El título de película más corto que conozco es No, de Pedro Larraín. Aludía al plebiscito al que Pinochet se vio obligado en 1988. El protagonista era un publicista que diseñaba la campaña del no al dictador. El mensaje de Pinochet era claro: la represión era violencia del pasado, atrás quedaba el enfrentamiento, por delante estaba la democracia y el crecimiento económico. El dictador tenía los medios y se había apropiado de la palabra democracia. La idea del publicista, finalmente vencedora, fue más sencilla aún. No había idea, solo estado de ánimo: Chile, la alegría ya llega. El anhelo de la población se concentraba en una emoción: la alegría, que sintetizaba el fin de la pesadilla y el futuro limpio.

En 2010 Stéphane bsacudió a una generación entera con su libro: ¡Indignaos! No era el Manifiesto comunista de Marx, el ¿Qué hacer? de Lenin, ni el Dios y el Estado de Bakunin. Pero la agitación fue global y sin un epicentro claro. Como el no del publicista chileno, Hessel había pulsado la emoción que concentraba el encuentro de los desubicados y su común desencuentro con la estructura social. Y había elegido bien la palabra que provocaba esa pulsión. Palabras como lucha o rebeldía no hubieran provocado esa identificación. Esas son palabras que hay que merecer. Por ejemplo, no me llamaría a mí mismo luchador o rebelde, porque no estoy seguro de merecerlo. Pero en 2010 (y ahora) sí diría que estoy indignado, con convencimiento y con la exclamación que figura en el título.

En 1976 se estrenó Network, un mundo implacable. Un presentador de televisión anuncia que se suicidará en el siguiente programa. Convence a los jefes de que pedirá disculpas por el exabrupto, pero en lugar de eso, y con la audiencia disparada, habla de lo insoportable de los tiempos y el absurdo de la vida que llevamos todos. Pide a la audiencia que grite por las ventanas «Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo». La cadena se entusiasma cuando comprueba que por todo el país la gente está gritando por las ventanas ese estribillo. La frase no tiene contenido, no dice nada. El presentador de ficción, como en la vida real el publicista chileno y Hessel, había sido empático, había pulsado una emoción muy viva en la audiencia.

Las emociones son la manera de invitar al vampiro a nuestra mente. Quien consigue empatizar con una emoción intensa y resonante entra en nuestra conducta como Pedro por su casa. Hessel y luego el 15 M pulsaron la emoción de la indignación. El problema es que las emociones son moldes huecos que se pueden rellenar con contenidos diferentes. La extrema derecha viene escenificando una rabia fingida que agita esa misma indignación y frustración de la creciente desagregación social, multiplicada ahora por la pandemia, sus miedos y sus iras. La ultraderecha en España tiene una penetración limitada en las clases bajas y medias, pero consigue quebrar la identificación de esas capas con la izquierda. Consigue que la izquierda moderada y de Estado parezca un nido de universitarios relamidos que no tienen ni idea de los problemas de abajo. Y que la izquierda alternativa parezca una cueva de progres farsantes dando vueltas a chorradas identitarias y a memeces de corrección política porque no saben lo que es madrugar para ir a trabajar. Imitan los acentos izquierdistas para hablar de la rabia de los de abajo y en la confusión consiguen el apoyo de algunos izquierdistas que hacen de tontos útiles. Pueden usar esos discursos sin temor a perder el apoyo de los pijos de las cacerolas y de los ricos. Solo tienen que evitar señalar a nadie, hablar de oligarquías, privilegiados y cosas así, pero sin señalar a oligarcas y privilegiados reconocibles. Con esa precaución, pueden seguir con sus soflamas, porque los ricos siempre saben dónde están sus intereses. Los humildes pueden confundirse y votar contra sus intereses, pero los ricos no tienen ese padecimiento.

Vox no solo quería quebrar la identificación de la izquierda con su base. También quería quebrar la del PP con la suya. Le pareció divertida una moción de censura que dejara mareado y pequeño a Casado. Infravaloraron las dificultades. Abascal, más que mediocre, es un verdadero zote sin gracia, que no resiste más de un minuto de discurso sin aburrir a las piedras con su siembra de chifladuras. El pobre bobo habla del virus chino para hacerse el Trump. Es además un personaje fácilmente impugnable. No dio un palo al agua en su vida y es hasta dudoso que realmente quiera ser Presidente, porque hasta un mal Presidente tiene que ir a trabajar. No fue difícil subrayar su cortedad y miseria en distintos formatos, desde el magistral desprecio de Aitor Esteban hasta las atinadas descalificaciones de Sánchez. Pero sobre todo infravaloraron lo que infravalorábamos todos: a Pablo Casado. El fascismo tiene que tocar a la puerta del PP con educación para entrar en la democracia. Y resulta que Casado estaba harto de que lo torearan los fascistas. De dentro y de fuera. No fueron solo las narices de Abascal las que recibieron el portazo de Casado. También Díaz Ayuso y Cayetana deben tener hoy los morros escocidos. Esta última, de tanta coba que le dio Vargas Llosa, sigue creyendo que sus destemplanzas tabernarias son gritos indómitos de libertad, sin comprender que lo que le hace el culo gaseosa al escritor es el hecho de ser rica de nacimiento. La intervención de Casado consumó el ridículo de Abascal y sencillamente lo destrozó.

Y ahora los biempensantes hacen lo que todo el mundo hace: nombrar a los oponentes buenos y malos. Igual que hay feministas buenas y malas, igual que Errejón era el podemita bueno e Iglesias el malo, ahora nombran a Casado el conservador bueno. Para empezar, al mostrar la capacidad que tiene de aislar y dejar sin resuello a la ultraderecha, Casado evidenció que hasta ahora la ultraderecha estaba en nuestra vida pública porque él la había dejado estar. Vox degradó la vida pública española porque el PP lo dejó entrar y se dejó empapar. Lo que entró con Vox fue el odio sin medida, el racismo explícito, el machismo que no repara en crímenes, el clasismo anterior a la Revolución Francesa y la normalización del franquismo, el fenómeno sostenido de más violencia, muertes, atraso y dolor de nuestra memoria reciente. Es de ahora, de esta semana, del estilo en curso del PP, el ladrido de la senadora Adelaida Pedrosa a Irene Montero y los sonrojantes espumarajos de Andrea Levy. Es de estos días la enloquecida actuación de Díaz Ayuso, asesorada por Miguel Ángel Rodríguez, que siempre combinó la bronca, la confusión y el matonismo macarra. Y el PP lleva desde el principio de la pandemia haciendo un uso inmisericorde de las muertes, dolor y ruina que trajo consigo la pandemia. Para que alguien como Ana Pastor, normalmente prudente y de buen tono, anduviera diciendo esta misma semana la cutrez de que el Gobierno actúa con aversión a Madrid, deslealtad desvergonzada donde las haya en momentos tan críticos, es que tiene que haber una consigna firme de partido para practicar la desvergüenza. Es pronto para ungir a Casado como el conservador bueno. Ya lo hizo la izquierda con Gallardón y con Almeida por un par de días amables. Destrozar a Abascal era algo que nos debía Casado, no corramos a darle las gracias.

De momento triunfó el orden establecido, en lo que tiene de bueno, de malo y de regular: Europa (PP y PSOE obedecieron, el uno con la ultraderecha y el otro con la reforma judicial), el bipartidismo, la Constitución y la Monarquía salen más fuertes de la bravata de Vox. Pero volvamos al principio. El derrumbe económico y sanitario no tocó fondo y las reservas de todo, pero sobre todo de fe, están bajo mínimos. No está asegurado nada, ni siquiera los fondos europeos. La frustración, el desconcierto y la indignación están en el alma de la gente, esperando que un comunicador afortunado pulse esa fibra y meta en el molde emocional el contenido que quiera. Y la ultraderecha sigue rebuscando en la basura.

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Comentarios

Tan ridículo como pareció y más trágico de lo que se cree