El resultado de las elecciones de EEUU produjo más alivio que alegría. Aunque era fácil contagiarse de la que expresaron miles de norteamericanos en las calles de las principales ciudades, el elevado número de votos que obtuvo Donald Trump y la prolongada incertidumbre sobre la composición final del colegio electoral que designará al nuevo presidente ensombrecieron la victoria de la democracia. A pesar de ello, lo decisivo es que EEUU volverá a tener un gobierno previsible, que afrontará con sensatez la pandemia, buscará la protección de los desfavorecidos en la recuperación económica y establecerá una política exterior prudente. Que, por primera vez en la historia, una mujer alcance la vicepresidencia del país será un estímulo para el avance de la igualdad en todo el mundo y prepara el camino para que pueda llegar a la presidencia. La desolación de los trumpistas españoles, mediáticos y políticos, es una señal de que la derrota del histriónico populista reaccionario tendrá efectos universales.

El sistema electoral norteamericano provoca desconcierto fuera del país, que la negativa de Trump a reconocer su derrota ha acrecentado. El sufragio indirecto es la causa de la mayor distorsión. Es un procedimiento anacrónico, establecido en el siglo XVIII y cercano a los que recogerían poco después las constituciones francesa de 1791 y española de 1812. Inicialmente, pretendía corregir los «peligros» del voto popular, del que muchos liberales moderados desconfiaban, pero acabó convirtiéndose en un arma de los estados menos poblados para aumentar su influencia política. Es eso lo que dificulta hoy una reforma constitucional que establezca el sufragio directo y garantice que el candidato más votado se convierta en el presidente electo. En cualquier otra democracia del mundo los más de cuatro millones de votos que Biden le ha sacado a Trump hubieran hecho indiscutible el resultado. Cosa distinta es que EEUU sea una república auténticamente federal, algo que se entiende mal en España, y cada estado federado tenga sus leyes y procedimientos electorales. Lo que sorprende en este aspecto no es tanto la diversidad como la ineficacia. España, tan dada a la autoflagelación, puede sentirse orgullosa de contar con un sistema de votación y recuento ágil y fiable, muy superior al de cualquiera de los estados de la gran potencia norteamericana.

El candidato derrotado no tiene ninguna posibilidad de revertir los resultados. Su petición de interrumpir el recuento de votos el miércoles hubiera impedido contabilizar no solo los legalmente emitidos por correo, sino los depositados directamente en los colegios en ciudades como Filadelfia. No cuestiona los resultados de unas pocas mesas electorales, sino de varios estados y la ventaja de Biden en votos populares y electorales, junto a la falta de argumentos serios sobre posibles fraudes, hace imposible que prospere una reclamación en los tribunales que pueda convertirlo en vencedor. Así lo han visto los medios de comunicación y algunos dirigentes razonables del Partido Republicano.

Los setenta y un millones de votos obtenidos por Trump enfrían la alegría. Probablemente, como sucede en todas las democracias, haya republicanos que voten a su partido sea cual sea el candidato, pero la gran movilización en torno a un botarate, un personaje histriónico que ha degradado la imagen de la presidencia, autoritario, machista, racista, ignorante y osado es preocupante. Algunos comentaristas han planteado que la izquierda en general y los demócratas en EEUU, un partido al que en Europa sería difícil situar en ese lado del espectro político, han perdido contacto con el pueblo y no entienden sus preocupaciones, pero sin el apoyo de ese pueblo tampoco se explican los más de setenta y cinco millones que obtuvo Biden. Nunca en la historia ha existido un pueblo con ideas uniformes, esa es una de las falacias de los populismos o los totalitarismos.

Que sea necesario comprender las razones que han conducido a millones de personas a votar a una candidatura como esa no implica que se deban aceptar sus ideas o reivindicaciones. Hay muchos hombres molestos con la pérdida de su papel social a causa de la emancipación de las mujeres; hay blancos pobres que, como los hidalgos norteños de la España del siglo XIX, no quieren perder los privilegios que los hacían sentirse superiores a una parte de la sociedad; no son pocos los norteamericanos que se sienten más viriles con un arma de fuego en la mano; hay miedo a que la sociedad multirracial, la libertad sexual y el descreimiento religioso cambien las formas de vida; hay, incluso, quien cree que el mundo está regido en la sombra por una secta satánica de pederastas o ve por doquier peligrosos comunistas; hay, también, damnificados por la lucha contra la contaminación y por el incremento del comercio internacional, que a muchos otros benefician, la primera a todos, aunque ahora dañe a algunas industrias, que se refugian en un nacionalismo primario, agresivo y excluyente. Todo eso es cierto y es explicable, pero solo se puede afrontar con pedagogía y medidas para buscar alternativas a los daños económicos, no con cesiones en los principios. La radicalización que propició Trump no se desvanecerá con su derrota, pero es probable que se atenúe progresivamente desde el momento que abandone la Casa Blanca, aunque quede un sustrato que ya existía.

Si Trump se siente humillado por su derrota en las elecciones se debe a que es un ególatra que no comprende o no acepta la democracia. Contra lo que han dicho muchos comentaristas, desconocedores de la historia o faltos de memoria, no es inhabitual que un presidente no sea reelegido. Le sucedió por primera vez al sucesor de Washington, John Adams, en 1800, pero, por centrarme en épocas más recientes, desde la Segunda Guerra Mundial ha habido trece presidentes y solo seis han sido reelegidos: cuatro fueron derrotados al optar al segundo mandato (Ford en 1976, aunque su etapa como presidente se debió a que sustituyó al dimitido Nixon, no a que hubiese sido elegido; Carter en 1980, Bush padre en 1992 y Trump en 2020), otros dos, Truman y Johnson, se retiraron por el rechazo que encontraron en su propio partido y uno, Kennedy, fue asesinado. Evidentemente, la no reelección supone un fracaso, pero no es humillante, eso es la democracia.

El silencio de Vox, los doloridos titulares de los digitales radicales de derechas, los tristes comentarios de los tertulianos más afines en la madrugada del domingo, tras el discurso de Biden, en La Sexta Noche muestran ya el daño que la derrota del caudillo populista estadounidense causa a la extrema derecha «iliberal» en todo el mundo. La doble crisis, sanitaria y económica, la hacía extremadamente peligrosa, su desánimo reconforta.

También hay razones para ser optimista sobre la pronta distribución de vacunas eficaces contra el coronavirus; cuando comience, todo se verá de otra manera, aunque las dificultades persistan.

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Es razonable ser optimista