Apuntes asequibles acerca de la república-mascarilla de Pablo Iglesias

Felipe VI saluda al vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, el pasado julio
Felipe VI saluda al vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, el pasado julio

Desvelamiento.

El autor del texto que sigue es republicano, pero no imbécil.

Texto.

Asistió el vicepresidente segundo del Gobierno de cuatro vicepresidentes a la Fiesta Nacional por vez primera haciendo notar su gazmoñería, sustancial a él y razón de su presencia para encararse ante el rey, enemigo principalísimo a abatir. O sea, a abatir al Estado.

Usó mascarilla con un logo republicano que, no obstante, no llevó (el logo, estampado en cualquier otra prenda) el día que acató la monarquía constitucional, requisito para ser vicepresidente. No fue obligado. Fue voluntario. Ahora, demagogia. Lawrence de Arabia ya señaló que la política era una de las profesiones más bajas.

Pablo Iglesias, en su espiral de predicador charlista (unido al usurpador del marxismo elemental Alberto Garzón), a su vez tachado injustamente de comunista porque solo es un déspota burgués, ha poco que advirtió que su misión, tan transcendental que bien parece que transciende la materia y se desfigura en una entelequia impalpable por incorpórea, al modo del Espíritu Santo, es la de transformar España en una «república plurinacional».

Puede sorprender a quien por profesión o curioso placer maneje los estudios políticos publicados en los más de 2.500 años transcurridos desde la Grecia clásica hasta hoy que el que fuera profesor de Ciencias Políticas utilice dos términos antitéticos en un sintagma formado, precisamente, por dos y solo dos términos que se repelen.

La sorpresa, por supuesto, sobreviene por la buena fe del sorprendido, ingenuo él. Porque no es que se equivoque en la interpretación de los estudios sesudos el profesor que acudió a la Puerta del Sol y terminó, de momento, en Galapagar. Porque, justamente con ese ascenso altitudinal, acaso también espiritual, Iglesias deja huella de quién es como persona, como político y como gobernante.

En efecto. Restando de él el asombro de los bienintencionados por la aporía y sumándole sus hechos (y dijo Jesús a sus discípulos: «Por sus frutos ((hechos)) los conoceréis», Mateo 7, 15-20), se va volviendo transparente lo que encierra ese cráneo rematado en coleta que tanto encandila a las hornadas progres de hoy en día.

Desechamos que Pablo Iglesias no haya comprendido algunos de los estudios sesudos, y solo porque esos algunos son menos sesudos que otros. Por ejemplo, la Política de Aristóteles es hasta entendible para un estudiante medio del Bachillerato de la postmodernidad, que, en las ramas de Letras y Sociales, equivale a la Primaria de los años 50 y 60 del XX. Por descontado, la claridad de la Política no es el sello identificativo de la totalidad de la obra enciclopédica aristotélica, no en balde en el extremo opuesto podemos poner su Metafísica.

Si echamos un vistazo (es innecesario más) al libro VII del referido volumen de la Política, hallamos que Aristóteles concebía la república, y después de él los filósofos y politólogos más diestros, que no los más siniestros, como unívoca y mesurable, en tanto en cuanto debe tener una extensión territorial que no sea ni demasiado pequeña ni demasiado grande, porque «la ciudad tiene encomendada una misión y en consecuencia, la que pueda realizarla mejor, a esta tenemos que considerarla la más grande» (página 255, Política, Alianza, Madrid, 1991, 339 páginas).

La misión que, para Aristóteles, tenía encomendada la ciudad la revela cuando establece el número ideal de habitantes: «Es difícil, tal vez imposible, que se rija con eficacia la ciudad demasiado populosa (…). Esto se demuestra también por la vía del razonamiento: la ley es en cierto modo orden, pero el número demasiado alto no se puede someter a orden (…). La belleza suele nacer dentro de cierta cantidad y tamaño, de donde a una ciudad que a su tamaño asocie también ese límite indicado, será por fuerza la más hermosa» (página 255). El discípulo díscolo de Platón y maestro del díscolo Alejandro, con «belleza» y «hermosa», apunta a que la ciudad tiene la tarea de ser marco de justicia y bien para sus ciudadanos.

Se puede, pero no se debe, indicar que Aristóteles está refiriéndose a una ciudad- Estado, la de Atenas, confrontando su Constitución con las de otras ciudades-Estado griegas (también el carácter griego con el de los europeos occidentales, o el de los asiáticos, por el que determina aptitudes más o menos singulares para desarrollar un sistema democrático). Y no se debe porque, por nuestra parte, esa indicación es una flecha que no coge la dirección de la diana, por cuanto el asunto aquí planteado no es el tamaño, el número y la aptitud de sus gentes para desarrollar una república virtuosa; el asunto es que una república es soberana, soberana denotativamente, sin connotación de ningún tipo (un tipo o especie de este género sería la república plurinacional de Atenas, Tebas y Corinto, valga el caso entre otros)

Más triturado todavía lo expone Gustavo Bueno en, por ejemplo, España no es un mito. Claves para una defensa razonada, Temas de Hoy, Madrid, 2005, 302 páginas. Entre la 81 y la 124, Bueno argumenta por activa y por pasiva acerca de la respuesta que da a la pregunta que él mismo lanza: ¿España es una nación? (aquí entra en juego el estadista Pedro Sánchez, quien aseveró que España puede obrar el milagro, al modo de la transubtanciación tomista del cuerpo y la sangre de Cristo, de hacer la Nación española una «Nación de naciones», algo así como partir el cuerpo nacional en trocitos-hostia para consumo espiritual de los pueblos premium).

«No es la Nación la que precede del Estado (como tampoco el cogito, el pensar, precede del sum, el ser), sino que es el Estado el que precede a la Nación política moderna y la dota de su propia cultura nacional», escribe Bueno, que se ve obligado a dirigir la luz de todos los soles del firmamento  a lo que ya de por sí deslumbra: «Es muy fácil construir con palabras expresiones como las citadas (Nación de Naciones o el Estado de Estados). Pero es imposible construir con Estados un Estado de Estados, salvo que se pretenda denominar con este nombre a una Confederación de Estados, que ya no será un Estado». Y al poco constata que «la Nación política se define por la soberanía, y la soberanía es una e indivisible».

Sustrayendo, pues, que Pablo Iglesias no posea una inteligencia mínimamente cultivada para captar que una nación solo es verdadera si es soberana, por fuerza nos vemos obligados a explicar su república plurinacional desde otros criterios, que haremos recaer en dos, al margen de otros posibles, por las evidencias que está dejando.

1)    Iglesias como mesías. Desde esta posición ideológica-populista, el vicepresidente maniobró con el acierto de un estalinista para deshacerse de sus adversarios en el partido y vertebrar en torno a él a los comunistas huérfanos y a los radicales aviesos. En este sentido, su objetivo inmediato es desmantelar Izquierda Unida. Desde la soberbia y el rencor, Iglesias dice a la feligresía lo que desea oír con fervor mientras, de puertas hacia dentro, actúa con puño de hierro para satisfacer su codicia desbordante.

2)    Carcomer 1978. Iglesias sabe que la carcoma es una glotona, y a ella echa mano para carcomer el pilar de la presente democracia, la Constitución de 1978, que encuadra en lo que peyorativamente califica de régimen del 78, estrategia para equipararlo con el régimen franquista. Con el grito de república plurinacional la espiritualidad de sus seguidores se autoafirma (lo que quieren oír). Pese a que es un grito hueco, produce los mismos efectos que las arengas de un caudillo (Franco, Mussolini, Lenin o su benefactor Maduro) a las masas. Paralelamente, sus confabulaciones con los violentos de Bildu y los xenófobos independentistas están encaminadas a derruir el Estado y establecer una serie de naciones, ahora sí, soberanas, que es lo que esconde su república plurinacional.  

Caso Dina. El juez de la Audiencia Nacional García Castellón ha hallado evidencias de que Iglesias ha cometido tres delitos graves y pide al Tribunal Supremo que lo impute (este juez no lo ha hecho ya porque el vicepresidente segundo es aforado; la figura del aforado, que mereció la crítica de Iglesias y su partido, es ahora su refugio; pero no solo eso: desde su suficiencia mitómana declaró que es «impensable» que el Supremo acuerde investigarlo). Así pues, ¿habrá de ser la justicia quien, finalmente, eche de la política a este hipócrita?

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