Eso no es controlar, señorías

La Razón

Se entiende que controlar, según los diccionarios, es hacer una labor de inspección o comprobación. Controlar a un Gobierno es inspeccionar con hechos y documentos que requieren alguna investigación. Es comprobar que los datos que facilita su propaganda son ciertos y no meramente propagandísticos. Es examinar las cuentas oficiales, los destinatarios del gasto público o el buen fin de las inversiones. Es, en definitiva, seguir los pasos del Ejecutivo, analizar su buena o su mala praxis, exigir su cumplimiento y, en caso negativo, demandar responsabilidades.

Cada miércoles, después de terminar la que llaman «sesión de control» en el Congreso de los Diputados, se puede hacer una pregunta: ¿Qué se ha controlado hoy? ¿Qué aportaron los partidos para que el Gobierno tenga que explicar sus actuaciones? Y cada miércoles nos encontramos con la misma respuesta: muy poco, por no decir casi nada. Desde luego, nada en las demandas de los mayores partidos y nada en las explicaciones de los miembros del Ejecutivo, empezando por su presidente. En lugar de controlar, se insulta y el gobernante responde con un insulto mayor. En lugar de hacer investigaciones propias, se siguen las noticias publicadas en los periódicos. En lugar de hacer exposiciones razonadas y documentadas, se lanzan improperios. Y parece que los medios informativos, que tenemos también nuestra obligación de control de los poderes públicos, lo aceptamos con normalidad. La expresión «bronca sesión en el Congreso» es el titular más repetido. Incluso puede ocurrir que a muchos les resulte divertido: el circo tiene su público.

¿Y cuáles son los efectos en la vida política? Ayer mismo, casi todas las crónicas dijeron que se habían roto los puentes entre el poder y la oposición. Se dio un paso más en la carrera de la crispación. Se presentó a la sociedad un discurso político destructivo. Y se certificó la polarización de la política nacional. Todos hablan de unidad y entendimiento y hacen exactamente lo contrario. Miren que hay asuntos sobre los que controlar al Gobierno. Por ejemplo, investigar y descubrir por qué somos el país desarrollado con peores previsiones económicas, o por qué la coalición de Gobierno está enfrentada a casi todo. Pues, en vez de eso, lo que se hace es un discurso descalificador y genérico, que provoca la misma descalificación y generalidad por parte del Ejecutivo. Un pésimo servicio a la sociedad, al propio parlamento y a toda la clase política.

Mi propuesta es que se revise ese formato, bueno en origen, pero degenerado. Que los líderes y portavoces se preocupen más de investigar y menos de insultar. Y que sepan que, si el Gobierno quiere ganar credibilidad y la oposición darse a conocer como alternativa, tienen que hablar más de hechos que de impresionar en busca de titulares. Pero claro: insultar es infinitamente más fácil que trabajar.

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