A veces tengo la impresión de que Anne Carson habría hecho un cameo memorable en The Big Bang Theory, o de que Sheldon Cooper sería un fan devoto si las llamadas «humanidades» no despertaran en él un horror casi visceral. Hay en ellos la misma extrañeza ante la presunta normalidad del mundo y la misma atención extravagante al detalle, esa capacidad innata para llegar a las cosas por la tangente y establecer analogías insospechadas entre ámbitos que parecen (o son, quizá) irreconciliables. Los dos son grandes maniáticos, algo que está en la base de su creatividad y que es causa simultánea de ternura y exasperación en sus lectores/espectadores. Sabemos que ahí detrás hay una corriente profunda de emoción, un dolor enterrado que brota sin aviso, casi sin pensar, pero no siempre somos capaces de verla o de apreciarla. Ninguno, en fin, deja indiferente. Su originalidad genuina revela, por contraste, la vulgaridad de nuestras ideas y percepciones.

Me parece que una buena puerta de entrada para comprender la fascinación que Anne Carson ejerce entre sus lectores es ver hasta qué punto ha logrado escapar del mundo algo enrarecido y asfixiante de la poesía normativa -que no es un gueto, pero casi- para engarzar con las múltiples manifestaciones del arte contemporáneo, desde la danza moderna a la performance pasando por las instalaciones y la música electrónica. Y todo ello sin dejar de ser, actualmente, la poeta más celebrada por la crítica, que ha encontrado en ella a la heredera más infiel y por tanto idónea de la tradición postmoderna. Lo dijo Susan Sontag en fecha muy temprana: «Estamos ante una escritura atrevida, culta y perturbadora. Tanto en poesía como en prosa -y en los ágiles híbridos de poesía y prosa en que articula su trabajo-, Anne Carson ofrece intensidades fascinantes».

Erudición, desconcierto y riesgo. No es mala terna. Su disposición a dialogar con toda clase de disciplinas artísticas está inscrita en el origen de su obra y explica el carácter mixto y misceláneo de sus libros, mitad poesía y mitad ensayo, mitad ficción y mitad autobiografía (por mucho que se disfrace de otra cosa). Los libros mismos se han ido descuadernando por momentos hasta convertirse en otra cosa: Nox, que es una elegía a su hermano, muerto por sobredosis en Ámsterdam, puede verse como una instalación de arte realizada en papel impreso; Flota, publicado en España justo antes de la pandemia, es una caja que consta de 22 cuadernos en varios géneros: hay listas (ese género tan borgiano), breves ensayos, versiones de otros poetas, guiones para espectáculos escénicos, elaborados juegos de palabras, series de poemas propiamente dichos, etc. Flota es un artefacto singular, en el que la escritura misma parece «flotar», como indica el título, y donde Carson hace de la necesidad virtud: gran parte del libro surge de encargos externos que nuestra poeta no duda en llevar a su molino y que configuran un mosaico de intereses y obsesiones que conocemos bien desde sus primeros trabajos: la constatación de la fundamental soledad del ser humano, nuestra incapacidad para comunicarnos, la naturaleza económica de las relaciones interpersonales, nuestra dependencia de un lenguaje falible que debemos traducir una y otra vez y que conduce fatalmente al yerro, al malentendido; y la imposibilidad, ya señalada por Heráclito, de volver al pasado y bañarnos dos veces en el mismo río…

Maestra del pensamiento lateral, Carson encuentra sus materiales en todas partes. En sus páginas se dan la mano Catulo y Antonioni, Simone Weil y Lázaro, Safo y Catherine Deneuve. Lo importante es crear una superficie seductora y misteriosa, que atraiga al lector y lo haga pararse sobre sus pasos. Lo interesante es también el proceso, el viaje, como prueba en su diario del Camino de Santiago (Tipos de agua: El camino de Santiago, 2018), que hizo en algún momento de la década de 1980 con un acompañante al que llama, sin más explicación, el Cid. Un diario en forma de estampas fechadas en el que lo sustancial está fuera y no hay más subjetividad que un mirar alerta, una percepción aguda del instante, siguiendo el modelo de la poesía japonesa. «Los peregrinos eran personas que amaban un buen enigma», escribe en su diario. Y así es. Ser lector de Anne Carson nos obliga a dejar la casa de nuestras certezas y prejuicios y echar a andar. Buen viaje a todos.

*Jordi Doce es poeta y traductor de Anne Carson. 

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El camino de Anne Carson