El reino
De echar una ojeada a la historia de Rusia y China no extrañará que, hoy, en Moscú y Pekín haya dos déspotas. Hasta hace cuatro años, bien al contrario, lo extraño hubiera sido que en Washington se dieran intentos en esta dirección, pero pronto se comprobó que Donald Trump era un fascista en toda la profundidad del término y que, por tanto, trataría de hacer lo impensable, que la nación donde nació la democracia moderna fuese una dictadura, resultando un mundo con las tres potencias hegemónicas regidas por tres tiranos, una novedad geopolítica verdaderamente alarmante. Y en esta batalla se ha metido el que nosotros habremos de tildar como «el enemigo número uno del pueblo».
Consciente de que La Casa Blanca dejará de ser su castillo tras el 3-N. Trump rechaza el resultado de las elecciones y entabla varios procesos judiciales estatales para invalidar el voto por correo (muy favorable a Joe Biden, que ya ha conseguido la presidencia con los compromisarios de Pensilvania, su Estado natal), entendiendo que, una vez asegurado un Tribunal Supremo adicto, tiene opciones de continuar en lo que para él más bien es un reinado y pasar, en 2024, la corona a uno de sus hijos (aunque ya no nos atrevamos a una proyección de las intenciones de este psicópata, previsiblemente haya descartado a Eric, que quedó anclado en la primera etapa de la infancia).
En una democracia asentada, como se daba por hecho en esta americana de más de 200 años, las actitudes despóticas no se dan porque el perdedor acepta el dictamen de las urnas, que está siendo respaldado por los supervisores enviados por la OEA (Organización de los Estados Americanos) y por la OSCE (Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa) para seguir el proceso electoral. Uno de sus miembros ha declarado a un medio alemán que la actitud de Trump es «vergonzosa».
Asimismo, la Agencia de Ciberseguridad estadounidense niega el fraude; la ABC, NBC y CBS cortan el directo en las ruedas de prensa de Trump cuando lanza acusaciones sin pruebas, y Twitter y Facebook eliminan el aluvión de bulos y consignas violentas. Pero Trump, que ya ha pedido contribuciones monetarias a sus partidarios para pagar los cientos y cientos de abogados que tratan de apuntalarle, tiene una idea fija: que el Tribunal Supremo sentencie a su favor, no en balde, de los nueve magistrados que lo componen, seis son conservadores, y a tres de ellos los nombró durante su presidencia, asegurándose de que sus postulados políticos estuviesen sellados por el pernicioso y canalla puritanismo.
Julio César
Hasta el presente, los inmigrantes anglosajones y normando que a partir del siglo XVII predaron a los nativos norteamericanos, con una furia a la que no se atrevieron ni los españoles, habían mantenido un respeto sagrado a las leyes que a sí mismos se dieron. Entonces, ¿por qué este intento de golpe de Estado? La interrogación tiene respuesta en las páginas del último siglo antes de nuestra era en Roma. En unas líneas: la República romana había entrado, por causas múltiples, en el colapso cívico, común a todo imperio, y Julio César, al regresar de las guerras contra los galos, se hizo con el poder y se proclamó dictador, dando inicio a la Roma imperial, oficialmente instituida con su elegido Octavio Augusto. Los partidarios de la república, naturalmente, le dieron muerte. Fue en el Senado (15 de marzo del 44 a.C.; el idus de marzo, dedicado a Marte, dios de la guerra).
El imperio gringo también ha caído en el deterioro cívico con la prontitud con que el devenir gusta en nuestro tiempo y un tipo, por otro lado tan insignificante y mediocre de ponerle al lado de Julio César (en verdad, al lado de cualquiera alejado de la abyección), trata de atravesar su Rubicón y cercenar la República estadounidense, con la diferencia respecto al romano que no ha sido acuchillado; o sea, agujereado por balas.
Pero estos yanquis se lo han ganado sobradamente. Su cultura maniquea de «ganadores» y «perdedores» («yo soy un ganador», asegura Trump); de la imagen frente al contenido; del militarismo civil (hay más armas que personas en las casas), en fin, de viajar a lomos del capital enloquecido y de la irracionalidad que brota de la ignorancia (tanto monta); todo ello, decimos, ha provocado la ruina moral de millones y millones de individuos dispuestos a poner sus existencias en manos de este matón ególatra, racista, homófobo, misógino y cruel que gobierna EEUU como una empresa privativa solo de él. Trump reúne el conjunto de elementos que configuran lo que podemos denominar con propiedad el mal.
Dios y Mesías
Una estrategia es un plan ancho y largo y las tácticas son articulaciones concretas y prácticas que desarrollan la estrategia. En 2019 Trump ordenó a su equipo que diseñase una estrategia para invalidar las urnas del 3-N de 2020 en caso de no resultar vencedor. Semanas atrás, con las encuestas en su contra, declaró que no aceptaría los votos por correo, y todavía más, que él «no podía perder». En una sociedad donde tantos sustituyen la Constitución por la Biblia, donde las paranoias conspiratorias son dogmas de fe, este neoyorkino repudiado por los neoyorkinos toma los atributos del Dios del Antiguo Testamento (Moisés le pregunta Yahvé por su nombre verdadero, que responde: «Yo soy el que soy», Éxodo 3:14; o este fragmento de San Juan 14:6: «Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?», y Jesús le responde: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí»; para estas cuestiones religiosas-ontológicas, Gustavo Bueno, por ejemplo el ego trascendental). Y como tal es visto Trump por la plaga de feligreses de las miríadas de subespecies cristianas que, para cerrar el círculo, llegan a tenerlo como el enviado del celestial para acabar con esas conspiraciones, de orígenes desquiciantes.
Ahora, las tácticas de este nuevo Mesías son los litigios, de momento rechazados por los jueces federales; el llamamiento a su congregación para detener el proceso democrático tomando los colegios donde se escrutan las papeletas y las calles; la descalificación de todo el andamiaje electoral, el mismo que le llevó a él a la presidencia frente a Hilary Clinton pese a que esta obtuvo cerca de tres millones de votos populares más, y a saber de lo que será capaz de aquí al 20 de enero de 2021, día en el que tiene que abandonar La Casa Blanca.
Los republicanos
De momento, y restando un puñado de voces críticas, el Partido Republicano se ha pronunciado a través de un tuit secundando la teoría del robo y llamando a sus votantes a «dar un paso al frente» para defender la integridad de las elecciones. Esta postura, de ser ratificada con un comunicado o declaración oficial, encierra un peligro sumo, y va a remolque de los dictados de Trump, que ha estrujado al partido en estos últimos cuatro años hasta convertirlo en un guiñapo.
Ni que decir tiene que el Partido Republicano debe desprenderse de Trump por la salud de esta democracia, incluso a riesgo de que el golpista forme un nuevo partido (estilo Vox, al que ayudó a nacer de la mano del incendiario Steven Bannon) y se lleve a un buen número de republicanos. Porque Trump no va dejar que la legalidad lo abata. Nunca lo consintió. De ahí las numerosas querellas que tendrá que afrontar, ya sin el parapeto presidencial, que es una razón de peso para resistirse a ceder el mando. Querellas de índole financiera (sus deudas rebasan con mucho los mil millones de dólares), de índole sexual, etcétera.
Todavía con el ángel caído, es decir, que no levante cabeza en política, así, intentando repetir en 2024, el fango en que ha dejado su país y el mundo (en Europa se está extendiendo más allá de lo soportable este fango fundamentalista teológico-exotérico y sociopolítico), es imposible que pueda ser barrido en años. Peor: la era de la indecencia severa, muy al contrario, probablemente crecerá y crecerá.
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