso ya sabemos que estaría mucho más cómoda en Vox, sería una desgracia que todo el PP la acompañase.

A riesgo de alargarme más de lo debido, voy a permitirme un pequeño homenaje a Quino. En una viñeta, Mafalda, tras escuchar las noticias, miraba con tristeza a la bola del mundo y le decía: «Si tuvieras hígado... ¡¡Qué hepatitis!! ¿Eh?». Podría estar mirando el mapa de la España actual.

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España desquiciada