Desde finales de julio se sabía que en algún momento Vox presentaría una moción de censura contra el Gobierno. Se deduce que en tres meses Abascal ha tenido tiempo suficiente para preparar miles de argumentos que pudieran convencer a la mayoría del Congreso, pero ha demostrado ser un parlamentario incapaz de salirse del discurso oficial que propugna la ultraderecha y de carecer de recursos para las réplicas. En resumidas cuentas, podemos decir que Vox ha usado este instrumento constitucional para armar un circo y poner entre las cuerdas al PP, que realmente era quien estaba en su punto de mira.

Aunque bien es cierto que hasta el último momento posible Casado no desveló su decisión (parece ser que no sometió a debate en el grupo parlamentario qué hacer, así que sí, el voto del PP fue decisión personal de su presidente), yo tengo que decir (y sin que sirva de precedente con todo lo crítico que soy con él) que le honra que el PP se uniera al cordón sanitario contra la ultraderecha. Casado no atacó a Vox, sino a Abascal. Puso su punto de mira en él al recordarle sus 15 años viviendo del PP. Desconozco si separar al líder de un partido con la militancia y el electorado es un discurso inteligente o no, pero es evidente que apostó por enganchar a quienes se han dado cuenta de que por muy malo que sea el PP las ideas de Vox no son democráticas. A la postre hay un baile de votos en el espectro ideológico (UPyD, Ciudadanos y Foro se nutrieron de este sector ideológico) y es conocido el deseo de Casado de que esas personas vuelvan a votarles.

Quizás la mayor duda que dejan las palabras del líder popular es entender en qué hechos se basará el «hasta aquí hemos llegado» cuando tres comunidades autónomas y unos cuantos ayuntamientos dependen de Vox para que el PP y Ciudadanos se mantengan al frente. Tampoco ha quedado claro si cualquier iniciativa que presente Vox será apoyada por el PP en función de su contenido o si Casado lo único que ha pretendido es devolverle a Abascal el aprieto en el que le metió. En cualquier caso, la moción de censura no fue contra el Gobierno. Eso es evidente. Y Abascal no presentó una alternativa de Gobierno, sino un listado de mentiras, difamaciones, falsedades y de barbaridades que entiendo que una solución ante patochadas sea actuar como Aitor Esteban y pasar de debatir con la ultraderecha, pero creo que también es necesario tomar la palabra y desmontar cada uno de los bulos y del odio que propaga esta gente, porque hoy son 52 diputados pero mañana pueden ser más si les dejamos actuar a sus anchas. Los demócratas antifascistas debemos poner en el punto de mira la preservación de nuestras libertades, porque aquellos que insultan a los inmigrantes, que tildan de floreros a las mujeres, que piden la ilegalización de partidos que no opinan como ellos y que utiliza el dolor de las víctimas de una banda terrorista que ya no existe afortunadamente no puede llegar a La Moncloa. No se puede gobernar un país al que odias. Ellos buscan una homogeneización de lo que entienden que es nuestro país. No lo conocen, no lo respetan, y cuando anhelan gobiernos de hace ochenta años en los que según Ortega Smith había elecciones y ganaba siempre el régimen franquista, dejan patente que su modelo es ese: una, grande y libre donde solamente se hable español (castellano).

Al hilo de la idoneidad o no de presentar una moción de censura sin tener garantizados los apoyos necesarios para su éxito, quizás quien más se haya reafirmado en que no merece la pena en este momento es Ángel Gabilondo. Sabe que no tiene los números porque Ciudadanos no se mueve de donde está. Aguado está en el punto de mira de todos al encontrarse en la encrucijada más complicada: ni quiere a la izquierda al frente del ejecutivo autonómico, ni quiere unas elecciones anticipadas, ni le conviene aguantar las continuas deslealtades de Ayuso. A menos que Arrimadas le haga moverse veo muy difícil que se dé un volantazo al gobierno madrileño, aunque sería lo más conveniente y deseable.

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En el punto de mira