Segunda lectura de la «Divina comedia»


Empecé a leer la Divina comedia sentado en el suelo de ladrillo de la Piazza del Campo de Siena, que está precisamente presidida por dos de sus versos grabados en una fachada: «Liberamente, nel Campo di Siena / Ogni vergogna deposta s'affisse». Por toda la ciudad había citas de estas, de forma que casi se podía leer medio libro sin abrirlo. Yo, poco amigo de lo macabro, nunca había sentido demasiada inclinación por ese texto, pero acabé leyéndolo empujado por un profesor jubilado que tenía por vecino en Via Vallerozzi. El adusto profesor Cecchi era él mismo un personaje dantesco. Contaba cosas espeluznantes de los años que había pasado en un campo de prisioneros en la India, durante la Segunda Guerra Mundial y, también como Dante, había perdido a su amada años atrás y no dejaba de hablar de ella. Cuando supo que yo estudiaba en la Academia Dante Alighieri empezó a recitarme el primer canto, como hacía siempre mecánicamente toda la gente de su generación, y cuando le dije que no lo había leído, me miró estupefacto. Así que por pura vergüenza me compré un ejemplar en la librería Feltrinelli que fui arrastrando durante los dos meses que me quedaban en Italia.

Es un libro difícil que me fascinó y aburrió a partes iguales. Me fascinó el galope del verso en tercetos encadenados, y el modo en que Dante se lanza a racionalizar el pecado y ordenarlo como quien hace una tabla Excel, con una lógica muchas veces contraintuitiva: los indiferentes están a las puertas del infierno, sin castigo porque no han pecado, pero sin recompensa porque no han hecho nada bueno. La lujuria, históricamente el pecado por antonomasia, es para Dante el menos importante, menos que la gula. En el Círculo Cuarto sufren juntos los avaros y los pródigos, según Dante dos caras de la misma moneda. La violencia contra uno mismo le parece peor que la violencia contra los demás, y el pecado más grande para él (al fin y al cabo, un político) es la traición; por eso Judas está en lo peor del Infierno con los asesinos de César. Me impresionó también la topografía del otro mundo, con sus barrancos, abismos, subidas y bajadas. Dante creía que el Infierno estaba exactamente debajo de Jerusalén y cuando viví allí, años después, me pareció que podía tener razón.

Como se cumplen ahora setecientos años de la fecha de finalización del poema, lo he vuelto a leer. Un libro nunca dice lo mismo dos veces, y ahora me ha parecido una historia de amor, el anhelo de un hombre desesperado que quiere imaginar que vuelve a ver a la mujer amada, Beatriz, y recorre infierno y purgatorio para encontrarla en el paraíso, y ahí puede al fin decirle lo que no había sabido decirle en vida: que era un hombre cambiado (Dante lo tituló Comedia porque acaba bien). Es algo muy humano, una crisis de los cuarenta, como indica el propio Dante en el famoso arranque: «A mitad del camino de nuestra vida / me encontraba en una selva oscura».

Tenía 39 años cuando escribió eso. Pero no fue la mitad del camino sino el final, porque murió al año siguiente de completar el poema.

En estos setecientos años, el libro ha estado en muchos sitios. A Galileo le inspiró su teoría de la caída de cuerpos sólidos. Primo Levi se lo recitó a otro preso en Auschwitz. Osip Mandelstam llevaba consigo un ejemplar cuando le detuvieron y le mandaron al gulag. Óscar Wilde lo pidió al entrar en la cárcel. Samuel Beckett lo tenía en su mesilla de noche cuando murió en un hospicio de París. Freud lo estaba leyendo cuando escribió su libro sobre los sueños.

Hay libros que son así: como fantasmas inquietos que se aparecen en el interior de otros libros.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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