Las creencias no merecen ningún respeto, por muy sagradas que las considere el creyente de turno. Las creencias, las ideas, deben estar siempre sujetas a debate. Podemos burlarnos de ellas, insultarlas, criticarlas. Desde el momento en el que se acepta que hay creencias que deben permanecer al margen de esto, la libertad de expresión se puede ver en serios apuros.

No hace falta que te guste algo para defenderlo. Ese algo, pongamos una caricatura de Mahoma, no tiene que ser de buen gusto, ni ser bonito. Puede resultar desagradable. Obsceno. La defensa de la libertad de expresión no debería establecer límites entre lo agradable o no que sea lo que toque defender, pues eso es algo subjetivo. Aquí no se trata de si algo es bonito. Y tampoco de si es lícito ofender a alguien.

Ofenderse por una caricatura es problema de quien se ofende. Esa ofensa debería quedar en poco más que un enfado, una crítica, una burrada. Es decir, la libertad de expresión debe amparar las estúpidas opiniones de quienes se ofenden por unas caricaturas de Mahoma. Existe el derecho a la libertad religiosa, pero las religiones no tienen derechos. O, al menos, no deberían tener ningún estatus especial que las proteja en ese sentido. Como el resto de ideas, sensatas o como en este caso, nada sensatas. Y desde luego, la publicación de las caricaturas de Mahoma en Charlie Hebdo, o su exhibición muy acertada en una clase sobre libertad de expresión, no debería costarle la cabeza a nadie. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido esta semana en Francia.

Esta vez ha salido pronto la legión de comedores de flores para dibujar el escenario habitual: está mal decapitar, pero Charlie Hebdo fue imprudente y también está mal ridiculizar las creencias ajenas. Equiparar así un asesinato con la publicación de unos dibujos es pura cobardía.

Las acciones militares europeas o estadounidenses en países musulmanes no justifican el asesinato de Samuel Paty, el profesor decapitado al que previamente le había montado una campaña en contra por exhibir las caricaturas. El asesino es un joven checheno nacido en Moscú. El mal gusto o las ganas de ofender tampoco lo justifican. Poner pegas a la hora de condenar lo ocurrido y aludir antes a la presunta islamofobia que a Samuel Paty es una victoria del salafismo. No hay absolutamente nada que justifique que quien carece de cabeza decida arrancársela a quien tiene una. Hay gente que encuentra desagradables unas caricaturas y no duda en condenarlas como la imprudencia que provocó la, al parecer, no tan repugnante matanza en la redacción de Charlie Hebdo o la decapitación de un profesor.

Mientras siga existiendo gente dispuesta a matar por sus creencias, la existencia de Charlie Hebdo será necesaria. Son héroes de la libertad de expresión. Mientras siga existiendo el fundamentalismo religioso serán necesarios profesores decentes como Samuel Paty, dispuestos a enseñar valores incluso sabiendo que pueden perder la vida. Mientras sigan comiendo flores los tibios, alguna publicación debe defendernos de la barbarie que nunca descansa. Salman Rushdie no pretendía ofender a nadie con «Los versos satánicos». A los fanáticos les da igual la intención o la sal gruesa. Así que bienvenidas sean las ganas de ofender. Más héroes valientes como los miembros de Charlie Hebdo y menos «El Jueves», por favor.

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La ofensa y el respeto