El tercer déspota

OPINIÓN

Donald Trump
Donald Trump TOM BRENNER | REUTERS

08 nov 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El reino

De echar una ojeada a la historia de Rusia y China no extrañará que, hoy, en Moscú y Pekín haya dos déspotas. Hasta hace cuatro años, bien al contrario, lo extraño hubiera sido que en Washington se dieran intentos en esta dirección, pero pronto se comprobó que Donald Trump era un fascista en toda la profundidad del término y que, por tanto, trataría de hacer lo impensable, que la nación donde nació la democracia moderna fuese una dictadura, resultando un mundo con las tres potencias hegemónicas regidas por tres tiranos, una novedad geopolítica verdaderamente alarmante. Y en esta batalla se ha metido el que nosotros habremos de tildar como «el enemigo número uno del pueblo».

Consciente de que La Casa Blanca dejará de ser su castillo tras el 3-N. Trump rechaza el resultado de las elecciones y entabla varios procesos judiciales estatales para invalidar el voto por correo (muy favorable a Joe Biden, que ya ha conseguido la presidencia con los compromisarios de Pensilvania, su Estado natal), entendiendo que, una vez asegurado un Tribunal Supremo adicto, tiene opciones de continuar en lo que para él más bien es un reinado y pasar, en 2024, la corona a uno de sus hijos (aunque ya no nos atrevamos a una proyección de las intenciones de este psicópata, previsiblemente haya descartado a Eric, que quedó anclado en la primera etapa de la infancia).

En una democracia asentada, como se daba por hecho en esta americana de más de 200 años, las actitudes despóticas no se dan porque el perdedor acepta el dictamen de las urnas, que está siendo respaldado por los supervisores enviados por la OEA (Organización de los Estados Americanos) y por la OSCE (Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa) para seguir el proceso electoral. Uno de sus miembros ha declarado a un medio alemán que la actitud de Trump es «vergonzosa».