Miguel Souto Bayarri

A pesar de las políticas neoliberales que han dejado a la sanidad pública en el chasis (en España gastamos tres veces menos en salud que en Alemania; 1600 euros/año/cápita por 4000), el nuevo coronavirus ha sacado a la luz que los trabajadores han resistido la tensión con nota. Pero ahora, con el avance de la segunda ola, están en una situación de crisis porque no se merecen el trato, del todo incorrecto, que aún hoy siguen recibiendo de los responsables de los servicios de salud: por ejemplo las condiciones laborales con contratos precarios, en muchos casos incluso por horas, por días o semanales, etcétera. No nos cansaremos de repetir que es urgente reforzar la sanidad y la salud públicas reorientando sus prioridades hacia la prevención y lo sociosanitario y con medios humanos y materiales.

Mala época de todos modos para ese comportamiento valiente en el mundo del trabajo. Muchos de entre nuestros mejores jóvenes, investigadores, enfermeros y médicos han emigrado a otras tierras por las condiciones precarias del empleo. Además, la pandemia está sometiendo a una tensión límite a millones de trabajadores, sanitarios o no, en todo el mundo. Y por si todo esto fuese poco, los últimos informes, entre ellos, el del Foro Económico Mundial, ponen de manifiesto una gran aceleración de la sustitución de los trabajadores por robots en muchos de los actuales puestos de trabajo, no solo en sanidad sino en casi todos los principales sectores de actividad.

La crisis que estamos viviendo no es una crisis cualquiera. Es una crisis sanitaria, pero también social y económica. Y en el mundo del trabajo, de situaciones de crisis tan traumáticas como esta, siempre hay que intentar salir, como mínimo, sin merma en los derechos laborales. Ya se sabe que el sufrimiento colectivo genera unas pulsiones deshonrosas en aquellos que ven en toda crisis «una oportunidad»: los que nunca desperdician una buena crisis.

La cuestión de fondo es que la pandemia ha acelerado nuestra dependencia de la tecnología, y también ha marcado la emergencia de las nuevas tecnologías de vigilancia, y así se ha recomendado desde los gobiernos el uso de herramientas que en cualquier otra época se habrían considerado invasivas. Aunque también hay que reconocer que no son las app anonimizadas de seguimiento de contactos del coronavirus las más invasivas: Google y Facebook acceden a nuestra vida privada casi sin límites. En la sanidad también se hace una medicina hipertecnológica, de relumbrón, cuando hemos visto que lo que más hace falta es asistencia primaria y salud pública, y que estas tampoco son sustituibles por la atención telefónica ni por la telemedicina. La tecnología incluso se ha normalizado en un campo tan fundamental para la formación de las personas como la educación, cuando es cada vez más evidente que con ella se han abierto nuevas brechas y que muchos de los grandes males que nos aquejan guardan relación con nuestro propio desarrollo como especie. Eso hace tan importantes los contenidos como la educación en valores.

La robotización está ganando la partida, y la tasa de automatización de la fuerza laboral seguirá aumentando los próximos años, pero como dice Carl Frei, en The technology trap, eso no es nuevo: ya durante la campaña presidencial de 1960, John F. Kennedy dio un discurso en Detroit sobre el dilema de la automatización. La revolución que viene -dijo Kennedy-, traerá una nueva prosperidad al mundo del trabajo en América, pero es una revolución que traerá también la amenaza de las deslocalizaciones industriales, del aumento del desempleo y de la pobreza. Así ha sido y recientemente ha sido aprovechado por los populismos reaccionarios.

Conocida la historia, y las conjeturas que circulan sobre los puestos de trabajo que se van a perder entre los primeros lugares, hay que reconocer que las cosas no han cambiado tanto en estos meses, pero sí que se han acelerado. Quizás lo que ha cambiado sea nuestra percepción, y que no acertábamos a ver que la automatización y la robotización ya estaban ahí antes de la pandemia, provocando un cambio de grandes proporciones, no solo en las relaciones laborales sino también en nuestra manera de comportarnos.

Los distintos informes que van apareciendo sobre la destrucción, y también la creación de empleo, mencionan la perdida de millones de puestos de trabajo en el mundo y hablan de una recuperación equilibrada de los mismos que ciñen a las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), lo que sin embargo por una parte deja en una posición muy comprometida a las humanidades, con su previsible efecto en el conocimiento y las relaciones sociales, y por otra, traerá cambios muy profundos en las condiciones laborales de una parte muy importante de la población mundial.

Sea como sea, aceptada esta aproximación, parece evidente que es preciso diseñar un pacto educativo que tenga en cuenta un modelo productivo acorde con ese panorama. Un gran desafío para nuestro país, dominado por una economía de hostelería y turismo, con un sector industrial que está todavía lejos del 20% del PIB y un más escaso apoyo público y privado a la investigación.

Da la impresión de que los sucesivos gobiernos han ido aplazando reformas cuya necesidad la pandemia ha puesto en el frontispicio. Y no solo en sanidad. Pero ya antes de la actual crisis, cómo dice Joaquín Estefanía, España estaba obligada a cambiar su modelo productivo si quería sobrevivir en un mundo con una globalización en dificultades donde la innovación tecnológica, la internacionalización y la sostenibilidad ambiental y social son piezas fundamentales. No deberíamos volver al modelo basado en la construcción. Tampoco a un turismo masificado. De modo que aunque el nuevo coronavirus reclame casi toda nuestra atención, no puede tapar que urgen otras medidas sin dilación, entre las cuales la educación en valores, la industrialización y la formación continua de los ciudadanos en el tránsito a una economía y una sociedad más sostenibles son de las más importantes.

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Empleo: de la precariedad al robot