Sin duda, 2020 ha sido un año terrible y las secuelas de la doble crisis, sanitaria y económica, se prolongarán en el tiempo, pero hay razones para no ver muy lejano el final del túnel. Quizá sorprenda que afirme esto en pleno repunte otoñal de la epidemia, pero era esperable y, si todos somos razonables, posiblemente sean los últimos meses de zozobra.

El primero de los signos esperanzadores puede venir de EEUU. Desde la Segunda Guerra Mundial, incluso desde comienzos del siglo XX, las elecciones celebradas en ese país han influido decisivamente en todo el planeta. Las del 3 de noviembre no van a detener la pandemia, no llega a tanto el poder de su presidente, pero su resultado puede contribuir decisivamente a paliar los efectos de la crisis económica, aumentar la estabilidad mundial y, sobre todo, a iniciar un cambio cultural que frene el ascenso del populismo radical de derechas que tanto daño hace no solo a la libertad y a la convivencia, sino también a la lucha contra la enfermedad y contra la crisis económica.

El crecimiento de esa derecha nacionalista, racista, autoritaria, machista y pedestremente plebeya tenía otras causas y es anterior a que, hace cuatro años, el anacrónico sistema electoral de EEUU convirtiese en presidente a un histrión que había perdido las elecciones. Un artículo de prensa, a diferencia de los académicos, no permite la inclusión de notas a pie de página, por eso ruego que se me perdone una aclaración sobre un término, «plebeya», que utilizo en este caso a disgusto. No pretendo despreciar al pueblo, a los menos favorecidos por la fortuna, frente a las élites, incluidas las intelectuales. Lo que quiero señalar es que esta nueva extrema derecha, contra la tradición ilustrada y de izquierda, para la que fomentar la educación y la lectura era imprescindible para lograr el progreso individual y colectivo, pretende atraerse a las clases populares ensalzando su ignorancia, cultivando el fanatismo. Apoyada en Internet, contradice a la ciencia, banaliza los valores éticos, manipula la historia, no tiene empacho en mentir y engañar. No hay nada más dañino que difundir la idea de que todas las opiniones tienen igual valor, cuando lo saludable es adoptar una socrática desconfianza hacia las propias certezas y aprender de los que saben, incluso de sus dudas.

Donald Trump, Steve Bannon, Matteo Salvini o Marine Le Pen nacieron en familias acomodadas, incluso adineradas, y pasaron por la universidad, aunque el italiano no fuera capaz de completar sus estudios y al actual presidente de EEUU no le hayan dejado mucho poso. Solo Bannon posee la solidez de un ideólogo, pero todos, y otros como ellos, son ajenos a los sectores populares, que buscan atraerse manipulando conscientemente la realidad y cultivando el peor plebeyismo.

La influencia cultural, no solo económica o militar, de EEUU es inmensa, afecta a todas las costumbres y por eso daña notablemente nuestros hábitos alimentarios, inunda el registro civil de absurdos nombres mal transcritos de las series televisivas y tiene un notable influjo en la política. Así, el trumpismo ha arrastrado tanto a intelectuales mediocres como a políticos ambiciosos, que pretenden reproducir el éxito del presidente de «reality show». Por eso, la derrota de Trump y del trumpismo no tendrá únicamente efectos positivos en EEUU. Si es la que se merece, hará perder muchos escaños a senadores y representantes republicanos y, sin duda, favorecerá un cambio en la política del partido, no solo en la del país. Con toda seguridad, contribuirá también a desarmar a los populismos reaccionarios europeos, España incluida.

Con relación a la epidemia, confiemos en la ciencia, es muy probable que nos ofrezca vacunas eficaces este mismo otoño. Gracias a ello y a una nueva situación política, todo cambiará favorablemente en pocos meses. Un indicio puede ser que el estado de alarma haya dejado de ser visto como un invento del maligno y ahora sea considerado por la mayoría de los partidos y las comunidades autónomas como un eficaz instrumento para afrontar emergencias previsto en la Constitución.

El discurso de Pablo Casado en las Cortes es también un signo de esperanza. Siempre sostuve que el camino del PP era afirmar su posición en el conservadurismo democrático frente al neofranquismo de Vox. La tentación de pretender integrarlo sin combatir sus planteamientos ideológicos solo podría conducir a que los electores pensasen que ambos partidos eran lo mismo y, en todo caso, se inclinasen por el más contundente. Es cierto que el señor Abascal se lo puso fácil. En su intervención dejó claro que no quiere esta Constitución al oponerse expresamente a dos de sus principios fundamentales: el Estado de las autonomías y la libertad de partidos políticos. Su antieuropeísmo, especiado con las lindezas que dijo sobre la Europa de Hitler, no solo es un insulto a la inteligencia, asusta en medio de esta crisis. No destaca el líder de Vox por su formación intelectual, pero, al menos, podría recordar la época en que España, fuera del euro, debía afrontar las crisis con devaluaciones, empobrecimiento, inflación y altos tipos de interés. En 1990, cuando compré mi primer piso, pagaba el 20% de interés por mi hipoteca; sí, el 20%, votantes de Vox ¡bendita Europa y bendito euro!

Pablo Casado no podía aceptar esos planteamientos; respondió bien, con inteligencia, acertó en lo que dijo, en cómo lo dijo y en el momento elegido para decirlo. Ojalá esta decisión de enfrentarse ideológicamente a la extrema derecha implique también un esfuerzo para llegar a los pactos que la Constitución exige y el país necesita. No se le puede pedir que deje de ejercer una oposición dura al gobierno, pero la dureza de las críticas nunca fue obstáculo para acordar en lo imprescindible.

Sería deseable que el alejamiento del discurso utraderechista llegase al Ayuntamiento de Madrid. La vandálica acción contra la placa conmemorativa que la corporación había colocado en 1981 en la casa de Francisco Largo Caballero o la amenaza de quitarles las calles al líder sindical y presidente del gobierno y al asturiano Indalecio Prieto, ministro de gobiernos democráticos y dirigente socialista, con el pretexto de la ley de la memoria histórica son actos fascistas, una ofensa a las víctimas de la guerra civil y de la dictadura y a la propia democracia.

Leía estos días lo que un ilustre historiador, muy vinculado a Asturias, Claudio Sánchez Albornoz, escribía en una carta en 1940: «La vida es dura para los hombres liberales de España. Nada sé de don Ramón [Menéndez Pidal] desde su entrada en España. Me han dicho que está muy deprimido y solitario. Malos vientos vienen de España, la guerra ha afirmado a Franco. Y no nos queda, como a nuestros abuelos de 1823, la esperanza de que muera Fernando VII». Abascal considera mejores a los gobiernos que forzaron el exilio de Sánchez Albornoz y tantos otros intelectuales, que asesinaron al rector Leopoldo García-Alas, a profesores y maestros y a tantas decenas de miles de personas, que empobrecieron el país con la autarquía y continuaron asesinando y persiguiendo durante décadas a quienes disentían, que al democrático que encabeza Pedro Sánchez. El PP, incluso el señor Almeida, debería dejarle la añoranza de la barbarie al partido ultra y sentirse más cerca de don Claudio o de Leopoldo García-Alas que de Franco, Yagüe o Fernando VII, también sería lo esperable en cualquier juez demócrata. ¿Puede condenar el asesinato de Samuel Paty quién defiende la dictadura de Franco? Quizá no venga mal recordar las palabras, pronunciadas también en 1940, de José Ibáñez Martín, ministro de Educación entre 1939 y 1951 y todavía doctor “horroris causa” por la Universidad de León: «Sepultada la Institución Libre de Enseñanza y aniquilado su supremo reducto, la Junta para ampliación de Estudios, el Nuevo Estado acometió, bajo el impulso del Caudillo, la gran empresa de dotar a España de un sólido instrumento que […] fuera la base de una reestructuración tradicional de los valores universales de la cultura […] era vital para nuestra cultura amputar con energía los miembros corrompidos, segar con golpes certeros e implacables de guadaña la maleza, limpiar y purificar los elementos nocivos. Si alguna depuración exigía minuciosidad y entereza para no doblegarse con generosos miramientos a consideraciones falsamente humanas era la del profesorado».

A ver si Pablo Casado logra ahora inculcar las ideas liberales a todos los dirigentes de su partido y hace lo mismo la señora Arrimadas, no me olvido de la concejala Villacís y su recua madrileña.

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

Hay motivos para la esperanza