Azcona, la parca y el humor

ZABRA FILMS

Cuando conocí a Rafael Azcona, allá por la primavera del año 2007, le quedaban apenas diez meses de vida, pero ni él ni yo lo sabíamos. Fue en una comida organizada por el director de cine Antonio Giménez Rico, y asistió también Óscar Esquivias, cuya novela Inquietud en el Paraíso estábamos intentando llevar al cine. Yo tengo que decir que me sé de memoria el guion de El Verdugo, la genial película de Berlanga escrita para él por Azcona. Se trata, ya lo sabrán ustedes, de un alegato furibundo contra la pena de muerte, que existía -y se aplicaba- en la España del general Franco Bahamonde, utilizando para ello el humorismo más despiadado. Y comiéndose la pantalla, un hombre pequeñito y narizón, con voz afónica y semblante impasible: el gran Pepe Isbert, que tenía que dejar de fumar. Ya entonces Azcona, al que su amigo Mingote había metido en La Codorniz, tenía publicado un libro con tres relatos que llevaba por título Pobre, paralítico y muerto _lo que alguna vez somos todos... o lo seremos, decía él_ y del que el último cuento, descacharrante, era una sublimación del humor negro. Un médico y un taxista recorren las calles mojadas de Zaragoza una noche de invierno con el cadáver de un anciano sacerdote, que quieren colocar a unos y a otros _a la patrona de su pensión, al cura de la parroquia_ con poco éxito.

Estos días en su ciudad, Logroño, estamos hablando de esas cosas en el marco del festival de narrativas Cuéntalo, que en la presente edición trata de la muerte. Y yo lo cuento.

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