Tan ridículo como pareció y más trágico de lo que se cree

OPINIÓN

Santiago Abascal, en el pleno de la moción de censura planteada por Vox
Santiago Abascal, en el pleno de la moción de censura planteada por Vox R. Rubio | Europa Press

24 oct 2020 . Actualizado a las 11:14 h.

El título de película más corto que conozco es No, de Pedro Larraín. Aludía al plebiscito al que Pinochet se vio obligado en 1988. El protagonista era un publicista que diseñaba la campaña del no al dictador. El mensaje de Pinochet era claro: la represión era violencia del pasado, atrás quedaba el enfrentamiento, por delante estaba la democracia y el crecimiento económico. El dictador tenía los medios y se había apropiado de la palabra democracia. La idea del publicista, finalmente vencedora, fue más sencilla aún. No había idea, solo estado de ánimo: Chile, la alegría ya llega. El anhelo de la población se concentraba en una emoción: la alegría, que sintetizaba el fin de la pesadilla y el futuro limpio.

En 2010 Stéphane bsacudió a una generación entera con su libro: ¡Indignaos! No era el Manifiesto comunista de Marx, el ¿Qué hacer? de Lenin, ni el Dios y el Estado de Bakunin. Pero la agitación fue global y sin un epicentro claro. Como el no del publicista chileno, Hessel había pulsado la emoción que concentraba el encuentro de los desubicados y su común desencuentro con la estructura social. Y había elegido bien la palabra que provocaba esa pulsión. Palabras como lucha o rebeldía no hubieran provocado esa identificación. Esas son palabras que hay que merecer. Por ejemplo, no me llamaría a mí mismo luchador o rebelde, porque no estoy seguro de merecerlo. Pero en 2010 (y ahora) sí diría que estoy indignado, con convencimiento y con la exclamación que figura en el título.

En 1976 se estrenó Network, un mundo implacable. Un presentador de televisión anuncia que se suicidará en el siguiente programa. Convence a los jefes de que pedirá disculpas por el exabrupto, pero en lugar de eso, y con la audiencia disparada, habla de lo insoportable de los tiempos y el absurdo de la vida que llevamos todos. Pide a la audiencia que grite por las ventanas «Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo». La cadena se entusiasma cuando comprueba que por todo el país la gente está gritando por las ventanas ese estribillo. La frase no tiene contenido, no dice nada. El presentador de ficción, como en la vida real el publicista chileno y Hessel, había sido empático, había pulsado una emoción muy viva en la audiencia.