Antes, los domingos por la tarde eran el remanso de todas las inercias insulsas. La ropa de domingo, la colonia, el paseo tranquilo sin conversación, todo lo previsible, correcto y anodino se juntaba para tapar ese espacio que ya no era sábado ni vermú y había que dejar pasar hasta el lunes. Siempre me recordaron a los domingos por la tarde los discursos de Rubalcaba y los editoriales de El País sobre la convivencia y la unidad frente a los grandes desafíos: un revoloteo educado de lugares comunes aseados e insulsos.

A veces los partidos «de Estado» confunden la moderación con el aburrimiento y con poner al frente al candidato que no moleste a nadie. Lo malo es pretender con esas galas hacer frente al desconcierto de una crisis de deuda en la que se arrebatan derechos y hacienda, al aturdimiento de una pandemia que se lo lleva todo al furor enloquecido de la extrema derecha. Cuando Andrea Fabra gritaba «¡que se jodan!» por el recorte del paro y Podemos llenaba de círculos el país, el PSOE estuvo a un tris de resbalar hacia su desaparición como el PASOK griego, porque Rubalcaba solo sabía repetir letanías previsibles y oler a colonia.

En su día, la candidata del Partido Demócrata americano fue ese «establishment alcanforado» y casi en formol que era Hillary Clinton, y no vieron las riadas de desamparo de la desindustrialización del norte ni las enormes capas de población enajenadas del sistema, ni que la agitación fascista de Trump tenía una generosa financiación, madurez táctica y un subsuelo muy organizado de grupos evangélicos y activistas ultras diversos. Y pasó lo que pasó. Ahora volvieron a presentar al que menos molestaba. Y volvieron a fracasar.

En el momento de escribir estas líneas parece que ganará Biden, pero es un fracaso. Trump fue el grosero deslenguado y soez con el que los americanos no suelen querer cenar y que Disney no pondría en sus películas para toda la familia. Llenó de insultos racistas y machistas explícitos el discurso oficial, estimuló la violencia, sembró odio, dio señales dictatoriales reales, con la pandemia fue insolvente hasta la necedad y hasta la burla a los muertos, se ufanó de mentir y engañar, fue hostil con sus aliados y un peligro para la paz internacional. Las elecciones demuestran que América está en trincheras y que el Partido Demócrata no tuvo mensaje ni candidato ni respuestas. Todo lo que tuvo fue no ser Trump, y no fue capaz de suavizar el efecto de su indecencia y su bajeza.

Las pulsiones emocionales negativas no tienen semántica, sirven para una lucha y la lucha contraria. Vox calcó estrategias y hasta palabras textuales del Podemos primigenio. No es que se parezcan, ni que los populismos sean todos iguales ni mandangas de estas de tópicos de domingo por la tarde. Cuando se está exaltado, la empatía convence más que tener razón. Quien está airado no siente cercanía por los principios o los razonamientos, sino por la compañía en el sentimiento y eso puede consistir en convertir una ira solitaria intransitiva en odio cómplice con grupos a los que proyectarlo: inmigrantes, enemigos chinos, la política o el sistema. La razón de que la estridencia y las soflamas de odio sean cada vez más normales en la vida pública es que cada vez hay más furia combustible disponible. Y esto es así porque el neoliberalismo asilvestrado cada vez deja a más gente en el camino. Salimos de cada crisis con más desigualdad y más injusticia. Los que pierden, y después de perder siguen perdiendo, acumulan indignación y furia. Y la furia es como una batería cargada: energía de agitación disponible.

La extrema derecha necesita ausencia de razonamiento, negacionismo de datos y conocimiento, falsedad, odio y enfrentamiento. Sus propósitos son despiadados y no pueden ser expuestos al juicio sereno de la gente. Necesitan que la sociedad esté en el punto al que Trump llevó la sociedad americana: una especie de guerra civil emocional que evoluciona a violencia física. Es paradójico que quienes defienden con más brutalidad el sistema que genera el desamparo y la furia sean los más proclives a alimentar con esa furia del abandono el odio que les hace falta. En EEUU la ultraderecha llegó a tener apoyos relevantes de trabajadores desposeídos en el norte. En España los apoyos de clase baja a la ultraderecha son todavía escasos, pero sí consiguen que el odio y la furia rompan la sintonía de la izquierda con la clase baja. El fanatismo religioso, muy organizado y financiado, es parte del combustible y se extiende como un charco de gasolina listo para inflamarse. Así es en EEUU y cada vez más en España, donde tiene conexiones confusas con la Iglesia oficial, también bien financiada. Lo cierto es que el Partido Demócrata no desactivó los efectos funestos del fascismo y la irracionalidad en la vida americana. Un fracaso.

Los ricos saben muy bien por qué votan a Trump. Los humildes que lo votan lo hacen porque perciben en él claridad, energía rebelde y coherencia. La percepción de coherencia es una consecuencia curiosa de la crispación y el odio. Las pulsiones emocionales hacen a la gente amnésica. Aquí vimos a Ayuso fingiendo llanto por los muertos del coronavirus y después exigiendo economía a costa de salud, acusando al Gobierno de injerencia hostil en Madrid y luego lamentando que Madrid llevaba demasiado tiempo solo. En un estado de agitación permanente, los episodios se viven aislados y en cada uno afecta poco el recuerdo de los anteriores, por eso parecen coherentes chillando cosas contradictorias.

Por cierto, debería dejar de cultivarse esta fascinación por los magos de la comunicación y la imagen, como si habláramos de gente de provecho. Ya salieron en prensa semblanzas admirativas de Miguel Ángel Rodríguez, al hilo de su influencia en las maneras desquiciadas y supuestamente exitosas de Ayuso. En mi barrio, siendo yo preadolescente y España aún subdesarrollada, los adolescentes varones se juntaban en pandillas cuyos divertimentos de fin de semana eran cosas como ir a los coches de choque, la sala de juegos, la discoteca, o ir a «hosties». Esto último era buscar provocación y bravuconería con otras pandillas y, en el límite, acabar con algún empujón o puñetazo, buscar bronca sin propósito, solo por sentirse pandilla. Es a lo que se dedica Rodríguez, al gamberrismo y a ir a «hosties». No tiene gracia ni provecho, y menos cuando se juega con cadáveres y desgracia. Ni necesitamos semblanzas de estos mercachifles, ni tienen nada de magos. Están más vistos que el tebeo.

La claridad es consecuencia de la falta de matiz y de razonamiento. Las recetas contundentes y las causas y culpas simples se perciben como razones claras, que alimentan esa crispación que a su vez alimenta la amnesia en la que cabe una cosa y su contraria todos los días. La contrapartida educada y «moderada» es ese discurso que no quiere molestar, que nunca acaba de morder la realidad y que hace que el establishment político flote sobre la población cada vez más desposeída como flota el aceite sobre el agua. Para ser moderado y no molestar a nadie hay que culebrear y reiterar principios obvios y somnolientos de convivencia y esperanza en el futuro en lugar de rascar donde pica. Y así el demagogo ultra será el que hable claro y parezca coherente.

No hay forma «clara» de hablar de la pérdida de trabajo, salario, derechos y horizontes sin hablar de impuestos, paraísos fiscales, privilegios y opacidades. Pero el roce con poderosos (ricos, banca, Iglesia,…) hace ruido y el ruido hace parecer radical. Así que se deja la claridad para los ultras. Trump perderá, felizmente, pero no porque haya un candidato en el que se confíe ni un discurso y maneras con las que la gente se identifique. EEUU es una trinchera abierta y ahí la ultraderecha juega en casa y la democracia juega a domicilio. Que nadie espere tiempos políticos más respirables. Y la izquierda tiene que empezar a hablar claro, al menos aquí. Aunque ralle.

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Trump: La claridad y la furia, la furia y la amnesia, la amnesia y la oscuridad